Opinión

La revuelta que viene

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 17 de febrero de 2019

Llenaron los mítines de Donald Trump en el Medio Oeste. Ahora se los puede ver en la primera línea de los “chalecos amarillos” en Francia. Votan a Salvini. Aplauden las políticas de familia de Víctor Orban, pero condenan su reforma laboral. Están dispuestos a llevar el “Brexit” hasta sus últimas consecuencias. Son los ciudadanos cuya identidad es ser “normales”, no tener “identidad” o, peor aún, tener una que nadie reconoce como tal y que no puede, desde luego, confesarse sin grandes muestras de arrepentimiento y vergüenza. Son los “blancos pobres” a quienes en los Estados Unidos se llama despectivamente “la basura blanca”. A pesar de sus grandes diferencias, comparten ciertos rasgos comunes. Describamos algunos.

Excluidos de las políticas identitarias, acusados de ignorancia y violencia, los “blancos pobres” -entiéndase esto no tanto en un sentido del color de la piel, sino más bien como trazo grueso de un grupo social- estos blancos, digo, no gozan de la atención de los grupos de derechos humanos ni se hacen sobre ellos documentales de memoria histórica. Son los acusados del esclavismo, el colonialismo, las explotaciones postcoloniales y las desigualdades sociales que se invocan como justificación de la discriminación positiva, los subsidios y otras medidas dirigidas a ciertos colectivos “desfavorecidos”. Entre esos colectivos, nunca están ellos mismos. Se ve con legítima preocupación la deriva racista y xenófoba que toman algunos de estos movimientos, pero no la utilización que se hace del racismo y la xenofobia como pretextos para evitar otros debates.

Despreciados por las clases altas y la “intelectualidad”, se los acusa de no entender cómo funciona el mundo, lo complejas que son las cosas y lo afortunados que son por poder disfrutar de la globalización. Poco importa -dirán ellos- que sus empleos sean cada vez más precarios y sus horizontes de vida cada vez más limitados. No se suele hablar de cómo deben trabajar en dos o tres sitios para reunir así lo que sería un antiguo salario decente. Si se casan, tendrán que trabajar los dos cónyuges para poder mantener una familia y tendrán suerte si no necesitan dedicar horas para llegar a sus puestos de trabajo desde la periferia en la que viven. Compartirán el metro, el tren o el autobús con otros precarizados que no pueden entrar al centro de la ciudad con sus coches diésel ni pueden comprar otros más “ecológicos”.

Necesitan utilizar los servicios públicos, pero ven cómo parte del presupuesto se dedica a subvencionar a colectivos a los que ellos no sólo no pertenecen, sino que alimentan esas políticas identitarias de las que no participan. La proletarización de la clase media, la turistificación de las ciudades, la despoblación de las provincias, la uberización de la economía son sólo algunos de los fenómenos que sufren y que dan combustible a su descontento. Son la clase media venida a menos y la clase baja precarizada. Se quedan siempre en el umbral de las ayudas sin acceder a ellas. Soportan sobre sus hombros el peso de un gasto público que los asfixia sin devolverles lo que, a su juicio, les corresponde.

En su magnífico reportaje sobre las iglesias de manipuladores de serpientes en el sur de los Estados Unidos -estoy hablando de “Salvación en San Mountain”, publicada felizmente en España por la editorial Dirty Works- Dennis Covington describe el Sur, es decir, una región y no un punto cardinal, en términos que podríamos extrapolar a otras regiones en otros países: “El Sur no ha desaparecido. Si acaso, es todavía más sureño, como en un esfuerzo a la desesperada por salvarse. Y el Sur que aún sobrevive durará más que aquel que lo precedió. Será más duro y duradero que el que había antes. ¿Por qué? Porque ha sobrevivido al fuego. Y no me refiero sólo al movimiento por los derechos civiles, aunque ciertamente podríamos empezar por ahí. Me refiero a un incendio prolongado, de combustión lenta, a la guerra civil original y a la industrialización que generó. Me refiero a la colonización del Sur por los emprendedores norteños. Me refiero a la migración a las ciudades, la epidemia de cólera, a las inundaciones. Me refiero a las guerras a las que se envió a sureños en números desproporcionados durante el siglo XX, a la pobreza que sufrieron. Me refiero a nuestra caída en desgracia. Me refiero al desprecio y el ridículo con el que el país ha abrumado a los sureños blancos pobres, el único grupo étnico de Estados Unidos al que no se le permite tener una historia”. El párrafo es largo, pero valioso. Sirve para analizar un fenómeno, requisito necesario para juzgar y actuar.

También Europa está llena de europeos que se sienten alienados en su propia tierra, excluidos del relato colectivo, invisibilizados pese a ser mayoría, silenciados a fuerza de acusaciones de racismo y xenofobia. Son ellos quienes están saliendo -como en los Estados Unidos- en defensa de la nación y la tradición. Son ellos quienes se niegan a aceptar que la política esté inerme frente a la economía de plataformas como Uber, Deliveroo y Airbnb. Son ellos quienes reivindican la legitimidad de las culturas populares ridiculizadas por las élites. Jim Goad describió en su “Manifiesto Redneck” -otra publicación de Dirty Works por la que hemos de estar agradecidos- esa furia de los excluidos por un clasismo que se extiende a ambos lados del Atlántico.

He aquí la revuelta que viene a Europa.

En realidad, ya está en marcha.