Opinión

El árbol de ETA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 01 de agosto de 2008
¿Cuántas generaciones de pistoleros registra ya la Historia de ETA? ¿Cómo es posible que el sistema educativo y la demopedia programada por el Gobierno no hayan podido cortar o disolver en algún punto del tiempo la reproducción de los pistoleros? Si a las viejas ramas del árbol de ETA les siguen saliendo ramitas y brotes, se impone entonces el hecho de que el sistema educativo y los resortes culturales de la sociedad española no han estado a la altura política que se les exige para neutralizar este virus del odio, fundado básicamente en un falseamiento histórico y en una alimentación organizada del rencor nacionalista; es decir, en una cultura educativa.

Dicho de otro modo: el sistema público de educación y otras instituciones educativas y culturales, como la Iglesia, tienen que tener alguna responsabilidad en la siempre renovada existencia de jóvenes líderes de ETA entre 28 y 30 años. ¿Cómo ha llegado un muchacho vasco a hacerse líder de la organización terrorista? ¿Qué condiciones sociales y educativas posibilitaron las sucesivas levas en el ejército de ETA? ¿Cuál es la génesis de la formación intelectual y moral de un terrorista?

Los terroristas no nacen de las piedras, como los descendientes de Deucalión y Pirra, sino de familias concretas, aparentemente normales la mayor parte de las veces, en donde como en casi todas se vive con normalidad el triple amor conyugal, filial y fraternal, y de un entorno socioeducativo que alguna responsabilidad deberá tener a la hora de que un muchacho tome la estrábica y terrible decisión de ingresar en las filas de ETA. Es que los etarras no caen de la luna, no vienen de Marte.

Si se han estudiado detenidamente las biografías de los actuales jóvenes que lideran ETA, resulta que no se han tomado o no se han querido tomar las debidas medidas que impidiesen esas consecuencias “vitales”.

Hace muchos años el Gobierno de España debería haber invertido en una educación para los adolescentes vascos que hiciese imposible que el fanatismo criminal penetrase y anidase en los jóvenes corazones, merced a la instrucción de unos valores superiores que rigiesen todas las partes de España. Siempre es mejor prevenir que curar, formar corazones virtuosos que castigar los delitos.

Y no olvidemos nunca que alguien tiene que deformar sistemáticamente el alma de algunos jóvenes vascos para que sea posible esta maldita continuidad del terrorismo. La policía y la represión siempre serán impotentes y vanas contra las ideas venenosas infundidas en un alma adolescente. El hacha del lictor por sí sola siempre protegerá mal el gorro de la libertad.

Mientras, emboscados y amparados por la libertad de expresión, acechan y laboran siniestros los educadores de los jóvenes gudaris.

No decimos aquí que la policía no persiga con toda su eficacia y contundencia a los miserables y cobardes asesinos de ETA, como a cualesquiera otros asesinos muy peligrosos, pues que matar por una idea no es más noble que matar por dinero, drogas o perversión sexual, sino que afirmamos que las raíces de los asesinatos de ETA hay que buscarlas en la educación estragada de los asesinos.

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