La Consejería de Economía Sostenible de la Comunidad Valenciana – “sostenible” es la última máscara del productivismo para mantener su ritmo de explotación – movida por la Secretaría Autonómica de Inclusión e Igualdad ha requerido información a El Corte Inglés en relación a una reciente campaña publicitaria: "a efectos de valorar su posible calificación como infracción de las normas de protección de las personas consumidoras". La campaña promovería “el estereotipo de la madre que resigna a las mujeres a cumplir con su papel de 'buena madre' basado en la entrega por encima del resto de identidades que la conforman". Al margen del frío espanto que los mismos nombres de las Agencias Políticas inducen, el lenguaje protector y petulante que se usa en defensa de las desvalidas “personas consumidoras” y el dictado del signo y la forma que ha de tener la ciudadana del nuevo orden producirían, de no estar ya completamente habituados, un estremecimiento de terror.
La “Era de la Crítica” es una expresión que remite al amanecer del pensamiento crítico que se desarrolló al amparo del Estado Absoluto, durante el siglo XVIII. La crítica social – presuntamente no política – acabaría tomando el Estado no para derribarlo, sino para reconstruirlo de modo tendencialmente perfecto. Los agentes de la crítica social ilustrada fueron, en efecto, los financieros, comerciantes e industriales que, excluidos de la acción política, tomarían el control del Estado tras la Gran Revolución. Esa burguesía dominante condujo paulatinamente el Estado a su perfección. Y ese Estado en su plenitud pretendió convertirse en institución vicaria de todos los vínculos antropológicos que, anteriores al Estado e independientes del mismo, articularon tradicionalmente la vida humana. Poco a poco, bajo la forma de Estado Social, ha ido extendiendo su presencia silenciosa hasta alcanzar no sólo el espacio doméstico, sino el interior mismo de nuestra conciencia, los giros de nuestra habla, la expresión de nuestros gestos. Ese Estado integral hace tiempo que rige nuestros hábitos, define nuestras actitudes, articula nuestro pensamiento y decide nuestras decisiones. La infinita expansión del Estado aproxima – al margen de diferencias de otro orden – todos los regímenes políticos modernos y muestra el acierto escondido en la expresión de Roy Campbell: “fascidemobolchevismo”.
La sociedad moderna en su faz política nos quiere ciudadanos, en su faz económica nos quiere trabajadores-consumidores. Cualquier categoría procedente de un terreno ajeno a la política y/o la economía (no olvidemos que Estado y Mercado son dos modos de la misma realidad) será negada. La posibilidad de la reproducción artificial pondrá en manos del Estado y/o el Mercado la vieja función de la familia – a la que hace tiempo se le arrebató la función educativa – de manera que puede iniciarse ya la lucha contra la filiación y el parentesco. El anti-patriarcalismo hegemónico es el más visible signo de la batalla desencadenada por el Estado y/o el Mercado contra las viejas “raigambres vitales”, es decir, contra el último espacio antropológico que el Estado perfeccionado de la Modernidad Triunfante no había podido someter.
El discurso de la emancipación político-económica discurre como sigue: Hay que seguir contando con “el trabajo social del parto” hasta que se habilite la reproducción mediante úteros artificiales. Pero no hay porqué aceptar que ese “trabajo social” – último efecto de las “servidumbres biológicas” que someten a las mujeres – sea ejecutado por una madre abnegada y radicalmente generosa. Una campaña que promueve la imagen de una madre entregada atenta contra la dirección hacia la que avanza, en su luminoso progreso, el Nuevo Estado Social. Y, sin embargo, “generosidad” debió juzgarse una virtud femenina, puesto que procede de la misma raíz que “génesis”, del griego “gyné”: “mujer”. ¡Ecos del viejo patriarcalismo!. La nueva ciudadana reproductora, todavía forzada a cumplir con el trabajo no remunerado del parto, debe anteponer su identidad política y económica a su identidad antropológica. Y aquí concluye el discurso del Estado liberador.
El Corte Inglés aduce que quiso ofrecer “un homenaje a las madres por su contribución a la sociedad”. Es evidente que la empresa no ha querido obstaculizar el progreso social al que indudablemente se suma. Iría contra sus intereses anteponer la maternidad a la ciudadanía. Sin embargo, la célula del parentesco – lo que solíamos llamar familia – no se agotaba en su función social reproductiva, una función que se lograba “por añadidura”. El sentido de la maternidad no consiste en arrojar contingentes de sustitución de ciudadanos/trabajadores-consumidores, no consiste en una “contribución social”. Su sentido, que apunta a la trascendencia, radica en la generación de personas sin las cuales nuestra propia condición de tales sucumbe o desfallece. Mediante el acto de generosidad que encierra el alumbramiento es el mundo lo que se afirma. Pero explicar esto a los servidores del Estado es inútil y podría ser peligroso.