Desde la euforia incomprensible que su raquítica victoria en las elecciones generales ha producido en Pedro Sánchez, el presidente iluso ha creído que todo el monte era orégano y que puede decidir con éxito lo que le venga en gana. A Oriol Junqueras y sus cómplices se les ha negado la participación en los debates públicos en televisión y la respuesta ha sido fulminante. Pedro Sánchez quería a Iceta en el Senado para facilitar su propósito de negociación con el separatismo catalán. Pensó que era una jugada maestra. Pero ERC, con su fuerza en Cataluña y sus 15 escaños en el Congreso de los Diputados, está decidida a pasar gravosas facturas al presidente socialista. Para conseguir su apoyo, Sánchez deberá ceder. Seguramente el presidente está dispuesto a hacerlo, pero no en plena campaña electoral y en algo que supone presionar a la autoridad judicial.
Oriol Junqueras se ha mostrado implacable: no me dejan participar en los debates públicos audiovisuales, pues que Sánchez se envaine a su candidato a senador a pesar de tratarse de un tipo melifluo y condescendiente con el secesionismo.
No sé si Pedro Sánchez habrá aprendido la lección. Es de esperar que sí. ERC solo quiere la independencia de Cataluña. Todo lo demás, nada o muy poco le importa. Cercará a Sánchez cada vez que se necesiten sus escaños obligándole a conceder lo que los soberanistas exijan para despejar el camino hacia el referéndum y la independencia. El indulto, por supuesto, lo dan por negociado y concedido. Pero solo es un peldaño en la escalera que asciende hasta la República independiente de Cataluña.
La Moncloa derramaba hoy lágrimas de tristeza. Los aduladores de Pedro Sánchez no comprenden cómo alguien se puede permitir entorpecer lo que ha ungido el dedo del César.