Pablo Casado ganó las primarias del PP afirmando que “tenemos que ser todo a la derecha del PSOE”. Tras su derrota en las elecciones generales deambula ahora hacia el centro. Casado vino para fortalecer los valores del PP. Los que Mariano Rajoy arrumbó como estorbos en el desván, representando más un partido de intereses que de ideas. El actual líder del PP reivindicó los valores que forjaron el Partido Popular de José María Aznar: libertad, seguridad, familia, vida, unidad de España... Aspiraba a recuperar los tres millones de votantes perdidos en las elecciones de 2016. Quería representar a la derecha liberal y conservadora sin complejos. Pero los resultados obtenidos en el Congreso y en el Senado demuestran la división del voto de esa derecha entre el original y la copia. Casado no se irá a su casa, pero como si fuera un péndulo, el PP vuelve al centro. “Estos son mis principios pero si no le gustan tengo otros”. Permanecerá por un tiempo en sus cuarteles de invierno porque sabe que algún día el PSOE de Sánchez hundirá la economía, ¡qué raro! y llegará su hora. O no. Porque el escenario ya no será el mismo. O sí. Porque todo es relativo.
La política ya no es lo que era. Antes, el político que cometía un error en forma de fechoría o negligencia estaba muerto políticamente. Era la época dorada de la política como noble y honrado ejercicio al servicio del Bien común. Política como acción, no especulación. El deber político era un deber de conciencia. Entonces, había estadistas y no políticos de menor cuantía. Hoy, aquél ideal se ha desvanecido. La política es demagogia y menudeo maquillada con dosis de excelente mercadotecnia. La preparación de muchos políticos ya no es sólida, sino insustancial. La mayoría parecen aspirantes a delegados de curso en la Universidad. Les falta cuajo y sentido de Estado y sobre todo coherencia y honestidad intelectual. Les sobra impostura y máscara. Mienten, se contradicen, se equivocan, firman tesis que no son suyas. Son sectarios y de visión raquítica. Entregados a los regateos partidistas, descuidan el interés general. Hoy dicen una cosa y mañana la niegan. Pero no pasa nada. La sociedad civil digiere con sus enormes tragaderas carros y carretas porque el relativismo ha hecho trizas su consistencia moral y ha aumentado en los ciudadanos una asombrosa capacidad para el olvido. Pareciera como si el político disfrutara de patente de corso.
Al cumplirse hoy setenta años de la creación del Consejo de Europa, rememoramos a aquellos estadistas que hicieron posible tanto la reconstrucción del Viejo Continente tras los horrores de la II Guerra Mundial, como la reconciliación de los pueblos europeos, abonando el camino para la creación de la Unión Europea. Hombres como Churchill, Adenauer, Schuman, Monnet, Gasperi o Spaak, que se manejaron en democracia pertrechados de una sólida armadura moral provista de ideas claras y conceptos fuertes manteniéndose en los conflictos políticos sin caer en la incoherencia ni en la disolución.