Vamos a entrar en el problema número uno de España a partir de unas cuartillas de Stefan Zweig. Me refiero al gran problema europeo de la España invertebrada, y a un ensayito titulado Das Land onhe Patriotismus: “El país sin patriotismo” (1909). Inmarcesible artículo de juventud, que el célebre escritor austriaco guardó en la cajonera y no vio la luz hasta hace tres décadas.
En 1909, mientras Ortega polemiza con Unamuno sobre Europa, Stefan Zweig es un brillante literato de 28 años. Es autor de cuatro libros, cronista de fama, viaja por todo el mundo, y en su apeadero de Viena tiene enmarcados un original de William Blake y otro de Goethe. Pero le duele Austria. La patria. Su Austria invertebrada:
“Siempre que vuelvo a Austria (…) la agradable sensación de reencuentro con la patria se me mezcla con (…) la languidez anímica de todo un pueblo (…) En ninguna parte se adivinan grandes planes unitarios, sólo propuestas de zurcidos y enmiendas (…) Pesimismo trágico (…) quejas, descontento por todas partes. En ningún lugar de este país brota, clara y bella, la gran llama liberadora de la alegría y la confianza (…) Todo está desmenuzado, aislado, y por lo tanto en un antagonismo constante”.
Un momento. Pero ¿estamos en Viena o en los “Compartimentos estancos” de Ortega? ¿Es esto realmente Stefan Zweig, o “La noluntad nacional” de Unamuno? Sí. Estamos leyendo. Estamos palpitando en la España autonómica desde el corazón ralentizado del Imperio Austrohúngaro, nación de naciones a punto de echar el cierre. Pero que hable, que vote Stefan Zweig:
“Aquí falta algo; se nota. Algo que cohesione a las personas, que aglutine en una gran idea las múltiples existencias que conviven en este espacio (…) Falta, y en seguida os dais cuenta de que falta en todo, esa cosa sublime que hace de un imperio una nación, de una multitud humana un pueblo: la fe unitaria –la locura, si preferís– del patriotismo, del amor incondicional a la patria”.
Pero Austria, se lamenta Zweig, es diferente: “Austria hoy es la única nación de toda Europa que no es unitariamente nacionalista, que no se sobrevalora a sí misma, y esta es su desgracia (…) Cualquier nación que quiera tener eficacia y ganarse un futuro debe considerarse la mejor nación del mundo y la única necesaria (…) Porque de esta sobrevaloración surgen fuerzas, porque en todo chovinismo hay un vínculo, un reforzamiento y una embriaguez”.
Pero Austria es diferente, repite el joven vienés: “Porque una extraña combinación de hechos ha convertido nuestra Austria en una realidad múltiple, y este país no nos exige sólo un patriotismo, sino tres y cuatro (…) Austria se puede explicar como un concepto –y hasta como una necesidad–, pero no se explica de manera espontánea, en el sentimiento (…) En nuestra casa, los argumentos (…) no calientan el cuerpo del pueblo (…) Donde no hay unidad no puede surgir ninguna idea unitaria”.
No obstante, puntualiza, sí tenemos dos tipos de patriotas: “Los patrioteros oficiales (…) que aprovechan todas las ocasiones (…) para satisfacer su hambre de condecoraciones (…) Y el patriotismo de la tradición, el del ejército. Aunque este no se refiere tanto al país entero (…) como al káiser, las fuerzas armadas o alguna región concreta (…) Hasta los poetas –se escuece el escritor– son todos apolíticos y ajenos a la causa austriaca. Su patriotismo se impone un límite más estrecho (…) Todos han sido únicamente poetas regionales”.
Nadie siente Austria como una necesidad absoluta, protesta Zweig, sino de segundo orden: “Nos falta esta unidad primera del sentimiento, nos faltará siempre y esto (…) es en definitiva la desgracia de Austria”.
Es evidente, decanta el atribulado autor, que: “El Estado austríaco padece esta carencia. Es como un organismo sano y fuerte (…) al que le falta el principio vital más misterioso: el alma. Y de esta falta de unidad proviene aquella acrimonia atormentadora”. Y por ello: “La política se ha vuelto miedosa. Porque no se siente en posesión de aquella arma magnífica del arrebato nacional, del coraje de un pueblo”.
A pesar de que: “Diversas generaciones han suspirado por esta posesión preciosa, el patriotismo, y la historia de nuestros partidos políticos ha sido siempre (…) la del intento de crear la unidad a partir de la diversidad”. Los liberales, explica Zweig, lo pretendieron mediante la hegemonía cultural germánica. Los socialistas, subordinando la idea nacional a la idea social. Y los socialcristianos, mediante el vínculo del catolicismo. Pero: “La unidad todavía no se ha encontrado y la impaciencia ha aumentado hasta un grado infinito”.
Entre tanto, perfila Zweig, el engranaje de nuestro fervor unitario continúa centrado en la personalidad del káiser: “El patriotismo, aquí, es amor al emperador (…) A él se dirige la necesidad de entusiasmo de todos estos pueblos; en lugar de dirigirse a la nación, se dirige a una persona y la transforma en su causa (…) Y puede que su destino sea también el de la nación entera”.
Un hermoso espectáculo, añade, que tiene un aspecto trágico: “Pues dicha unidad celebra un pasado como sentido vital y no tiene esperanzas de futuro. Significa que para encontrar entusiasmo dentro de nosotros debemos volvernos hacia atrás, y no hacia delante (…) Y esto es un signo peligroso”. O como diría Ortega en “La crítica como patriotismo”: Perverso es un patriotismo sin perspectiva.
Pero quizá, columbra el literato: “Todavía podríamos encontrar otra unidad que justificase la necesidad de este imperio (…) Aunque por desgracia es una unidad que no cuenta en nuestro mundo. Es la belleza de este país. Ningún imperio de Europa, ni seguramente del mundo, presenta un conjunto tan armonioso y de tantos contrastes naturales y humanos”.
Cierto. Él mismo Zweig lo recorrió con 24 años de Montserrat a Sevilla, “ciudad gemela” de Salzburgo, y así es: “En ninguna parte hay tantos paisajes, tantas razas y talentos reunidos en una unidad externa. Irrecuperable, de perderse por culpa de la ambición política de otras naciones [o nacionalidades]. Pero indestructible si una nueva fe, y una nueva voluntad, fuesen capaces de conservarla”.
Sí: “La belleza es el mejor sentido de este Estado. Todo se opone a la existencia del país, excepto este último valor supremo. Y si nuestra época concede algún derecho a la belleza, entonces este Estado todavía podrá seguir afirmando su existencia contra la lógica de los hechos, el absurdo de su administración y la fatiga de su gente”.
Mirífico. Vibrátil. Es evidente que de haber persistido críticamente en esta línea de trabajo, el joven Zweig habría llegado a ser un magnífico orteguiano, un gran filósofo-demócrata. Y por eso creo que Unamuno tenía tanta razón como Ortega en aquella polémica de 1909. Y que nuestra manera de europeizarnos también consiste en aprender a ser españoles. Deleite y tormento de nuestra creación política. Parto nacionalizador que precisa de una inspiración tan genial como la invención artística o la religiosa. Según meditaría el gran maestro, junto a la “piedra lírica” del Escorial, el mismo año que Stefan Zweig cerraba en bando: “Una nación y su unidad también es una obra de arte”.
Este artículo ha tomado Das Land onhe Patriotismus de su traducción al catalán, incluida en una antología de Zweig titulada El mon de 1914 (Edicions de la ela geminada, 2014). Libro editado como parte de las actividades de un grupo de investigación de la Universidad de Barcelona, en el marco de un proyecto dotado con fondos europeos concedidos por el Ministerio de Economía y Competitividad, Gobierno de España. La principal misión del cuño gerundense Edicions de la ela geminada es la publicación de libros de fondo: “Tant d’autors catalans com estrangers”.