No me sorprendió recibir el encargo porque tratándose de Baroja, que no es un escritor más, sino ‘el escritor’, entendí la propuesta. Ha influido de una forma fundamental en mí y la propia expresión de lo barojiano apela a una forma de entender la vida. Me pareció que era una buena oportunidad para hacerme reflexionar, así que creo que sí tenía algo de tarea pendiente. El mérito del editor ha sido darnos la oportunidad de escribir libros que no habríamos escrito, pero que responde a una faceta muy importante de nuestra vida.
Me parece que tiene todo el sentido reivindicar a Baroja porque todavía tiene muchas cosas que decirnos. En el título hablo de la intemperie refiriéndome a su intemperie moral e intelectual en el sentido de que siempre se pronunció sobre la España de su tiempo, lo que le gustó y lo que no, sin el aval de una coartada religiosa o ideológica. Esto es de una gran modernidad y es muy necesario hoy. En esta época que vivimos de tanta demagogia y de populismos, que se caracterizan arroparse de grandes palabras y por tener líderes que tratan de representar los grandes iconos y las banderas más sagradas, la figura de Baroja se impone como el individuo que se representa a sí mismo, algo más necesario que el agua. Por ejemplo, habría que volver a leer a Baroja ahora que se habla tanto de memoria histórica. La Guerra Civil contada por él no es un relato partidista sino el de un paisano al que le aterra la crueldad y el cainismo. No puede haber una visión más objetiva de la guerra que la suya, precisamente porque no juega a uno de los bandos, aunque él pasó verdadero peligro porque estuvo a punto de ser fusilado.
Hay una falta de autenticidad distinta a la que había lógicamente en los años 60 de mi infancia y adolescencia. En aquella época había una especie de ñoñería atmosférica y en esta época lo que hay es una desfachatez atmosférica. Todo lo sagrado se ha vaciado de sentido. Se invocan los grandes conceptos de la manera más vacua y demagógica.
Pesimismo sí, pero también una conciencia de lo poco que podemos esperar de la condición humana o de su lado más decepcionante. La vejez de la que hablo consiste en una mirada distante del mundo. La conciencia de saber que toda acción nos va a decepcionar sin que eso signifique que uno no deba embarcarse en aventuras en la vida y volver a creer en determinadas cosas. Baroja, por cierto, militó en el Partido Radical de Lerroux. No lo hizo para trepar, sino para presentarse como concejal. Eso desmiente la imagen de un Baroja que estuviera por encima del bien y del mal. A pesar de ser un escéptico, fue capaz de pringarse también en un momento determinado con un compromiso político.
A Baroja se le atribuyen dos tópicos: su supuesta misoginia y que era antivasco. Creo que fue el gran retratista de las mujeres, así que quien le acusa de misógino es evidente no lo ha leído. Fue un hombre que supo escuchar, también a las mujeres, a las que no halagó, sino que tuvo con ellas una relación de igual a igual. No buscó deformar su imagen ni tampoco presentarla de una forma sublimada a través de la pasión amorosa ni mediante el falso halago interesado, como ocurre hoy en cierta literatura en la que hay autores que presumen de ser feministas tratando de vender así más libros al atribuir a personajes históricos valores que son del presente. Baroja no. Baroja fue realista; un realismo desde el que plasmó a la mujer.
Ocurre lo mismo. Baroja no halagó falsamente al País Vasco ni lo deformó. Los vascos de Baroja son realistas, como los de Zuloaga. Mientras unos pintan ‘vasquitos y vasquitas de azulejo’ estereotipados, sus vascos son reales y tienen mirada. En ellos no prima el estereotipo sino los individuos sobre lo étnico. Baroja no mitifica lo vasco, sino que lo presenta de un modo realista, pero eso no quiere decir que no transmita amor a su tierra. De hecho, ese amor logró transmitirlo de una forma que no consiguió Sabino Arana, que se empeñó de forma constante en buscar enemigos. Baroja fue el autor que mejor supo transmitir la emoción del paisaje vasco.