Si bien es cierto que existe con nosotros y somos parte de ella, con su avasallante devenir, la naturaleza parece desconocer la historia o subestimarla, o hacerse la muy zonza para hablar sin eufemismos. En especial la que atañe a cada individuo, que alegremente suele pasarla por alto sin tener en cuenta que en la vida sólo se trata de eso, de vivirla personalmente. Es decir, de nosotros y la relación o conflicto con los otros. Bien lo sabemos que habitamos en el tiempo sucesivo, que nos abarca sin distinción de sexo, marca política, raza o nación (ese “enemigo que mata huyendo”, como conjeturó en sus Sueños don Francisco de Quevedo). Si nos circunscribimos al presente, al pasado y al porvenir, debemos admitir que la naturaleza acierta más en la abstracción de lo colectivo que en lo concreto. También, a su vez, junto a ese temible enemigo implacable, que ya señalamos, todos tenemos otro enemigo personal que nos acecha y nos persigue, y que acaso los enigmáticos dioses nos han destinado como premio o castigo. A ese otro enemigo, la superstición popular suele remitirlo a “una estrella” y se sostiene en lo intangible de la imaginación de cada uno. ¿Quién no ha oído hablar de “la buena o mala estrella”?, preciosa metáfora, sin duda, cargada de inexorable destino o puro azar. O vaya uno a saber qué secretas leyes.
Pues bien, después de tanta ensalada de palabras, o de tanto palabrerío inicial, voy al grano para evocar en este honorable espacio que se me ofrece al ilustre “caballero madrileño” don Mariano Perla, que, como lo recuerdo yo y como se admiraba don Francisco Ayala, al referirse a él con cierto dejo de melancolía (“¡Ah, hombre, qué notable persona, y qué personaje entre personajes; pobre Mariano, lo dejaron saborear un caramelo y luego se lo cambiaron por una cucharada de hiel, le pasó en España primero y después en la Argentina”). Don Mariano, el que yo conocí y recuerdo, era hombre de sobrado ingenio, divertido, muy agudo en sus razonamientos, mordaz a veces y con la palabra siempre exacta a flor de labio (“le mot juste”, como pretendía Flaubert); dotado, sobre todo, de una inteligencia clarísima, cuya lucidez hacía deliciosamente instructiva su conversación. Era también bondadoso y solidario en grado sumo, una de esas personas que no dejan a nadie de a pie. Bajo el aguijón de su ironía punzante podía sentirse el rezumo agridulce de su profunda como dolorida fraternidad. Español, españolísimo hasta la médula, un diálogo con don Mariano, el “caballero madrileño”, como lo se lo apodaba, era siempre una experiencia enriquecedora y memorable.
Yo era muy muchacho y trabajaba como periodista o, mejor dicho, como aprendiz de periodista, en la radio El mundo de Buenos Aires, fabulosa época en que llegaban para actuar en ese glorioso auditorio mayor nada menos que Louis Armstrong, Nat King Cole, Alfonso Ortiz Tirado, Aceves Mejía, Lucho Gatica y tantas otras celebridades del mundo, y donde don Mariano Perla colaboraba en un celebrado programa en el que hacía comentarios sobre temas diversos que abarcaban casi todos los ramos de la cultura, siempre volcados hacia lo hondamente humano, aun cuando hablara de fútbol, boxeo o carreras de caballos. Con él y el doctor Manuel Rey Millares, otro gran comentarista, que fue uno de sus grandes amigos en la Argentina, nos reuníamos frecuentemente en un café de la calle Maipú y Paraguay al que solían concurrir Jauretche, Borges, Sabato, don Francisco Ayala, cuando venía a nuestro país, y los artistas plásticos Lajos Zsalay, Alonso y Sobisch. A mí, joven curioso y entrometido, me encantaba oír a esos sabios evocar experiencias propias y ajenas o trenzarse en heroicas polémicas sobre temas ideológicos, que abarcaban a la estimulante España, que yo aún no conocía. “Hay un español que quiere vivir y a vivir empieza”, dice el verso de Antonio Machado, porque todos los iberoamericanos somos un poco españoles y bien que nos sentimos así.
Pero voy a este hombre inolvidable y los rasgos de su personalidad y su vida. Mariano Perla, “don Mariano”, como le decíamos, había nacido en Madrid en 1914 y ejerció el periodismo desde muy joven. Fue redactor de El Sol y colaborador de la revista Nuevo Cinema, dedicada al séptimo arte; durante la Guerra Civil estuvo afiliado al Partido Comunista del que renunció indignado y, como tantos otros, que también eran sus amigos y compartían el exilio de la Argentina (Rafael Alberti, María Teresa León, Manuel de Falla, Francisco Ayala, María de Maetzu, Manuel Azaña, Luis Jiménez de Asúa, Claudio Sánchez Albornoz, Lorenzo Varela, Luis Seoane, Alberto Closas, Arturo Cuadrado, Gonzalo Losada, Guillermo de Torre, por citar algunos ilustres), debió ejercer su oficio para vivir dignamente. También en la Argentina, don Mariano tuvo una intensa vida literaria publicó varios libros, entre lo que merecen destacarse Oliverio Cronwell, Las ciudades antiguas, Los pieles rojas y Mac Arthur. A eso se deben agregar otros inéditos, como uno de conversaciones con Ramón Gómez de la Serna, que no obtuvo la aprobación de Luisa Sofovich (su mujer) y quizá por eso nunca fue publicado y seguramente no quedan noticias de ese invalorable testimonio.
Así, entre tropiezos y el salto al estrellato, algunos años hubo de pasar en Buenos Aires hasta quedarse definitivamente aquí, este maestro y amigo admirado, muy entregado constantemente al brujuleo y ajetreo de su profesión para poder remontar el áspero día a día del exiliado; hasta que, de pronto, por esos misterios de la televisión y de este mundo imprevisible y enigmático, se convirtió en un verborrágico animador de la televisión y le vimos ascender de modo asombroso hasta la cumbre de la fama para transformarse en estrella, o en hijo de la “buena estrella” que lo había elegido. Años prósperos, sin duda, en los que don Mariano estaba en todas, hasta escribiendo guiones de películas (junto a Tulio Demicheli, adaptó la novela Mirad los lirios del campo). En lo personal, a él le debo un puesto en el noticiero del Canal 9 que me arreglo bastante bien la vida en esos arduos y remotos tiempos.
Tan fue así que de la noche a la mañana, don Mariano se nos convertió en una celebridad y era difícil tarea dar con él para compartir un café o una botella de vino en el restaurante “El imparcial”, que convocaba en la ciudad del exilio a republicanos, anarquistas y franquistas y por eso se lo llamaba así. El nombre del caballero madrileño estuvo de pronto en todas las bocas y en todas las retinas; su estampa era reconocida y aclamada por los transeúntes con quienes se cruzaba en la calle: “Ahí va Mariano Perla -y se lo interceptaba de manera abrupta y se lo llamaba “maestro”-. Sí, don Mariano, estoy de acuerdo con su comentario, tiene usted razón. ¡Qué simpatía y que lucidez la suya! ¡Qué sorpresa nos dará esta noche?...”
Y así, solicitado, requerido por muchos, rechazado por casi nadie, don Mariano firmaba autógrafos a troche y moche y regalaba su sonrisa de hombre bueno, seguramente regocijando su ego. Había llegado a la cúspide de la notoriedad y era agasajado, adulado, celebrado en cada esquina. Eso hizo, como corresponde, que a sus bolsillos empezara a acudir copiosamente el dinero que él, a su vez, derramaba a manos llenas con mujeres que eran sus amantes, amigos, halagadores y otras especias que se postraban a sus pies. “Les cuento que la televisión es el mejor sitio para seducir muchachas -nos confesó una tarde entusiasmado, con tono lento y eficaz-. Hombre, hasta el cojo de la producción… Tiene éxito”. Estaba, en fin, absorbido por esa esfera de extraña irrealidad donde las celebridades, si no viven, se mueven como sombras fantasmales en una nube de superpuestas imágenes, todas atrayentes y atractivas. Y don Mariano, medio incrédulo, aunque en el fondo definitivamente escéptico, sonreía con su ironía de siempre y nos contestaba con un asombrado desdén madrileño, bromeando, por supuesto: “¡Tíos, que os vais a hacer, toda esta parodia es la resultante o el precio de la fama, que no me dejan vivir tranquilo, carajo!”.
“Sí, claro -le rebatíamos con Rey Millares y Félix Luna-. Pero un día la moneda cae seca y se termina.”
Don Mariano nos daba una palmada y respondía con una sonrisa pícara, de oreja a oreja:
“Bien que lo sé, no necesito que vosotros me lo hagáis notar; pero así es la vida, hijos míos; hoy yo, mañana quizá tú... Como todo en este mundo la fama también se termina, claro. Ahora bien, en el mientras tanto hay que aprovecharla, pues acerca bellas mujeres y conocidos a mansalva. No os aflijáis, yo estoy debidamente preparado. Y por favor, sin discusión, dejadme pagar a mí esta cena.”
Ese día llegó y, como el festejado Miguel de Molina, otra estrella que se apagó de súbito, y también compartía cada tanto con nosotros aquella mesa, “el caballero madrileño” despertó una mañana y había dejado de ser una estrella en el firmamento de la popularidad. Paso el tiempo… Nos enteramos un día que se había unido a los más, bastante solo y olvidado.
Las veces que visité en Madrid a don Francisco Ayala, nunca dejamos de recordar a nuestro entrañable amigo común. Don “Paco” también lo trató mucho y fue uno de sus más cercanos en Buenos Aires; me contó que habían llegado al exilio en el mismo barco. Con emoción, evocamos una noche en casa del maestro Luis Seoane y una dura discusión con Ernesto Sabato, donde ambos lo vimos, quizá por última vez, tan divertido y lleno de anécdotas, siempre amable y dicharachero.
Poco después de su eclipse, nos enteramos que don Mariano había partido para siempre. A su entierro, en el cementerio porteño de La Chacarita, acudieron no más de una docena de personas (nombro las que recuerdo: Jorge Luis Borges y su hermana Norah, que fueron conmigo, Francisco Ayala, Blackie, Ulyses Petit de Murat, Edmundo Guibourg, Ariel Cortazzo, León Benarós, Mariano Grondona, Arturo Cuadrado, Lorenzo Varela los pintores Luis Seoane y Raúl Soldi, , los locutores Antonio Carrizo y Jorge Fontana, los periodistas Bernardo Neustadt y Llamas de Madariaga, y el doctor Manuel Rey Millares), conformábamos aquel cortejo, que luego, en una pizzería vecina, brindó por el ilustre pasajero que todos despedimos acongojados.
Leí hace unos años una crónica de don Francisco Ayala en el que relata ese triste momento. “Uno pudo pensar en esa ocasión -escribe-, cuando pasamos ante la estatua de un Carlos Gardel en esmoquin de bronce erigida sobre la tumba del llorado y añorado cantante, que no siempre la popularidad es tan efímera... La del zorzal criollo sigue vigente; la de Mariano no”. Cabe agregar -y aquí hago un llamado de atención- que no recuerdo la fecha ni el año en que murió don Mariano, y que la enciclopedia virtual Wikipedia, no tiene registrado a este ilustre español. ¡Vaya descuido!
Y, para cerrar esta evocación hago mías las palabras de don Francisco Ayala. “¡Mariano Perla! Esta mañana, al cabo de tantos años, tu figura ha surgido en mi memoria; y melancólicamente quiero dedicarte mi recuerdo”. Me sumo, también, a la conmovedora despedida: “Hasta siempre querido y viejo amigo” y en mi caso, maestro, completo yo.