Opinión

Por qué con ocho años pedí una cocinita

TRIBUNA

Fernando de las Heras | Viernes 15 de marzo de 2019

En una sociedad totalmente igualitaria, este artículo sería breve. Sin embargo, en España aún nos queda camino por recorrer. Eso sí, quiero comenzar diciendo que vivimos en un país poco machista. Formará parte del 10% o 15% de países menos machistas del mundo, junto con la mayoría de países de la UE, Canadá, parte de EEUU y alguno más. Eso quiere decir, no obstante, que sigue siendo machista, y que como he dicho, queda trabajo por hacer.

A mi entender, las principales manifestaciones del machismo estructural que persiste en la sociedad (podría hablar en otro momento del “machismo radical”, nostálgico del régimen y más dogmático que católico) son la existencia de roles de género, la desigualdad laboral y la violencia de género en todas sus manifestaciones. De estas tres, quizá la que más debiera preocuparnos es la primera, por ser causa de las demás. A fin de cuentas, si el rol de la mujer es el de madre y esposa, parece lógico que deba trabajar más (por tener que hacerlo en casa y fuera), cobrar menos y soportar lo insoportable de su marido.

¿Cómo combatir la existencia de roles de género? Desde luego, el mejor momento es la infancia, cuando estos roles, aunque presentes en la sociedad, aún no se han asumido. Por desgracia, parece que no se le ha dado importancia a la educación en igualdad durante bastante tiempo y cada vez preocupa más la violencia de género en parejas adolescentes, que en una etapa de la vida compleja muestran conductas de dominación y sumisión (respectivamente) verdaderamente preocupantes.

Frente a esto, no puedo evitar pasar por alto mi experiencia personal. Con siete u ocho años mi profesora de educación primaria organizó un taller de costura en clase. Aunque al principio a muchos (muchos en masculino, no en neutro) nos pareció raro, le fuimos cogiendo el gusto a las dos horas semanales de labor. Las niñas cosían casas y flores, y los niños coches y barcos pirata, pero el caso es que cuando terminó el curso todos habíamos cambiado nuestra percepción: coser ya no era cosa de chicas. Lo cierto es que yo no aprendí mucho y siempre se me dio mal. Pero si coser ya no era cosa de chicas, cocinar tampoco, y eso sí que me interesaba. Así que esas navidades, y gracias a mi madre, conseguí una cocinita con juego de fogones, que hoy en día he cambiado por una de verdad con la que sigo disfrutando tanto culinaria como gastronómicamente.

Quizá la solución sea esa. Desde posiciones feministas y progresistas tenemos que apostar por inculcar la igualdad a los más pequeños, para lo que los talleres de temas vinculados a un rol de género (cocina, futbol, informática...) puedan ser una herramienta potente y además útil para la vida. Tenemos que percibir la importancia de educar a niños y niñas, juntos y a la vez, en una igualdad que si se aprende desde pequeños es mucho más difícil que se olvide. Y de asumir, de una vez por todas, que para superar el machismo estructural no bastarán medidas sobre sus efectos, sino que será necesario un proceso de educación y, por qué no decirlo, adoctrinamiento, en un concepto tan sencillo como fundamental: la igualdad entre hombres y mujeres.