Martín Juaristi | Viernes 01 de agosto de 2008
Shenzhen (editorial Astiberri, 2006), el cómic autobiográfico en el que el dibujante francocanadiense Guy Delisle relata, a modo de cuaderno o diario de viaje, sus vivencias en la ciudad del mismo nombre en 1997, sirve, a todo aquel que pase ahora por China, para observar grandes diferencias en el modo en el que se vive ahora la experiencia.
La ciudad de Delisle tiene poco que ver con la de hoy en día. En su Shenzhen (una “zona económica especial” todavía separada del resto del país por medio de alambradas y torretas de vigilancia) ver a un occidental en la calle es todo un acontecimiento, el metro no existe, la bicicleta es el medio de transporte más socorrido, no hay dónde tomarse un café decente y, lo más importante, internet y la telefonía móvil son cosas relativamente nuevas y de difícil acceso. Es un lugar más cerrado al visitante.
Es normal, por lo tanto, que el libro trate más sobre las experiencias más inmediatas y cotidianas del autor que sobre la ciudad del título. Los lectores más interesados en lo segundo pueden sentirse algo defraudados, ya que la idea que se harán del lugar no será del todo nítida.
Sin embargo, a pesar de la vaguedad de la descripción de lo que es Shenzhen, la recreación de la experiencia personal del autor es precisa y sincera, y su buen ojo para el detalle revelador le permite ofrecer una visión muy acertada de la ciudad.
Hoy en día, once años más tarde, encontrarse un extranjero en la calle no es nada raro, y mantenerse en contacto con los de casa, o conocer a otros en nuestra misma situación, en mucho más sencillo, pero muchas otras cosas siguen siendo tal y como las vivió Delisle. El expatriado sigue pasando mucho tiempo incomunicado y no es raro que termine hablando sólo, haciendo comentarios sobre lo que ve, o riéndose de sus propios chistes. A menudo, contempla el lugar donde vive como algo menos real que los países que dejó atrás, a decenas de miles de kilómetros de distancia.
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