La exposición de la maravillosa Anunciación del beato Fray Juan de Fiésole -que se llamaba Guido di Pietro y ha pasado a la historia con el apodo que le pusieron después de su muerte Fra Angelico- nos permite recordar que Europa no bebe sólo de Occidente, sino también de Oriente. En esta pieza prodigiosa del arte renacentista palpita el corazón de Bizancio, que se deja entrever en los dorados del fraile florentino.
Deberíamos hablar más de Bizancio para comprender la extensión y la grandeza de nuestra cultura. Como recuerda David Hernández de la Fuente en su “Breve historia de Bizancio” (Alianza, 2014), los bizantinos “fueron siempre conscientes de la enorme herencia de la que eran depositarios: la filosofía y la literatura griegas, las constituciones jurídicas y la historia romanas y la primacía de la ortodoxia (o recta fe, por la que tantas discusiones teológicas y conflictos se desataron)”. Gracias a la llegada de los eruditos bizantinos y de los manuscritos griegos que llevaban consigo, el Renacimiento europeo recibió un impulso y una energía que alumbró a los grandes humanistas de la segunda mitad del siglo XV y del XVI. Por ejemplo, en 1439, el Concilio de Ferrara se trasladó a Florencia y así llegó a la ciudad el filósofo Jorge Gemisto, apodado Pletón, (1355-1452), que contribuyó a un mejor conocimiento del pensamiento de Platón y Aristóteles. El humanismo renacentista recibió, pues, no sólo el legado de los monasterios del Occidente medieval, sino también el tesoro de la cultura griega a través de Bizancio.
Esta influencia tuvo mayor vigor y duró más tiempo en el Oriente de Europa. La evangelización de los pueblos eslavos del sur y del este la hicieron misioneros llegados de Bizancio. El alfabeto cirílico se inspira en la escritura griega para dar forma gráfica a los sonidos propios de las lenguas eslavas. Los padres de la Iglesia orientales están presentes en la espiritualidad de los cristianos ortodoxos a lo largo de Rusia y Ucrania hasta el Mar Negro. La “oración del corazón” es el eje central de una de las grandes obras de la mística ortodoxa -estoy hablando de “El peregrino ruso”- y hereda la espiritualidad oriental del hesicasmo de los Padres del Desierto. Esto resuena, a su vez, en el silencio, la quietud y la soledad del eremitismo y la vida monástica de toda Europa. La primera impresión de la Filocalía, la gran antología de la espiritualidad cristiana oriental, se publicó en Venecia -otra encrucijada entre Oriente y Occidente- en 1732.
También tuvo Bizancio una influencia formidable en el imperio de Carlomagno. Al regresar de Roma, el “emperador de la barba florida” pasó por Rávena y allí pudo admirar la belleza del arte bizantino. Los mosaicos de San Vital que mostraban a los emperadores Justiniano y Teodora debieron de deslumbrarlo a él, que sólo vestía un manto franco azul sin adornos. Una vez en Aquisgrán, ordenó la construcción de la Capilla Palatina, que aspira a reproducir el esplendor de San Vital.
Sin Bizancio, uno corre el riesgo de pensar que Europa termina en el Limes de Roma en lugar de comprender que el imperio no murió en el año 476 cuando el rey Odoacro depuso al emperador romano de Occidente Rómulo Augústulo, sino que continuó vivo con sucesivos renacimientos durante casi mil años más. Muchos de los desencuentros y las incomprensiones entre Europa Occidental y Europa Oriental vienen, precisamente, de este olvido de las raíces comunes y de las influencias mutuas que, por encima de los vaivenes de la política, crean el trasfondo de una civilización común.
Mientras Europa siga sumida en el olvido de su propia historia, será muy difícil construir un proyecto que perdure. El regreso a sus propias raíces es una condición inexcusable para superar la crisis que ahora atraviesa el continente. Para eso, es bueno recordar que, de alguna manera, todos somos bizantinos.