Se puede afirmar que la forma y la emoción vivifican el arte al realimentarse la una en la otra, otorgándose reciprocidad y belleza. En cualquier estilo o espacio estético, la forma es lo que da sentido y no a la inversa. Sin excluir la imaginación y los sentimientos, todo arte es formal. Esta conjetura, se quejan algunos (en especial los que desconocen las formas y pregonan el verso libre), puede imponer un límite al arte y a la propia vida. Recordemos que en sus remotos tiempos Virgilio conjeturaba que “la mente agita una carga de materia natural y que la forma le debe dar sentido estético” (“Mens agitat molem et magno se corpore miscet”, Eneida, VI, 727).
Por nuestra parte, nos arriesgaremos a decir que a primera vista los consabidos esquemas de endecasílabos o alejandrinos rimados que dan forma al soneto, parecen rígidos y poco prometedores para volcar en versos las emociones de un alma. Ese diagrama, sin embargo, encierra una verdadera magia que a través del encantamiento de las palabras da brillo a la musicalidad y paso a una belleza de estilo que permite, cuando la forma y los sentidos se aúnan, expresar la voz más íntima del poeta. Agreguemos que en sus diversas lenguas, Dante, Petrarca, Wordsworth, Milton, Shakespeare, Lope, Quevedo, Góngora, Rilke, Verlaine, Darío, Lugones, García Lorca y Borges, han sido entre tantos otros sus artífices más notables.
Creemos que también el nombre de Enrique Banchs se debe sumar a los poetas mencionados. Pues bajo esta forma estética, impregnado del más puro lirismo, este argentino concibió cien sonetos, reunidos en un volumen, que tituló La Urna, donde la emoción vibra y vive en cada verso como si los endecasílabos fueran catorce aceros. Las composiciones, obviamente tienen una historia ingrata, cuya causa es el desengaño amoroso, y combinan la continuidad de elementos heterogéneos. Son, por otro lado, cien sonetos temerarios y reveladores. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en la breve producción de Banchs están presentes de manera perdurable estos sonetos que son, sin ninguna duda, su obra maestra.
Curioso destino el de La Urna, que vio la luz en una edición de autor allá por 1911. Fueron pocos ejemplares los que publicó, Banchs, acaso sin demasiada convicción. El desilusionado joven, muy poeta y muy maestro
de las formas expresó en esos poemas la emoción (la angustia y el dolor de su desencanto); agreguemos también que la difusión fue limitada, muy limitada, pero bastó para que unos pocos entendidos lo consagraran como un libro esencial de la poesía amatoria en la Argentina. Esto ha hecho que en pocas bibliotecas se conserve aquella primera edición de La Urna; conocí, no obstante, a muchos lectores que retenían en su memoria los elevados sonetos de Enrique Banchs. Cito entre ellos a Jorge Luis Borges, que cada tanto recuperaba en su envidiable memoria esta composición que bellamente relaciona al tigre con el odio.
Venía luego, casi obligadamente, otro soneto -verdadera obra maestra del género-, dedicado al espejo, que Borges recitaba con voz emocionada y grave:
Fue así, sin presentación ni difusión en los diarios, que los conmovedores sonetos de La Urna se irradiaron de mano en mano y de memoria en memoria acaso entre cómplices y secretos lectores. El tiempo los ha consagrado definitivamente.
No hay poeta genuino que no sea fatalmente verbal, pero en los que consideramos clásicos hay una suerte de pudor en el lenguaje, un barroquismo lujoso y contenido, que sofrena el derroche de romanticismo. De los cien sonetos que integran La Urna, casi todos aluden al amor que no pudo ser. Son una serie de inconexos presentes que se disuelven en la memoria del tiempo sucesivo. Menos herido que asombrado por su azaroso destino, en su melancólica evocación, Banchs nos revela la historia asombrosa y humana de su fracaso. Quebrado por un dolor infinito, el protagonista lo exorna de congoja sin caer en el patetismo donde el juego de espejos que lo reflejan produce vértigo en el lector.
Desde el inicio, los cien sonetos de Enrique Banchs van modulando con riquísimas variaciones dos sentimientos esenciales, la soledad del enamorado y la soledad del hombre en el universo, que bien pueden resolverse en un único y gran sentimiento de soledad. Sin los efectismos sonoros ni las definiciones épicas de algunos poemas iniciales, la voz del poeta asume sus matices más diferenciados en los medios tonos afectivos, en la musicalidad sin énfasis, en el ritmo apenas acentuado, en la sutileza expresiva.
Una gran variedad de técnicas de desarrollo del soneto habla del dominio instrumental de Banchs donde insistimos, la terca soledad se reitera en distintos planos. Es con gran insistencia la vieja soledad del enamorado que llora interminablemente su desamor; pero es también la soledad del hombre entre los hombres y, en última instancia, el desgajamiento del hombre caído y resignado que guarda en su memoria las músicas de otro reino:
...te has ido y no te has ido; te alejaste
¡y nunca tan presente como ahora!
Se ha señalado en la poesía de Banchs la ausencia de Dios. Cierto, no fue un hombre religioso, fue algo mejor, fue un hombre ético. Sus versos exhalan una tristeza esencial y una melancolía que no excluye cierta vaga
esperanza de reintegración (Bien sé que espero en algo muy lejano...), acorde con el espiritualismo que el poeta confiesa en todo momento.
Borges, que compartió con Banchs actividades en la Sociedad Argentina de escritores, describe su vida y su drama pasional en un magnífico soneto, que incomparablemente retrata el alma grande del autor de La urna:
Señalamos ya que la edición de La Urna fue limitada. Puntualicemos, además, que apenas alcanzó las trescientas copias, según me confesó el propio Banchs; unas pocas fueron obsequiadas a los amigos del poeta, en
tanto que los ejemplares restantes, quedaron empaquetados en un armario, y luego, por razones de falta de espacio en la casa, se entregaron a un quiosco de diarios para ser repartidos sin costo algunos entre los clientes. Su hija Marta, a quien se debe la reedición que hizo Proa en 1999, conservaba inmaculado un solo ejemplar corregido por su padre. Fue la versión definitiva que revisamos y cuidamos con mi amigo Antonio Requeni. Basada de ese volumen, en 2013, la prestigiosa editorial Sibila publicó para España otra bella versión de La Urna, que tuve el honor de prologar.
Enrique Banchs nació en Buenos Aires el 8 de febrero de 1888, y murió en la misma ciudad el 6 de junio de 1968. Aparte de ese amor imposible, no hay hechos destacados en su biografía. Entre los diecinueve y veintitrés
años publicó sus cuatro únicos libros de poemas: Las Barcas (1907), El Libro de los Elogios (1908), El Cascabel del Halcón (1909), y La Urna (1911). Su fama de gran poeta se acrecentó con los años, y hasta adquirió cierto carácter legendario, mientras él no sólo se resistía a reeditar sus obras, sino que se mantenía en un silencio apenas interrumpido por la publicación de algunos esporádicos textos en verso y en prosa en diarios o revistas. Ese silencio de tantos años sigue siendo uno de los enigmas de la literatura argentina.
Sin embargo, no se apartó de sus colegas ni de la vida literaria. Participó de la Sociedad Argentina de Escritores y fue su presidente; también formó parte de la Academia Argentina de Letras. Era un hombre bueno y sencillo,
de palabra amable y afectuosa. Tuve la felicidad de conocerlo en los pasillos del diario La Prensa y de visitarlo algunas veces en su modesta casa del barrio de Colegiales, donde cuidaba con especial esmero las rosas de su jardín.