Personajillos de tercera división se muestran encantados de la vida y asaltan los medios de comunicación, los periódicos impresos, hablados y digitales, y sobre todo los audiovisuales, para desgranar el rosario interminable de sus simplezas y vulgaridades. Produce vergüenza ajena escuchar a algunos de los candidatos a que les votemos. Da grima ver cómo desarrollan sus romas ideologías, su falta de claridad en la exposición, su vanidad desmesurada.
“Es terrible -me decía ayer un peso pesado de la política española-. La mayoría de los candidatos se expresan peor que los jugadores de fútbol ante el micrófono después de un partido. Asistimos al destrozo generalizado del idioma”.
Y en efecto: tanta vulgaridad, tanta inepcia, tanta desvergüenza han fatigado a la opinión pública, que está deseando que se termine la campaña electoral y que los políticos nos dejen en paz. Se han creído que son el ombligo del mundo. Y lo que son es una lata, una pesadez casi permanente, una abrumadora sarta de sandeces que han provocado el desdén de parte considerable del electorado y que gravitan sobre los hombros de la ciudadanía. Menos mal que solo quedan un par de días para que la tortura termine al menos en alguna medida.