Opinión

Novelas para el calor

Javier Zamora Bonilla | Martes 29 de julio de 2008
¡Qué difícil es que los historiadores capten plenamente el sentir de los tiempos, el verdadero ambiente de una época, que es siempre plural! El historiador busca datos y los cuenta encadenados de una forma más o menos razonable, los explica por medio de ideas enlazadas en teorías de un modo más o menos sistemático, pero los tiempos son siempre más complejos, ofrecen mil caras que no puede abarcar una investigación. Toda historia es historia cercenada, amputada de partes sustanciales de su verdadera realidad. No es posible la historia total, porque en el caso hipotético de que pudiéramos conocer todos los hechos, tendríamos que saber también todas las motivaciones y todos los sentimientos de los actores históricos, tendríamos que poder entrar en sus cabezas o en sus mentalidades o en las psicologías colectivas para explicar el porqué de sus actuaciones, de ahí que algunos hayan negado la posibilidad de que la verdad forme parte de los objetivos del historiador. No habría, pues, una verdadera historia sino relatos sobre la historia. Es tema discutible y el concepto perspectivista de verdad puede corregir adecuadamente este relativismo postmoderno, pero sigamos nuestro hilo y dejemos esta cuestión tan gruesa para fecha próxima.

Lo mismo que pasa con la historia sucede con la realidad presente. No hay nada más que acercarse a cualquier noticia de periódico de la que tengamos información directa para ver que la narración del periodista ha dejado escapar aspectos fundamentales, a veces nimios pero que daban el verdadero tono del acontecimiento.

¡Cuántas veces al leer un libro de historia nos quedamos con la sensación de que hemos aprendido cosas pero no sabemos lo que pasó, por qué pasó, cómo pasó! Naturalmente esto es un demérito de los historiadores que no han sabido captar y transmitir el sentir de los tiempos. No es tarea fácil porque la realidad, insisto, es siempre más compleja que nuestras teorías. El historiador tiene un gran compañero de viaje que le sirve de cicerone por la época de que se ocupa: el arte. El arte ayuda a entender el pasado, a captar el ambiente, a poner vida a los hechos muertos. Y no una vida cualquiera -lo que sería una falsificación de la realidad- sino su vida, la vida que vivieron.
Preocupado desde hace años por la transformación de la burguesa sociedad victoriana del siglo XIX en una sociedad moderna de masas, al tiempo que leo libros de historia voy mirando cuadros y leyendo novelas para entender eso que Joseph Roth, en La rebelión, llama “las tendencias disolventes de nuestro tiempo”, lo mismo que Stefan Zweig llamó El mundo de ayer, pleno de seguridades, o la “Gran Época” hundida por un iceberg, como dice Miroslav Krleža en El retorno de Filip Latinovicz.

Fueron tiempos en que se veía claro cómo fenecía una época y cómo algo nuevo nacía, aunque no se sabía bien qué. Los cadáveres de la edad pasada eran bien visibles: las costumbres, los viejos imperios con sus decrépitas aristocracias, los valores fundamentados en religiones dogmáticas alejadas del sentir cotidiano, la idea decimonónica de que el progreso de la humanidad era inevitable... Muchos intelectuales de esta época sentían que el proyecto de la Ilustración había fracasado: no por haber enseñado a leer y a escribir a la inmensa mayoría de la población europea se había conseguido un progreso moral del hombre. El kantiano y liberal ¡sapere aude! no era ya sino una ilusión macilenta, arrollada por proyectos más enérgicos como el socialismo. “¡Eso -según el poco inspirado pintor de la novela de Krleža- es lo que había que pintar de una vez! Pintar ese balance absolutamente negativo de dos mil años de esfuerzos por convertir a estos bárbaros en seres humanos”.

Se pensó ingenuamente que la ilustración del ciudadano llevaría aparejada una educación sentimental en los elevados valores de la cultura, y que éstos ensalzarían al hombre a un nivel superior de humanidad. Pero precisamente esos valores eran los que se ponían en cuestión sin que se acabara de ver que alguien ideara otros nuevos. De ahí el sentimiento de descomposición, de haber perdido los agarraderos en que hasta entonces se sostenían los hombres. ¿Para qué querían la pintura -se preguntaba Filip Latinovicz- esas inmensas masas que deambulaban por las ciudades?

Ciertamente la ilustración y su modelo liberal y más tarde democrático de sociedad permitieron, por lo menos en amplias capas de la población, una mejora sustancial del nivel de vida, aunque se estaba lejos siquiera de aproximarse al modelo de esas sociedades científicamente perfectas que Condorcet o Comte habían pensado siglo y pico atrás como último estadio de la evolución histórica. Faltaban ideas claras, y en medio del maremágnum los viejos valores fueron sustituidos por ideas simplificadoras engendradas por el fascismo y el comunismo, cuyos modelos totalitarios no mejoraron en nada el viejo proyecto ilustrado y trajeron nuevas y terribles catástrofes.

Hoy algunos tienen la sensación de que se vive una nueva crisis histórica, incluso que estamos en un cambio de época. No estoy seguro. Contrariamente, pienso que estamos en una evolución del tiempo que nació en entreguerras con una intensificación de la mundialización en determinadas cuestiones. Es muy significativo que uno de los grandes sucesos que se presentan como el embrión del nuevo tiempo, “el mayo del 68”, se haya celebrado con grandes fastos en su cuarenta aniversario y no se haya esperado a que se cumplieran cincuenta años. ¿Por qué? Pues me parece evidente: porque la generación que hizo aquella gran revuelta (no creo que merezca un calificativo mayor), que trajo algunas novedades importantes, está ahora copando los puestos de poder en la política y muy especialmente en las universidades y dentro de diez años la mayoría estarán jubilados al sol de alguna playa, y no precisamente bajo los adoquines de París.

¿Ha fracasado el proyecto ilustrado? Sin duda en sus grandes objetivos sí, pero hay que seguir creyendo en él, si bien adaptado a los nuevos tiempos: ya no puede ser el modelo kantiano, ideado para un hombre abstracto al que le han arrebatado sus sentimientos, sino pensado para hombres concretos de carne y hueso, con sus vidas fluyentes, sus expectativas, sus esperanzas, sus temores, sus defectos y sus potencialidades.

TEMAS RELACIONADOS: