Opinión

ALGO MÁS DE SOBRIEDAD

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 04 de agosto de 2008
Uno de los rasgos conformadores del español de tiempos pasados –el único acendrado y “validado” por la historia, conviene no olvidarlo- era el de la contención. A la búsqueda de identidades y esencias hoy desacreditadas si no escarnecidas, D. Ramón Menéndez Pidal y, en su pos, otras insignes figuras del pensamiento y las letras hispanas como Sánchez Albornoz, Madariaga, Ortega, Marañón, Caro Baroja, Marías, creyeron encontrar en la sobriedad el nervio del carácter hispano, harto visible en las principales creaciones -religión, cultura, derecho- de las gentes de la Península y sus dos Archipiélagos. Y buena parte de la obra incomparable –por la magnitud y densidad- de dichos intelectuales se consagró al estudio y análisis del tema.

En la actualidad, casi todo ello es materia vitanda o arqueológica, sin interés ni proyección sobre una sociedad con prisa para desahuciar por inservible la mayor parte del legado del que es albacea escéptica y descuidada. Obnubilada en su carrera hacia un futuro que se desea conquistar sin valores ni herencias fecundas, olvida normas elementales de convivencia “histórica”, carente de recambios y alternativas. En su repudio de lo “antiguo” no ha sabido hasta el momento encontrar siquiera un pis aller, resultado de una vía intermedia entre nova et vetera escorada hacia un porvenir identificado invariablemente con el progreso.

Aunque el proceso está in fieri, ya son muchos los signos que evidencian una pérdida de riqueza y atractivo en la convivencia cotidiana. La exageración sustituye a la mesura; el ruido, al silencio; la altisonancia, a la discreción; la faramalla, a la sustancia. Mil viñetas y lances de la vida en torno lo refragan. Un joven futbolista atronó durante cerca de un minuto el mayor estadio del país con el grito de un “gol…….”, del que, por contera, él sólo había facilitado con un excelente pase desde el lateral derecho… En fechas igualmente recientes, un descollante miembro de un estamento hasta no ha muchos años singularizado por la gravedad y el senequismo como el de los matadores de toros llenaba la crónica del espectáculo por el rechazo airado de una recompensa considerada inferior a su tarea en el ruedo, al paso que los “famosos” del mundo del espectáculo lo son en ancha medida por el estridor de sus gestos físicos y morales.

Pero si ello sucede en el plano de lo festivo y mundano, lo visualizado corrientemente en el del dolor no es de naturaleza distinta. También en él, al oír el relato de asesinatos y agresiones o ver en directo a enfermos y ancianos es cada vez más infrecuente contemplar actitudes sobrias, recatadas, intimistas. La exhibición y el afán de protagonismo reclaman desmedidos derechos en el comportamiento de víctimas, dolientes y espectadores. Todo tiene un plus de representatividad coram populo, en los antípodas, justamente, de las actitudes predominantes en nuestros antepasados de tiempos todavía no perdidos en las brumas del pasado.

El azar, desde luego, tiene escaso influjo en el fenómeno indicado, obediente a pautas y móviles de las generaciones del presente. En numerosas profesiones, el éxito se identifica con el reclamo y la percusión mediática. A mayor desenfado y exuberancia externa, mayor popularidad y dividendos, al tiempo que en no pocas otras el ademán o la expresión hiperenfáticos semejan poseer una especial cualidad de imantación del “otro”, individualizado o convertido en público.

La evolución de las sociedades es incontenible. Pero no todo lo bueno se halla en el presente y en el futuro. En la contabilidad de cualquier pueblo, su patrimonio histórico debe de figurar en el haber.