México
Lunes 04 de agosto de 2008
Legaria, conocido como “Comandante Pantera” y “Pantera Padrino Endoque”, oficiaba “misa” de la Santa Muerte todos los domingos y pertenecía al Grupo Santa Muerte Internacional, enfrentado a los Iglesia Santa Católica Apostólica Tradicional Mex-Usa, que se autoproclama el único rito oficial de esa suerte de religión.
Pese a que se manifiesta con mayor intensidad a lo largo de la frontera con Estados Unidos, el principal templo de esta “nueva iglesia” está situado en Tepito, un populoso barrio de la capital, considerado uno de los más peligrosos del país por la alta tasa de violencia, narcotráfico y piratería. El culto a la Santa Muerte, también denominada la “niña blanca” crece cada día: altares, monumentos votivos y sagrarios se están multiplicando. Se construyen lugares repletos de imágenes e iconos de la Santa Muerte, en el medio de flores, velas y botellas de tequila. La gente desfila delante de ella, toca el vidrio, le manda un beso, reza una oración como si se tratara de la Virgen de Guadalupe. Según algunos estudiosos su veneración deriva de una mezcla de la tradición católica europea con los antiguos cultos mexicanos a la muerte.
La figura es un esqueleto vestido a imagen y semejanza de la patrona de México: su foto aparece en coches, se vende en los mercados, se lo tatúan jóvenes y personas de todas las edades. A veces, su culto, está acompañado por la veneración a Jesús Malverde, el “Santo de los Narcos”, cuyas imágenes aparecen en los domicilios de los presos por tráfico de drogas.
El culto no está reconocido por el Vaticano, ni por la Secretaría de Gobernación (Ministerio de Interior): de hecho, la Iglesia Católica condena su veneración considerándola herética y diabólica. Los detractores identifican a sus devotos con el mundo del crimen, tanto que la veneración se asocia al crimen organizado. Es cierto que la mayoría de los narcotraficantes veneran la macabra imagen de la muere para que los proteja: los narcos afirman venerarla porque, a fin de cuentas, “no juzga a nadie”. La amplia difusión de la veneración a la muerte por parte del narcotráfico demuestra cómo esta no representaría sólo un problema judicial o policíaco, sino una forma de vida.
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