Opinión

Femicracia

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 10 de marzo de 2019

En la vorágine festiva y dicharachera del mujerío militante del 8-M nadie ha reparado en dos féminas: la diosa Cibeles, que antes que divina es mujer, y Siri, la dama de ofimática voz que responde a preguntas de intrigadas internautas e intrigados internautos. Ni un alma se ha compadecido ni solidarizado con la primera, que, después de varias temporadas triunfales, padecerá triste y en soledad un año en blanco sin festejar gloria deportiva alguna. La segunda no ha sido auxiliada ni defendida ante su dura e implacable jornada laboral de 24 horas diarias durante los 365 días del año y oprimida por las abusivas superestructuras capitalistas del Internet de las cosas y de los hombres. Ante tanto derroche de ingenio y lucidez expresado por las simpáticas manifestantes en sus reivindicativas pancartas, sin embargo, se han echado de menos leyendas como “Cibeles; ¡No te olvidamos!” o “Todas somos Siri”. Con el debido respeto al movimiento feminista, el mismo del que suelen hacer gala sus miembras, podría afirmarse sin acritud que la postergación de dos mujeres tan bravías para la causa del feminismo ha sido un error letal. Achacable quizás a un mero olvido. Nunca jamás a una premeditada discriminación ideológica ya que el feminismo visceral está libre de toda enrarecida politización, alejado de cualquier raquítico sectarismo y opuesto al odio y al resentimiento propios del patriarcado.

El Manifiesto Feminista del 8 de marzo es todo un modélico ejemplo de objetividad. Deslumbra por su exhaustiva e imparcial enumeración de elementos represores y opresores que tiranizan a la mujer. Con precisión de relojero y relojera han sido denunciados el machismo, el racismo, el belicismo, el catolicismo, el capitalismo, el extractivismo, el liberalismo, el franquismo, la derecha y la extrema derecha. Sin ánimo de reproche y exhibiendo una cortés consideración hacía las autoras del Manifiesto, ante tan prolijo listado habría que objetar la ausencia del terrorismo, que asesina bárbaramente a hombres y mujeres, niños y niñas; del islamismo radical, que rebaja a la mujer a un ser humano de segunda categoría; e incluso del viejo comunismo, porque hasta en la Rusia soviética se enseñaba a los jóvenes cadetes del Ejército rojo la hiriente costumbre de besar la mano de las damas. Las citadas ausencias obedecen, una vez más, al descuido. Nadie piense mal del feminismo radical, que es muy de machos situar a la mujer bajo sospecha. Tranquiliza saber que las redactoras de la proclama se han unido al grito global lanzado por las mujeres en Brasil, EE.UU., Italia, India y en otras partes del mundo, entre las cuales, sin duda, hay que entender incluida a Venezuela. ¿Cómo el movimiento del feminismo visceral iba a ignorar a las venezolanas obligadas a prostituirse en la frontera con Colombia para poder alimentar a sus hijos?

Tras una lectura del Manifiesto del 8-M, se entiende a la perfección lo que el doctor Gregorio Marañón apuntó sobre el feminismo: “Soy antifeminista frente a casi todas las feministas y feminista frente a muchas de nuestras pobres mujeres”.