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TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 07 de marzo de 2019

Un desconocido, al que apenas oyó acercarse por detrás, le hundió un cuchillo en la espalda hasta la empuñadura. Entre la víctima y el verdugo ninguna relación, más allá del encuentro fortuito y una sentencia aleatoria: pudo ser la joven de pelo rojo con la que se había cruzado cien metros atrás o el adolescente de dieciséis que todavía la vio agonizar. Estos crímenes por acuchillamiento, sin aparente razón de ser, se han convertido en Inglaterra, en Londres en especial, en caso de emergencia nacional. Presentan signos de horrorosa descomposición: la absoluta indiferencia hacia los vecinos y ciudadanos de la metrópoli indica una distancia abismal hacia el género humano: sin distinción de raza, sexo o religión. Hace siglos que la filosofía británica, en la figura de David Hume, había planteado una sorprendente cuestión moral. Si la salvación del género humano dependiera de una leve herida en mi dedo, señalaba el filósofo, el género humano estaría en grave peligro. Podría asumirse el sacrificio por el inmediato o el próximo, la propia familia o el vecino más cercano, pero el hombre abstracto no es un objeto adecuado de compasión. El problema político podía formularse como el problema de extender la simpatía más allá del estrecho y cálido círculo de la propia comunidad.

En el incremento de un 93% de los casos de acuchillamiento en los últimos años hay otro signo de atroz descomposición, me refiero a un cierto factor de moda. Es una forma de agresión que se estila crecientemente entre la juventud londinense en especial. Según el servicio público británico de salud, de 180 atendidos en hospitales por apuñalamiento en 2012, se ha pasado a 347 en 2018. El mimetismo que la moda induce, especialmente entre los jóvenes, desempeña algún papel también en este fenómeno. La banalización del mal, el desprecio por la vida, la distancia absoluta hacia el prójimo, acompañan la realización del género humano que tiene lugar en el seno de las grandes megalópolis contemporáneas. El prójimo ha perdido hace mucho su calidad de tal, la pérdida de su proximidad ha alcanzado no sólo a la propia familia, sino incluso al cuerpo propio – a uno mismo – que se trata con un desprecio destructivo. La razón del apuñalamiento podría encontrarse – a tono con la atmósfera brutal que respiramos – en un factor insignificante porque se trata de muertes sin significado. El aburrimiento del agresor, su rechazo de determinada prenda de vestir, la hora del encuentro o la edad estimada de la víctima… la razón del crimen es una perfecta sinrazón que habita un corazón baldío y desolado. Es aterrador que cualquiera pueda ser la víctima, lo es – especialmente – que cualquiera pueda ser el verdugo.

En el masivo desorden lúdico-libidinal de nuestra vida social estos crímenes tienen un componente de juego, de pulsión sin edificar, de moda indeterminada. Los índices de violencia criminal aumentan y el caso de las agresiones con cuchillo es sólo un modo más de dicha criminalidad. La caridad desaparece y en su lugar se encuentra un abismo insalvable que distancia infinitamente a individuos que viajan hacinados en el metro o viven, pared con pared, en la misma caja vertical de inmisericordes soluciones habitacionales. Pared con pared y en mundos separados, cada individuo erigido en uno solo, a la vez homogéneo con el resto y a distancia infinita de cada uno de los sujetos que lo replican: masa de átomos indiferenciados. Nube o polvo de individuos que flota, llevada de un lado a otro por el viento social de la opinión o la publicidad. El aliento desolador de los llamados medios y tecnologías de la información y la comunicación - ¡comunicación! – conducen a estas masas nebulizadas de individuos autónomos de un reclamo a otro, en navegaciones sin puerto de uno a otro centro comercial, de un contenido viral a una tendencia masiva.

Entretanto en España se produce un aborto cada cinco minutos – 258 diarios – a la vez que se difunde el alquiler de úteros y la población decrece alarmantemente. Se impugna la cortesía y el trato deferente mientras crece el maltrato entre jóvenes educados en los apabullantes valores de un feminismo que celebra esta semana – con patrocinio comercial y amparo político – su día grande. Entretanto se preserva con desmedida compasión una vida animal, (esta semana vimos en Alemania a una dotación de bomberos entregada al auxilio de una rata) entregando el mayor cuidado y el más tierno afecto a todo ser vivo. Es fácil entender que, si se pretende hacer de un animal una persona, pronto se confundirá persona y animal: en un mundo de ratas es natural que las ratas estén a salvo. Cuando la vida humana reduce su dignidad tornándose insignificante, la muerte pierde sentido. Puede ser objeto de apuesta, elemento de un juego, un modo fascinante de escapar del tedio.