En todos o casi todos los planos de la vida nacional hodierna la dignidad se ofrece muy oscurecida o como un valor a la baja de modo progresivo e irrefrenable. Cualquier lector o lectora podrá sin esfuerzo alguno fijar su mirada o memoria en experiencias próximas en el tiempo y el espacio para extraer datos que confirmen tal aserto. Cualidad entre todas la más descollante del estereotipo o imagen histórica de lo español conformados en la Europa del Barroco, a la fecha ha perdido todo fulgor y hasta presencia no sólo en la caracterología historiográfica y literaria, sino igualmente en la conducta diaria de los que conformamos al presente el pueblo español. Preterida, cuando no puesta en solfa en conversaciones y en los reportajes y artículos periodísticos de mayor audiencia e influjo en el público lector, la dignidad es hoy la gran ausente en el comportamiento y convivencia de la sociedad española. E, incluso, en la mentalidad de las más jóvenes generaciones su referencia es prácticamente inexistente, por increíble y doloroso que pueda semejar a los más viejos de la asendereada tribu hispana…
De ahí que toda mención o, mejor aún, detección de un gesto o de una actitud imbuida de su admirable materia hayan de suscitar forzosamente el aplauso más encendido y no solo en los horacianos laudatores temporis acti. Al respecto, es muy placentero y digno de recordar a los efectos del guion de la presente serie de artículos centrada en la sobresaliente personalidad de Josep Tarradellas en el que la dignidad constituyó el eje vertebrador de su rica y accidentada peripecia biográfica. Desde la ebullente Segunda República y no menos hervorosa etapa de la Cataluña de la guerra civil hasta la larga e interminable fase dictatorial, la dignidad resplandeció en todos los actos y episodios protagonizados por el que fuera colaborador de L. Companys en la muy crispada gobernación de Cataluña en los días de la contienda fratricida, más sangrienta acaso en su solar que en parte alguna de la península, sus dos archipiélagos y el Protectorado marroquí.
Durante el inacabable exilio, transcurrido casi todo él en territorio francés, su actuación estuvo invariablemente presidida y ahormada por la dignidad. En el capítulo sencillamente admirable de la historia española contemporánea que escribiera la inmensa mayoría de los políticos, artistas y escritores asentados en tierra extranjera, la dignidad refulgió con especial intensidad. Y en ninguno de sus beneméritos protagonistas rayó a mayor altura que en el exiliado en el pequeño pueblo galo de Saint-Martin-le-Beau, en el corazón del Hexágono. Ejemplo impar e impagable para las generaciones ulteriores, a las veces, tan olvidadizas e incluso hipercríticas con lo mejor de su legado, recogido en una Transición que sin su generosa aportación no hubiera sido posible.