AL AIRE LIBRE

LA INFANTA CIEGA

Luis María ANSON | Viernes 08 de marzo de 2019
Hace 61 años, en el otoño de 1958, publiqué en el diario ABC un artículo sobre la Infanta Margarita. Toda una vida después...

Hace 61 años, en el otoño de 1958, publiqué en el diario ABC un artículo sobre la Infanta Margarita. Toda una vida después sigo pensando lo mismo de esta criatura extraordinaria a la que he seguido de cerca y que celebra ahora su 80 cumpleaños. Reproduzco a continuación, sin alterar una coma, el artículo titulado La Infanta ciega, que publiqué en ABC el 5 de diciembre de 1958, cuando Doña Margarita tenía 19 años.

“Alfonsito -solía decirle la Infanta Margarita a su hermano- soy feliz porque veo un mundo diferente del de los demás. Por lo único que quiero curarme es por mamá.

Doña Margarita era dichosa con la compañía de su hermano. El Infante la quería entrañablemente, pasaba sus ratos libres con ella y jugaban juntos hasta quedar rendidos. Pero una tarde de Semana Santa, un accidente desgraciado, en Villa Giralda, dejó sin vida a aquel niño de catorce años que era la admiración de cuantos le conocían. La Infanta ciega posó por última vez la blanca piel estremecida de sus manos sobre la cara del hermano muerto. Cuando se lo llevaron hacia el cementerio de Cascais para enterrarlo en una tumba, la más humilde, entre flores y tierra de España, doña Margarita se quedó silenciosa con toda la pena del alma asomándose a sus ojos.

Ahora, después de dos años y medio, la hija de don Juan, la nieta de Alfonso XIII, es una princesa alegre y bulliciosa, llena de vida y de optimismo. Asombran su sencillez y su gran sentido del humor, original y expresivo. Cuantos la rodean la aman. Resulta casi imposible sustraerse al encanto de esta Infanta española cuyos ojos nacieron callados para siempre. Posee un gusto natural muy delicado y una inteligencia asombrosa. Habla nueve idiomas. Lee y escribe perfectamente. Le basta estrechar la mano de una persona conocida para saber inmediatamente quién es. Todo lo recuerda, todo lo adivina, todo lo presiente. Parece como si oyese la forma de las cosas, el tiempo y la quietud y el crecer de las flores y el pasar de las nubes perdidas por el cielo. De pequeña se parecía a su tía doña Cristina, pero, en su forma de ser, recordaba a otra Infanta Margarita, a la rubia, hija de Felipe IV, la de “Las Meninas”, el modelo preferido de Velázquez, la Infantita que se quedó para siempre retratada en una escena de familia, con los Reyes al fondo, entre María Sarmiento e Isabel de Velasco, junto a Maribárbola, la enana chata y fea, y Nicolasito Pertusato, un paje vestido de rojo, entretenido en molestar a un enorme perro.

-Mi vida es España -me dijo doña Margarita un día de fiesta en “El Alamín”.

Y añadió muy despacio:

-Y me encantan los niños.

Por eso, tras la muerte del Infante don Alfonso, vino a Madrid, a estudiar en el “Salus Infirmorum”, la rubia Princesa española que traía del destierro los ojos helados de tristeza. España le devolvió enseguida su alegría habitual, y ahora es una maravilla ver con qué gozo la Infanta Margarita cuida a los niños. Tiene un don especial para tratarles, para pasar las horas junto a ellos, sonriendo mansamente, para acariciarles sin cesar con sus manos cansadas de ternura. Ama a los niños y tiene pasión por la música. Pasa horas enteras oyendo música con una atención constante y continuada, sin que nada escape a su sensibilidad acusadísima, mientras mira sin ver con sus grandes ojos claros. Sin embargo, doña Margarita tiene un punto de luz en la retina de un ojo con el que, en ocasiones, es capaz de distinguir los colores. Es una rendija clara por la que se mete en su alma la luz del día. Viéndola moverse, viéndola vivir, nadie diría que sus ojos no ven. Bien podría repetir ella las palabras escritas en “La Ciega” por Rainer María Rilke, el poeta que, según dicen, murió del pinchazo de una rosa:

Y no tengo que prescindir de nada.

Los colores se han traducido enteros

en ruido y en olor

y suenan infinitamente bellos

como sonidos.

Pues su ceguera no es causa de tristeza para ella. Solo le preocupa por sus padres, Don Juan y doña María, y, al pensar en ellos, desea curarse. Por eso, cuando alguien le habla de Estoril, de los suyos, la Infanta Margarita escucha en silencio largamente. Y su cara, llena de ojos inmóviles, toma una expresión grave y sosegada”.

Hasta aquí el artículo que publiqué en el ABC verdadero en 1958 y que me ha hecho recordar demasiadas cosas.