“Si comenzamos una pelea entre el pasado y el presente, nos daremos cuenta de que habremos perdido nuestro futuro”, conjeturaba el estadista Sir Winston Churchill en uno brillantes discursos. Sucede que soñar con el porvenir es siempre mejor y acaso más cómodo que lamentarse del pasado, esa forma irreversible del tiempo, inmodificable y cercana a todo tipo de repetición, muy aplicable a la Argentina del eterno retorno de Nietzsche, que cobra impulso en cualquier momento de ahora.
Quizá por eso un futuro que algún día se vislumbró exageradamente fácil (“la inflación no será un problema y apenas ocupemos el Gobierno lloverán las inversiones”) se ha frustrado para el gobierno de Cambiemos, que encabeza el ingeniero Macri. Un futuro, que digamos hasta hace un año era su mejor tiempo verbal hoy parece perdido de manera irreversible, y se evoca ahora como una endulzada promesa de campaña sin efecto en el presente. De tal manera que está definitivamente condicionado y resulta cada vez menos verosímil. Es así como en medio de una severísima crisis socioeconómica, los políticos más astutos, sin demasiado patriotismo a la vista, imaginan una alianza que los salve del previsible naufragio; porque el Titanic se hunde irremediablemente con todos abordo y “el sálvese quien pueda” es la única consigna. En este mar embravecido hasta la misma expresidente, se mostró piadosa y conciliadora en la presentación de su polémico Sinceramente, un volumen de recuerdos que convocó una multitud en la reciente Fería de Libro de Buenos Aires.
Lo que sí se da en la Argentina es una fractura ideológica abierta, cuya forma se manifiesta a puro y enfrentado nivel político. Pareciera que en el país hay un sector muy homogénea llamado “kirchnerismo” y una variedad de representaciones para lo que serían sus opositores o la otra versión de un contexto no kirchnerista. ¿Cuál fue la alternativa que se ofreció para expresar ese vehículo no kirchnerista en 2015? Ir detrás del que estaba mejor en las encuestas. Y en ese momento, el que estaba mejor era Mauricio Macri. ¿Cuál es el problema que aparece hoy en la política argentina para esta expresión antikirchnerista? Aún no se sabe a ciencia cierta. Mauricio Macri se devalúa cada día y no es con claridad el que aún mejor mide en las encuestas. Esto pone en tela de juicio un axioma que hasta hace poco tiempo aparecía como indiscutible: el actual presidente era el candidato a la reelección de Cambiemos. Hoy eso no está garantizado.
A la espera de que las encuestas vuelvan a mostrar cifras favorables (difícilmente pueden hacerlo) y Macri siga siendo el mejor candidato para expresar esa política contraria al kirchnerismo, el Gobierno quema los últimos cartuchos. Ante este escenario, se producen dos debates internos: algunos sostienen que el candidato no debe ser Macri sino la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal; otros dicen que con Cambiemos no alcanza y que hay que hacer una combinación con alguna otra fuerza. Sin embargo, para el vapuleado Gobierno cualquier etiqueta es defectuosa; llámense antipopulismo o antikichernismo.
Hay, entre bambalinas, un tercer factor no determinante, pero que suma algunos borrosos puntos. La reaparición, en la agenda nacional, de la melancólica Venezuela. Para el Gobierno, esta problemática y los exiliados de ese país en la Argentina cumplen un papel estratégico porque si uno mira técnica y objetivamente, el kirchnerismo no estalló y no se produjo el incendio que necesita padecer la sociedad argentina para realizar un ajuste, sino todo lo contrario. Entonces, la idea de que si seguía la señora Kirchner, el país iba terminar como Venezuela es otro elemento del relato macrista, cada vez más declinante, ya que sería remoto que esto sucediera.
Por otro lado las elites y el periodismo están absortos leyendo y remarcando el best seller de la señora Kirchner que ha desatado toda clase de polémicas. En esencia un texto vacuo, casi elemental, que la muestra como es: autorreferencial, carente de autocrítica y arbitraria recopiladora de minuciosas afrentas recibidas, que retiene en su venganza, como si fuera un Funes el memorioso, el célebre personaje del cuento de Borges, con el agregado, claro, de algunas dosis de odio y de rencor. Nada nuevo; en todo caso un recorrido poco original que repite el tópico del sectarismo; es decir, la verdad y el bien del lado propio, la mentira y el mal del lado ajeno. Y siempre Kramer versus Kramer, amigos o enemigos; el viejo tema ancestral convenientemente trivializado para consumo masivo de un auditorio pueril. Más allá de este insustancial contenido, la aparición del libro se puede interpretar como un hito hacia el objetivo tan temido (o tan deseado por muchos), su candidatura presidencial. Toda esta letra mediocre ha hecho que el presidente Macri, dudoso lector obviamente, la destacara como obra literaria y a ella como gran escritora. Los disparates, como se ve, continúan a la orden del día y en idéntica pendiente de decadencia.
Acuerdo en desacuerdo o una mini Moncloa
En este desaguisado de rescate de la candidatura de Macri o la postulación de la señora Kirchner, apareció esta grotesca idea del acuerdo político y los “diez puntos” que propone el Gobierno para dialogar con las distintas fuerzas opositoras de la devastada Argentina, incluida la expresidente y los aún menos brillantes candidatos. La rareza de este maniqueísmo político es que se habla de un gobierno que no está muy jugado en esta idea o que la pensó a destiempo.
El acuerdo político, por supuesto, resulta definitivamente penoso e insuficiente a esta altura del partido. Ya nadie les cree, pues salta a la vista que es un mero intento de reacomodar algunas de sus fracasadas políticas; algo que también va a contramano de lo que el Gobierno siempre dijo; esto es, “que no necesitaba de ningún acuerdo con los otros porque eso traicionaba su identidad”, que es la de ser un cambio rotundo respecto un pasado que tampoco garantiza futuro. Así y todo se los ve empecinados a convocar opositores y propios con propuestas bastante impracticable. Imaginemos que se ponga en marcha una gran negociación donde interviniesen desde el Gobierno hasta la Iglesia y los sindicatos, sería una especie de wikiacuerdo donde todo el mundo escribe algo y se llegaría a un disparate irracional. Con ironía, hasta Máximo Kirchner, el hijo de la expresidente, que no se caracteriza precisamente por su brillantez ni por practicar un humor sarcástico, ha dicho en un discurso cuasi de campaña, que al acuerdo le faltan cuatro puntos esenciales: “desayuno, almuerzo, merienda y cena”, del que carecen en sus mesas cada vez más argentinos.
Si uno imagina cómo debería haber sido esta escenificación, lo más lógico hubiera sido presentar la pauta cambiaria (que fue la gran novedad de este nuevo arreglo con el Fondo Monetario Internacional porque le permite al Banco Central intervenir más en el mercado del dólar) y las variantes vinculadas a los anuncios que se hicieron hace un par de semanas (precios esenciales, congelamiento de tarifas, facilidades de pago para impuestos impagables y soltura en el manejo de depósitos en efectivo, con alivio a las pymes de la carga bancaria). Luego, tal vez sí, un acuerdo político.
Pero todo es arar en el mar en este momento. Si lo que Macri busca es la tranquilidad de los mercados, la señora Kirchner y el arco peronista sueñan con que sigan intranquilos. Esto daña al presidente ingeniero, que cada día se hunde más en el desprestigio, aunque también hace suponer que la expresidente se empantane en sus propios pies; sobre todo si se imagina sentada en el sillón presidencial dentro de pocos meses. Porque el manejo del timón no será fácil en medio del naufragio.
En tanto el país sigue su caída con un altísimo riesgo y el dólar sigue marcando el paso del acontecer de la gente, que se la intenta entretener con trivialidades mediáticas. No obstante, la expresidente está consiguiendo su propósito con intrigante maestría; pues todos hablan de ella, y la pasión por amarla u odiarla se vuelva excluyente, manteniendo en vilo a tirios y troyanos, sin dudar que su suprema jugada condicionará el destino de la mayoría de los ciudadanos. La certeza del apocalipsis para unos, o la marcha de la historia hacia su liberación para otros parece la carta a jugarse sin ninguna convicción.
En el económico, con menos oportunismo que desesperación, el Gobierno pretende modificar otra vez las reglas de juego y le arranca inconcebibles heterodoxias al FMI, convirtiéndolo de hecho en el partido político que lo sustenta; sin duda con la mano de Trump al volante, que borgeanamente pretende gobernar el destinos de la Argentina. Se ve, a pesar de esto, que ni con Nicoló Maquiavelo como jefe de campaña que le justifique los medios, el devaluado Macri tiene viento a favor en la reelección. En el intervalo, fieles a sus especulaciones financieras, agarrados a la tabla cambiaria, muchos se interrogan si no estarán activando una bomba que hará estallar en pedazos lo queda de país.
Mientras tanto, una franja creciente de la sociedad le sigue poniendo el pulgar hacia abajo al Gobierno, desafiando al establishment con un antojo inquietante que amplifican los sondeos, ya que aparecen aquellos que confiesan, “quizá votaremos a la señora Kirchner porque con ella al menos comíamos”. Pero, como sostiene el refrán, del dicho al hecho hay un largo trecho y eso no alcanza para tranquilizar a otra desprevenida gran parte de la población, ni tampoco a los exultantes dueños del dinero, que nunca mejor que ahora incrementan sus arcas con negocios financieros.
Son tiempos de banalidad e incertidumbre, qué duda cabe. ¿Podrá un decálogo (intento desesperado de un menos eficaz que sensato “pacto de la Moncloa”) con vagas ideas generales para acordar con la oposición torcer este clima? Sin restarle buena voluntad a la propuesta, habrá que contestar: “depende, muchachos”. Algunos de los puntos esbozados son sensatos pero polémicos, y faltan otros temas, quizá los esenciales. La convocatoria ha tenido omisiones sensibles, y deben despejarse las intenciones genuinas de las electoralistas; luego habrá que ver si es vinculante o una mera declaración de principios establecidos con el agua al cuello.
País raro la Argentina. Todo a destiempo. Con manotazos de ahogados, cuando solo faltan unos pocos meses para las elecciones, a los que compiten se les ocurre que es necesario este mini pacto en el que cada uno propone su borrador sin contar con el otro. Si hacemos memoria, aquel pacto, firmado en España en 1977 por los principales protagonistas de la transición, es un texto detallado y exhaustivo, no simplemente diez vagos puntos como los del Gobierno. Puede comprobarse, además, que tiene más de treinta páginas; o sea que es un pacto serio y necesario, ya que el país salía de cuarenta años de franquismo y buscaba las líneas fundamentales para avanzar hacia una construcción democrática propicia al futuro de toda Europa. Quizá “un pacto de la Moncloa” hubiera sido imprescindible después de la dictadura militar, en 1983, cuando un gran acuerdo habría evitado, es probable, la estrategia de extrema oposición.
Aunque tardío, creemos que el consenso debería ser alentado. Es lo que el país necesita en este momento de agonía donde la inflación destruye y cada día cierran más industrias y comercios que no pueden hacer frente a los altísimos costos, dejando sin trabajo a cientos de personas. Sin embargo, ir de la banalidad a la sustancia requerirá convicción e incentivos, dos condiciones escasas en este Gobierno de Ceos soberbios. Un acuerdo de gobernabilidad es una apuesta de fondo, no un lance quevedesco para recuperar la iniciativa ante un presumible derrumbe electoral.
Hasta hoy, nos duele decirlo, lo único que puede exhibir como trofeo el gobierno de la coalición Cambiemos es la incapacidad para manejar un futuro cada día más vulnerable. El único discurso que les queda es apelar repetidamente a un pasado tan melancólico como el presente y, lo que es peor, con proyecciones que se han agotado en su aplastante ahora. Vale recordar una vez más la frase de Churchill: “Si comenzamos una pelea entre el pasado y el presente, nos daremos cuenta de que habremos perdido nuestro futuro”. Y así parece ser. Con el pasado por delante no se va hacia ningún rumbo.