Opinión

No sé cómo decirlo

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 10 de mayo de 2019

La llamada “violencia de género”, la gran hazaña del pensamiento marxista, del viejo Marcuse y otro retales disolventes de la escuela de Frankfurt, en virtud de la cual el sujeto revolucionario ya no es el proletariado ni los intelectuales, sino la mujer y los homosexuales, parece chocar radicalmente, con la historia “tan fuera de bordes” que Francisco Nieva nos cuenta en su genial obrita No sé cómo decirlo, dedicada a Antonin Artaud – la obra nievana sin duda pertenece también al “teatro de la crueldad”-, y en la que una pareja de homosexuales – padre e hijo –, muy bien mirados por sus tolerantes vecinos, maltratan y martirizan a la madre y a las dos hijas ( y hermanas ) hasta llegar a matarlas del modo más espeluznante, por culpa también de un comisario con fe ciega en lo políticamente correcto. “Ellos parecen gente sana, muy bien plantada y viril”, dice el comisario sobre los asesinos. Nieva como profeta en los años finiseculares de lo que iba a llegar. La vida nunca se amolda a una teoría política que quiere envenenar y corromper las aguas para tomar el poder a mayor gloria de una secta, los comunistas, que históricamente ha demostrado con creces su infinita capacidad asesina.

Ya el propio Herbert Marcuse hablaba de no dejar fuera de la política “la existencia privada”, y de impedir el proceso de integración de la sociedad liberal apelando a los instintos humanos para de-construir, con esa energía instintiva agresiva y destructiva, “la construcción de un mundo pacificado”. Las mujeres y los “condenados de la tierra” deben ser el instrumento para quebrantar esa paz de la democracia liberal. Y “la educación de la conciencia” en la escuela debe ser la mejor herramienta para justificar moralmente el conflicto decisivo. Son palabras que el propio filósofo berlinés bajo el rubio sol californiano dejó escritas en su prefacio de 1967, a la edición francesa de su One-Dimensional Man. Gracias a la dictadura mental de lo políticamente correcto – pues la libertad de pensamiento ha muerto – tragedias basadas en hechos reales, como la de Los Cenci o ésta de No sé cómo decirlo, serán obliteradas por la censura interior de los ciudadanos.

No es la primera vez que el marxismo introduce un Caballo de Troya en la alegre y confiada civilización occidental – que muy próximamente defenderá mi amigo Herman Tertsch; aunque yo hubiera preferido que lo hiciera desde mi partido -. La primera jerigonza de la economía comunista ( Kamenev, Bujarin ) introdujo conceptos inhumanos en el discurso económico, como “recursos humanos”, “material humano”, que todo Occidente desde hace ya mucho tiempo utiliza como tal cosa. Nunca la democracia liberal llegó a tanto.

Para Marcuse, la familia, como esfera de conflicto, tensión y contradicción, escindida entre hombres y mujeres, puede ser una imagen fiel y colaboradora de la ruptura social.

Una mujer, esposa y madre, se atreve a salir de su casa, una sepultura infernal, para denunciar ante un comisario muy correctamente político la “desgracia sin nombre” que ocurre en su casa – la relación homosexual entre un padre y un hijo -, y las consecuencias brutales de dicha relación, las continuas palizas y horrendo maltrato psíquico que sufren tanto esta mujer, como sus dos hijas, Romina y Ramona, que acabarán muriendo brutalmente ante la pigricia moral del muy educado comisario, cosa que le pronosticó ya Eutimia González, la gran protagonista de esta obra, que como sujeto metadiegético narra toda la tragedia en uno de los monólogos más geniales de la literatura española, y en la que se niega con valor a terminar siendo ella y sus hijas “vacas resignadas”. La espantosa situación de las tres mujeres nos parece un caso de tragedia mitológica, no exenta de la sempiterna ironía nievana, y tan inhumana la conducta hedionda de los asesinos sodomitas que parece sobrenatural. “A ese Dios que no escucha dedicamos nuestro martirio”.

Es verdad que la Humanidad ha tenido casi siempre la desgracia de hacer depender la calificación del mal del poder y el prestigio social de quien lo hace. La clasificación social del delincuente impone la seriedad o no del delito. El delincuente relativiza el delito de acuerdo a su status social. Pero desde que la democracia, inventada por los griegos, introdujo el concepto de “isonomía” ( todos somos iguales ante la ley ), la civilización occidental siempre ha intentado que este principio fundamente la convivencia y la justicia. Pero el gran enemigo para el comunismo siempre ha sido la isonomía. El delito que perpetra un varón blanco europeo con trabajo, heterosexual y morigerado, contiene una gravedad infinita, gravedad que no posee si el mismo delito lo perpetra otro colectivo humano. Enferma de masoquismo Europa se odia. Masoquismo de manual.

La heroína trágica de esta obra brutal necesita darse dos bocados sangrientos en la mano para desbloquearse y liberarse de los reparos de una buena educación, y así poder narrar al comisario, como una cariátide funesta, todo el horror pornográfico del infierno que se vive en su casa. Un horror que en su frenesí la decente matrona sugiere que debería expresarse en latín. El comisario, hondamente sobrecogido, pide a Eutimia, tras narrar una atávica mitología de horror, con nuevos Layos y Crisipos, que abandone inmediatamente con sus dos hijas “esa finca maldita en donde se las avergüenza y martiriza”. Pero Eutimia prefiere que ella y sus dos hijas sean “mártires” a renunciar a sus derechos punitivos de esposa y madre. Ciertamente, como Eutimia ya había pronosticado, morirán ella y sus hijas en una orgía de sangre perpetrada por los dos sodomitas, Silvio Lobato, el padre, y Azrael, el hijo.

“Bajo las condiciones de un creciente nivel de vida, la disconformidad con el sistema aparece como socialmente inútil, y aún más cuando implica tangibles desventajas económicas y políticas y pone en peligro el buen funcionamiento del conjunto” ( Herbert Marcuse, El Hombre Unidimensional, Editorial Seix Barral, traducción de Antonio Elorza, pág. 32 ). Obviamente hay que buscar la confrontación en otros ámbitos, en las diferencias sexuales y sus usos, haciendo de las mujeres y de las formas minoritarias de sexualidad el nuevo proletariado que nos llevará al paraíso comunista.