Opinión

Feria electoral

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 28 de marzo de 2019

Es agotador pensar en el largo desierto que nos aguarda hasta el veintiocho de abril, fecha de esa ceremonia insignificante que muchos juzgan el pilar de la democracia. Diariamente se ve a los candidatos de aquí para allá, como cagajón por acequia, tratando de encontrar acomodo en el mercado electoral. Tirando de los pretendidos dos extremos de la cuerda que se tensa a derecha e izquierda. Si te ajustas a derecha se te caen votantes por la izquierda, si te ajustas a la izquierda se van por la derecha. Parece natural que todos concluyan en adoradores del centro, pero de un centro que resulta ser un paradójico círculo de radio infinito.

Según la imagen de la cuerda sería en los últimos extremos del continuo, que definen la posición relativa de los puntos intermedios, donde los votos no escaparían más a la derecha o más a la izquierda porque no hay una derecha a la derecha de la ultraderecha y otro tanto sucede con la izquierda. A menos que el espacio político lo figuremos curvo, de modo que cabría la posibilidad de que la derecha de la ultraderecha se encontrara con la ultraizquierda y la recíproca: contraria sunt circa eadem.

Pero si no nos atenemos a semejante esquema vacío, sino que tratamos de determinar los contenidos que definen las posiciones de derecha e izquierda aparecen graves problemas, ligados al valor circunstancial de esa polarización que, sujeta a la dinámica de la historia, perderá su función del mismo modo que la obtuvo, a partir de un cierto punto de desarrollo histórico de la sociedad política. Los desplazamientos se inician con la misma institución de la distinción derecha-izquierda que – como es bien sabido – se define en relación al trono en la circunstancia histórica de la revolución de 1789. A la derecha del rey se sientan los defensores del viejo régimen, a su izquierda los que lo impugnan. Éstos profesan un liberalismo que circunstancias posteriores sitúan en la derecha, frente a los promotores de una igualdad y, por tanto, una libertad más profunda. El corrimiento a la derecha parece efecto constante de un creciente proceso de emancipación y ecualización (Igualdad y Libertad), cuyo último extremo se nos escapa a medida que creemos alcanzarlo. De ahí que la izquierda se presente con el marchamo de avanzar en el sentido de la historia, de ahí esas referencias al presente a la hora de rechazar unas u otras posiciones: ¡cómo puede pensarse esto o lo otro – se nos dice – a la altura del siglo XXI! Es la objeción trivial de los adoradores del progreso.

Así como lo actualmente situado a la derecha, estuvo en el pasado a la izquierda, lo que hoy está en la izquierda mañana se ubicará en la derecha. Y así, paso a paso, hasta una izquierda final o absoluta que señoreará un presente sin transición o sin historia, hasta una sociedad perfecta que se concibe como el paraíso en la tierra. Ahora bien, del mismo modo que la derecha de hoy fue la izquierda de ayer, hay sociedades de derecha – respecto de aquellas que han corrido más por la senda única de la historia – y sociedades de izquierda – respecto de aquellas rezagadas que no han sabido situarse “a la altura de los tiempos”.

En estos términos simplistas se plantea a menudo el juego electoral, como refleja bien la denominación progresistas-conservadores en cuanto reformulación de la misma distinción izquierda-derecha. De aceptarse esta simpleza sería inherente a la derecha su posición constitutivamente a la zaga de la izquierda porque, al fin y al cabo, la dicotomía retaguardia-vanguardia reproduce la distinción derecha-izquierda o conservadores-progresistas.

Pero no se entenderá, desde ese esquema binario, que haya vanguardias de derechas o que se presente una derecha revolucionaria, a menos que se trate de una revolución conservadora que se confundiera finalmente con las fuerzas de una restauración. Tampoco podría entenderse esa declaración del gran historiador comunista que fue Eric J. Hobsbawm según la cual se adscribía a una izquierda conservadora.

Desde tan redonda simpleza, apenas puede entenderse la compleja diversidad de la realidad de las sociedades históricas. Hay quien, con alguna mayor precisión, ha podido declararse revolucionario en lo económico, reformista en lo político, conservador en lo antropológico. Pero el progreso quiere que todo sea política, de suerte que la complejidad real puede reducirse a ese continuo abstracto donde se juega esa ceremonia insignificante que es la feria electoral.

Y tras esa vana tremolina de declaraciones de acomodación de unos candidatos reducidos al esquema binario, hay que soportar también la melopea irrelevante de los hermeneutas de tertulia.