EDITORIAL
EL IMPARCIAL | Jueves 21 de marzo de 2019
Quim Torra se ha visto obligado a acatar la orden de la Junta Electoral al retirar los lazos amarillos y la estelada de la fachada del palacio de la Generalidad. Pero no podía rendirse sin provocar. Y el president ha sustituido los símbolos separatistas por otros al colgar una gran pancarta a favor de los políticos presos con lacitos blancos. No quiere reconocer que el Estado le ha doblado el pulso; de ahí, que aduzca que, en realidad, ha cumplido la recomendación del defensor del pueblo, el Síndic, ("una institución catalana, que no española"). Pero, en realidad, quiere eludir el riesgo de ser inhabilitado y de sufrir la humillación de ver a los propios mossos, como policía judicial, descolgando las pancartas separatistas de las fachadas de los edificios públicos. El nuevo desafío del presidente de la Generalidad se ha esfumado ante el riesgo de cometer el primer acto jurídico de desobediencia con consecuencias legales. La valentía del presidente de la Generalidad no es más que retórica folclórica. Le aterra ir a la cárcel y no quiere seguir los pasos de los procesados por el 1-0. Ha aprendido la lección: no es lo mismo fanfarronear de la República independiente que saltarse la ley. Por eso, fanfarronea con la nueva pancarta, pero cumple la ley. Aunque es de esperar que la Junta Electoral le obligue también a retirar dicha pancarta.
El nuevo vodevil protagonizado por Quim Torra ha tenido como espectador de lujo a Pedro Sánchez. Tras la decisión de la Junta Electoral Central de obligar a la Generalidad a retirar los lazos amarillos de los edificios públicos en período electoral por "ser símbolos partidistas", la Fiscalía General del Estado estaba obligada a actuar contra Quim Torra por desobedecer. Pero ni se ha pronunciado. La complicidad entre ambos Gobiernos ha vuelto a funcionar. Para seguir en La Moncloa, el PSOE, si le salen las cuentas, tendría que contar de nuevo con sus socios separatistas. Y a Sánchez es lo único que le importa.
Al final, Quim Torra ha claudicado ante el Estado español por mucho que diga que ha obedecido al Síndic, no a la Junta Electoral Central. Tardará en retirar la nueva pancarta hasta el límite de la paciencia de la JEC. Luego, colgará otras con símbolos alternativos para mantener la tensión . Intentará disimular ante sus seguidores que ha tenido que cumplir una orden de la Justicia española. Seguirá provocando al Estado. Pero el pánico a la cárcel le tiene atenazado.