Opinión

El poder moderador

Enrique Aguilar | Martes 29 de enero de 2008
La ocasión del 40 aniversario del Príncipe Felipe me trae nuevamente a la memoria el nombre de Benjamin Constant, a quien recordé días pasados desde esta columna, en cuyos Principios de Política (versión de 1815) supo definir la naturaleza del poder real en los términos de un poder neutro, moderador entre los poderes activos de gobierno, que, situado por encima del conflicto, al abrigo de las pasiones públicas, preserva la unidad nacional y es a la par garantía y símbolo de continuidad histórica.

Mirada desde un país y una cultura política de arraigada tradición presidencialista y con varias experiencias dictatoriales, esta sabia distinción, aplicable tanto a monarquías como a repúblicas, entre jefatura de Estado y jefatura de gobierno, entre la auctoritas, en el sentido más genuino de la palabra, y el ejercicio efectivo del poder político, nos parece irrealizable. Por eso nuestros jefes del Estado suelen servir sólo a los intereses de la mayoría que los vota y no a la nación toda.

El Rey Juan Carlos dio muestras sobradas de su enorme capacidad para encarnar aquella fórmula clásica. En un futuro, el Príncipe Felipe, heredero del trono, tendrá la responsabilidad de transitar, él también, por ese camino arduo y pocas veces recorrido de lo razonable y prudente. Le espera un mundo de consensos quebrados y economías inestables, una Europa que todavía pone a prueba su fe en la unidad, una España que es de desear nunca olvide el espíritu que presidió La Moncloa. Le espera la América hispana y un pasado compartido que, lejos de eximir, obliga. Le esperan, en fin, los propios desgarramientos que nunca acaban. Lo mejor para el Príncipe Felipe, heredero a un trono grandemente honrado.

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