Como no podía ser de otra manera, los obispos españoles han vuelto a decir “sí a la vida”, por boca de su Secretario General, Luís Argüello, en la rueda de prensa posterior a la Asamblea General del episcopado que se ha celebrado esta semana en Madrid.
Tras la reciente noticia de un “suicidio asistido” y que ha tenido tanta repercusión en la sociedad, el Portavoz de la Conferencia Episcopal mostró su “duelo y pésame a una familia que vive una situación tan dramática”, con “una excepcional carga emocional” en mitad de la precampaña electoral. “Las leyes son expresión de la racionalidad de un pueblo. En este caso, estamos ante un conflicto, que se produce entre el dolor, el sufrimiento ante la vida, y la propia vida. Nosotros pensamos que la muerte provocada nunca es la solución a los conflictos, ni en el caso del aborto ni en el de la eutanasia”-“Hay que articular una ley” para ayudar a las personas en los cuidados paliativos, y por una defensa de la dignidad de toda vida”.
“La Iglesia apuesta por los cuidados paliativos, no está a favor del ensañamiento terapéutico. La muerte provocada no es la solución”, dijo Luís Argüello que además dejó claro: “no estoy hablando en la cárcel para nadie, en este caso, pero sí estoy pensando en la necesidad de que desde la defensa radical de la vida implementemos como sociedad un apoyo a todo lo que no sea que la muerte sea la solución de los problemas”.
Pero en la reunión episcopal seguro que ha sobrevolado la necesidad o no de redactar un documento-guía, para indicar a los católicos españoles sobre el sentido de su voto. Pero esta vez los prelados han preferido que su Secretario General fuera, a través de un artículo publicado en la revista Ecclesia, quien diera esas “indicaciones”.
Según Luís Argüello “un elector cristiano, en su juicio, ha de tener en cuenta la luz de la fe, la enseñanza de la Iglesia y los imperativos éticos que de ellas dimanan. Se requiere, pues, un discernimiento de las opciones electorales aun sabiendo que ningún programa político agota las exigencias del Evangelio; tampoco puede esperarse de la política la salvación, ni de ningún programa de gobierno el establecimiento pleno de la justicia y el bien. El elector católico procurará inclinarse por aquel que, a su juicio, conduzca con mayor eficacia hacia el bien común de la sociedad aceptando que la misma fe cristiana puede conducir a compromisos políticos diferentes”.
Argüello llama al elector cristiano a “votar de forma libre y responsable” pero “para contribuir a la paz y al bien común”, o cuando ante la abstención dice que “muchas veces no habrá otra salida que la del bien posible, la del mal menor o la opción menos oscura, actitud siempre preferible a la indiferencia” o cuando expresa, como no podía ser de otra manera, que debemos contar siempre “con la defensa de la vida frente al aborto y la eutanasia” y “ apostar por la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer”.
Como diría alguno, más claro, agua.