Opinión

Epitafios, reflexiones y otras cosas

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 10 de mayo de 2019

Hace unos días, con la acuciosidad y talento de costumbre, Guillermo Sheridan escribió un artículo sobre el destino final de los restos de Octavio Paz (y su esposa), o mejor dicho, sobre la disposición final de sus cenizas en el noble edificio de San Ildefonso, vieja cuna de la cultura mexicana.

Como Paz (único premio Nobel individual de México) no tiene descendientes vivos –quizá tenga seguidores y discípulos, pero no hijos, pues Elena murió hace mucho tiempo--, la Universidad Nacional; el Colegio Nacional y la Secretaría de Cultura las instituciones encargadas de decidir, cómo se colocan sus últimos huesos pulverizados por el fuego (astillas, briznas de carbón, suspiros de calcio), lo cual ya implica un problema, pues podría ni ser simple el entendimiento o la coincidencia de intenciones, entre la academia, la educación superior, la investigación universitaria y la política, como le sucede a la dependencia encargada a la señora Frausto.

Dice Sheridan de un elegante monumento, más bien un sitio conmemorativo y reflexivo el cual podría ser uno de los muros del patio en el cual se inscribiera el “Nocturno de San Ildefonso”, poema de reminiscencias juveniles del tiempo formativo del poeta.

También se habla de una pequeña inscripción sobre un monumento discreto, el cual al parecer ya diseña el arquitecto Alberto Kalach quien (si no me equivoco); diseñó la Biblioteca José Vasconcelos en los tiempos de Vicente Fox, con lo cual cerraría simbólicamente una etapa de su obra: la casa de los libros y el cenotafio del poeta.

Pero la pregunta es si ese monumento, una simple lápida en la cual, estarían los nombres de los esposo Paz, debería tener un epitafio o simplemente el nombre.

Los epitafios son a veces hallazgos de la poesía. Todos recodamos aquel famoso del pintoresquismo mexicano, ordenado para su inscripción en la tumba de la amada esposa por un marido triste: “Aquí yaces y haces bien. Tu descansas, yo también”.

En el extraño cementerio de San Fernando hay una lápida con el nombre Isadora Duncan, cuyo grácil cadáver desnucado jamás llegó a México. No dice más. No es una tumba sin reposo, como hubiera dicho Cyrill Conally, sino una tumba sin objeto.

William Shakespeare, dicen, dictó estas palabras para su epitafio: “Por Jesús abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito sea quien remueva la paz de mis huesos”.

Groucho Marx puso en la antesala de su eternidad: “Perdone si no me levanto” y Mario Moreno “Cantinflas”, ordenó un simple: “Parece que se ha ido, pero no…” En la tumba de Agustín Lara aparecen los versos de una canción: “…mis pobres manos, alas quebradas…”

En el caso de Paz se ha buscado entre los luminosos versos de su obra una idea cuya síntesis poética pudiera describir el arco de su vida. Explicar su genio su raíz, su naturaleza, pero escribir sobre la fría piedra “…cuerpo de luz filtrado por un ágata… , resultaría tan rebuscado y pedante como, “…no hay nada frente a mí, sólo un instante…”

Quizá, por tratarse un doble memorial, pues Marijosé estará ahí también, nos podríamos acordar de Quevedo y su celebérrimo “…polvo serán, más polvo enamorado…”, pero ya sería el extremo de los lugares comunes.

Hace muchos años, en Belgrado, vi el monumento a Tito. Su tumba es un rectángulo de mármol blanco bordeado de flores de nochebuena, y sólo cuatro letras doradas recuerdan al héroe partisano: TITA. En el mausoleo de Mao Tse Tung no hay inscripciones sobre la momia, pero si muchas flores de plástico y un muñeco de cera de cuando el Gran Sol Rojo tenía 40 años de edad.

Obviamente no se pueden comprar los epitafios de un político al y un poeta.

Pessoa escribió el “Epitafio del enamorado”:

“Si alguien quiere escribir mi biografía
no hay nada más sencillo.
Dispone de dos fechas solamente:
la del día en que te conocí
y la del día que te fuiste.
Entre una y otra transcurrió mi vida.
Lo que ocurriera antes, lo olvidé.
Lo que suceda ya, carece de importancia”.

Ponerle epitafio a un hombre de enorme complejidad intelectual y artística, al crítico, al ensayista, al hijo de la voz, de la palabra, de la idea, a ese gigantesco árbol mental, resulta tarea muy compleja; tanto como preguntarse si un epitafio debería ser parte de un testamento; es decir, de una voluntad expresa y clara.

Por eso quizá sobre la lisa piedra, bien orientada para recibir el sol del mediodía, con cenital claridad debería decir sólo:

PAZ.