Opinión

Entre libros y letras

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 05 de junio de 2019

Aprovechando que este último fin de semana no había necesidad de ir a votar, cosa rara en este país lo de tener un domingo sin urnas, tuve la duda si acercarme al Everest o hacerlo a la Feria del Libro de Madrid. Para el primero de mis propósitos me dijeron que no había hueco disponible ni tampoco sherpa, incluso me hablaron de reventa para pillar el puesto número 800 de la infinita cola. Está claro que este planeta se nos ha quedado pequeño para cualquier cosa y más pronto que tarde quienes coronen la cima se encontrarán con un Burger King. Opté por el plan B como ustedes podrán suponer.

La palabra escrita en formato libro de papel, debería ser un fiel reflejo de la intelectualidad más sobria, sin embargo, hoy en día florecen autores al amparo de una literatura de un solo uso. Eso en el mejor de los casos. El reclamo de las editoriales para atraer al público lector es muy similar a la fiebre de salvando, claro está, a los clásicos maestros de la esgrima literaria. La cuestión es saber discernir entre libros de cocina, los de influidores de las redes sociales que arrasan con sus miles de seguidores, o por el contrario optar por las casetas intelectuales con la firma de los ya coronados por el éxito. De tal manera que recorrer el paseo de los libros es seguir las señales del sónar de las letras en toda su caprichosa y rica inmensidad.

La Feria del Libro para el autor que presenta su novedad simboliza el gozo de su propio ego, mientras que para el lector es un oasis y para el editor la cuenta de resultados. Este maridaje conforma la materia prima para el mejor desempeño de unos y de otros. El escritor atesora una ficción que pone cara a sus personajes en nada que algún paseante se acerque a la caseta en busca de la firma o bien para ojear la contracubierta. Otros cogen separadores de páginas porque hacen “colección” y poco más. Mientras tanto la megafonía informa de los conocidos y menos conocidos firmantes y claro, cuando hoy firma XX que es la fórmula aritmética del éxito, pues a real y media manta para quienes ven pasar de largo a la multitud sin reparar en caseta ajena.

Sin embargo, para un escritor que se precie la cosa no debe quedar entre la fauna y la flora del Retiro, la cosa va más allá como si de una carrera de fondo se tratase. Yo he tenido el privilegio de estar firmando en otras ediciones de esta Feria del Libro y modestia aparte con éxito de audiencia a decir del duopolio librero-editor, y aquí me tienen dándole a la tecla del gozo de escribir sin parar. Permitan que hoy mi artículo se lo dedique a la magia de las letras y también a ustedes, pues el escritor se debe al lector tanto como en sentido inverso.

La magia resultante no es otra que leer, a fin de cuentas en esta vertiente de soledades que hemos creado cualquier apéndice que justifique estar acompañado ha de ser valorado como un amigo fiel. Hoy, a pesar de parecer lo contrario, estamos muy faltos de compañía. Se están dando casos de personas que fallecen solos en sus propias casas siendo encontrados varios meses después con un libro como único ser vivo de amparo.

Así como la escritura es la pintura de la voz, según Voltaire, yo les digo que leer es la extensión de la imaginación y nada que reprochar a cuanta soledad bien acompañada lo sea con el convencimiento de no estar solos teniendo en nuestras manos las hojas impregnadas de historias. Los libros son realidades misteriosas, cuya existencia perdura junto a la nuestra, hasta que desaparece. En realidad nos formamos gracias a cuantos nos dejaron el legado de sus melancolías, sus ideales, sus misterios, su mundo interior convertido en vocablos expuestos al recreo.

Por eso hay que amar al mundo de las letras a pesar de que para muchos todo lo que representa la lírica del amor sea una aberración. Gilipolleces de nuevo cuño, porque al amor se le ama y nunca se le acosa. Insisto, amen ustedes la lectura a pesar de tener que leerme, que ya tiene mérito.