Opinión

La caída del régimen comunista. El colapso económico (II Parte)

TRIBUNA

Boris Cimorra | Lunes 10 de junio de 2019

Los problemas endémicos y estructurales de la economía soviética.

La baja productividad.

Prácticamente, todos los trabajadores, en todos los ámbitos de la actividad económica, salvo raras excepciones, cobraban unos sueldos muy igualados que estaban fijados por el Gobierno. Existía una “tabla de sueldos” para cada una de las ramas de producción.

Los administradores de las empresas estatales, por su propio bien, no se atrevían a infringir los baremos establecidos. Así que, un trabajador de una fábrica concreta recibiría el mismo sueldo trabajase con más o menos empeño. Y entones, ¿para qué esforzarse más de lo estrictamente necesario? Bastaba cumplir con la “norma” que exigía la dirección de la empresa de acuerdo con el Plan Estatal y ya estaba bien. Para no faltar a la verdad tengo que decir que por producir por encima del “plan” se abonaba un pequeño suplemento (se llamaba el “premio”), pero era tan mísero que no justificaba un esfuerzo adicional.

La baja calidad.

La industrialización soviética desde los primeros planes quinquenales se basaba en un concepto expansionista, que significaba crecer y crecer sin parar, aumentando la producción de todo. Escaseaban tantas cosas, que se intentaban cubrir, al máximo posible, las necesidades de materias primas, de maquinaria, de productos acabados, mientras se construían miles de fábricas, complejos industriales y centrales eléctricas para la producción de todo lo planificado.

Los planes quinquenales fijaban la cantidad de lo que debía ser producido y éste era el concepto principal del desarrollo de la economía soviética.

El objetivo era alcanzar y superar, en el más corto periodo de tiempo, la producción de los países capitalistas más desarrollados, para demostrar al mundo entero las ventajas, las bondades y el poderío del sistema socialista soviético.

Pero esta obsesión por la “cantidad” iba en detrimento de la calidad. Porque la calidad exige más tiempo de producción y por ello menos cantidad de producto producido en una jornada laboral. La calidad exige el empleo de una maquinaria más sofisticada, de la que aún se carecía en el país soviético.

La economía soviética estaba encerrada en un círculo vicioso: la baja productividad llevaba a la escasez; para superarla se tenía que aumentar la “cantidad producida” de bienes y servicios; pero el afán por aumentar la cantidad no permitía “perder tiempo” en mejorar la calidad. Conclusión, una muy baja calidad de los productos de la industria soviética.

Altos costes de producción.

Hay que subrayar que los costes representan un factor fundamental dentro del concepto de “competitividad”. Pero en la economía soviética este factor era irrelevante, porque la competitividad, como tal, no existía. Las empresas soviéticas no competían unas con otras, intentando que su producto fuera de mejor calidad y más barato que el de la competencia para poder venderlo. Lo único que les preocupaba era producir la cantidad que les había asignado el Plan y entregar esta producción al Estado que, a través de sus empresas especializadas, la distribuía a los consumidores, ya fuesen otras empresas o la población.

Así que, la única prioridad para las empresas era producir una “cantidad”, y poco importaba si para cumplir el “plan” se utilizaban las materias más caras o se empleaban más recursos energéticos de los necesarios, aunque así se encareciese la producción.

Esto daba lugar al despilfarro de materiales, de recursos energéticos y de todo lo que, en una economía de mercado, determina el coste de producción y hace que un producto sea más o menos competitivo. Pero como en la economía soviética no existía el “mercado” que estaba sustituido por el Plan quinquenal y la distribución centralizada, tampoco existía ningún mecanismo para medir la competitividad.

Para ilustrar este hecho, pondré algunos ejemplos:

  • La Unión Soviética extraía una cantidad de mineral de hierro 8 veces mayor que los EEUU, pero la cantidad de hierro fundido que se producía resultaba ser sólo 3 veces mayor que en los EEUU. El acero que se obtenía con este hierro fundido resultaba ser sólo 2 veces el que se obtenía en EEUU. Finalmente, la producción de maquinaria y otros productos que se fabricaba con el acero era similar a la de EEUU.
  • En la URSS, para obtener una unidad de producto acabado, se gastaban 1,6 veces más de materia prima y 2,1 veces más de energía de lo que se empleaba en los EEUU
  • El tiempo medio de construcción de una fábrica en la URSS superaba los 10 años mientras en los EEUU era inferior a los 2 años.
  • La URSS producía 16 veces más cosechadoras que los EEUU, pero recogía una cantidad muy inferior de cereales, por lo que frecuentemente tuvo que importarlos desde los EE.UU.
  • Los costes de producción de armamento en la URSS eran, según el tipo de las armas, entre tres y cinco veces más altos que los de su gran rival. Así que para mantener el equilibrio, el Gobierno soviético estaba obligado a dedicar muchos más recursos al sector militar que al sector civil, y por ello dejó a su pueblo muy desabastecido de productos de consumo. Precisamente, la carrera armamentista entre la URSS y los EEUU, durante la guerra fría, fue una de las causas que contribuyó al colapso económico del Régimen comunista.

Pasaremos ahora a describir…

El atraso tecnológico.

La Unión Soviética daba una buena imagen en el mundo gracias al eficaz trabajo del agitprop, pero en realidad muchas tecnologías y la propia maquinaria que se empleaban en los ciclos productivos estaban bastante obsoletas, incluida la industria militar.

Esto no significa que la industria soviética no produjese su propia maquinaria, pero, por las razones mencionadas, era de muy baja calidad. Por tanto, para una producción sofisticada, como es el caso de la industria bélica, se debía recurrir a maquinaria de importación y para ello se necesitaban divisas, por lo que las compras en el exterior no podían ser tan amplias como, realmente, necesitaba la industria soviética para su desarrollo tecnológico.

Además, a diferencia de lo que sucedía en los países occidentales, los mejores científicos e ingenieros soviéticos trabajaban en la industria militar, pero sus inventos e innovaciones se consideraban “secretos” y sólo se aplicaban para fines militares, sin ningún beneficio para la industria “civil” que seguía funcionando con maquinaria y tecnologías obsoletas.

Todos estos defectos de la economía soviética no pasaban desapercibidos a sus dirigentes. Después de la muerte de Stalin, su sucesor, Nikita Jruschiov, fue consciente de que el pueblo soviético estaba cansado por casi 30 años de sacrificios durante el gobierno estalinista, por una política económica militarista y por las persecuciones de todo tipo, así que esperaba cambios, necesitaba mejoras en su vida cotidiana y reclamaba un respiro. Pedía aire fresco.

El nuevo líder de la URSS decidió realizar profundos cambios, tanto políticos como económicos, encargando al entonces responsable de la economía del país, Alexéi Kosyguin, que realizase profundas reformas dentro del sector industrial, reservándose Jruschiov a si mismo las reformas del sector agrario.

El objetivo de las reformas no fue sólo el aumento de la producción de artículos de gran consumo, sino también mejorar su calidad y reducir su coste para hacerlos asequibles a toda la población.

También se intentó hacer una planificación más flexible, más realista, que se basase en la demanda de los consumidores y no en el “criterio” de los burócratas del Comité Estatal de Planificación.

Kosyguin empezó a introducir en la actividad de las empresas socialistas soviéticas algunos elementos de “mercado”: la oferta y la demanda, la rentabilidad, los incentivos para los trabajadores, dotando a las empresas de sus propios fondos económicos para los gastos socioculturales y la autofinanciación para la renovación tecnológica. El uso de estos conceptos, propios de una economía capitalista, fue el primer “parche capitalista” para mejorar la economía socialista.

El éxito de estas reformas fue asombroso. Al octavo quinquenio (1966 −1970), se le llamó el “quinquenio del oro” por sus espectaculares resultados. El volumen de la producción se multiplicó por 1,5; el intercambio comercial por 1,8 y los salarios por 2,5. Por fin, los ciudadanos pudieron consumir con cierta normalidad productos y artículos que hasta entonces habían escaseado. Se duplicaron las compras de ropa y se triplicaron las de electrodomésticos.

A pesar del éxito de las reformas, no todos en las alturas del poder político, esto es en el Politburó y en el Comité Central del Partido, las vieron con buenos ojos. El reformista Jruschiov fue destituido de la jefatura del Partido y del país por un nuevo líder, Leonid Brezhnev, un político más conservador. A él y a sus seguidores, les asustaba la creciente “autosuficiencia” de las empresas, dotadas de fondos económicos propios, que las alejaban del estricto control de los órganos centrales del Partido y del Gobierno.

La aparición de mecanismos capitalistas de mercado, era interpretada por los críticos como una traición a los principios de la economía socialista, a su estricta planificación y al control, por parte del Estado, tanto de la producción como del consumo, lo único que, según ellos, podía garantizar realmente la igualdad y el bienestar de todos los ciudadanos soviéticos.

Por otro lado – ¡y esto es muy importante! – las facilidades que ofrecieron los petrodólares para la importación de bienes, equipos, artículos y productos de consumo, redujeron drásticamente el afán del Gobierno, y de su dirección política, para proseguir las reformas emprendidas por Kosyguin.

Este “chute” petrolífero, al que luego acompañó el del gas, jugó una mala pasada a la salud económica de la URSS, como cualquier droga hace con la salud humana, y, como veremos, será una de las principales causas del desplome de la economía soviética.

Así que se paralizaron las reformas de Kosyguin durante los 18 años que duró el reinado de Brezhnev. Posteriormente, estos años fueron bautizados como el periodo de estancamiento.

Solo gracias a los “chutes” petrolíferos se había conseguido mantener, a duras penas, cierta estabilidad económica, compensando la falta de productos básicos con importaciones desde el exterior. Pero a finales de la era brezhnevista, surgieron acontecimientos que los dirigentes de la economía del país no habían previsto, ni tan siquiera imaginado.

La caída de los precios del petróleo.

Durante el período que va de 1981 a 1984 se produjo una paulatina bajada de los precios del crudo en el mercado exterior, pero en 1985 y 1986, después de la decisión de Arabia Saudita de triplicar su producción de crudo, la caída se hizo vertiginosa Esto privó a la URSS del ingreso en sus arcas de miles de millones de divisas necesarias para el mantenimiento del presupuesto, de su balanza comercial, de la posibilidad de compra de decenas de millones de toneladas de cereales al año, de la capacidad de pago de la deuda exterior, y de la financiación del ejército y del Complejo Industrial Militar.

La situación se agravó aún más, debido a que la industria petrolífera soviética ya no podía aumentar la producción y, consecuentemente, su exportación para compensar el bajón de los precios en el exterior. En 1985, por primera vez, la producción de crudo en la URSS empezó a caer debido al incremento de los costes de activación de nuevos pozos y de mantenimiento de los que se encontraban en funcionamiento. La caída fue de 12 millones de toneladas.

La economía del país estaba entrando en una grave crisis. Ni los gobiernos de Brezhnev, ni de Andropov, ni de Chernenko eran capaces de tomar las medidas necesarias y así se llegó a …

La “Perestroyka” de Gorbachiov.

En abril de 1985, en pleno desarrollo de la crisis, llegó al poder Mijail Gorbachiov, un líder que representaba a una nueva generación de la élite política soviética. Era casi 20 años más joven que los representantes de la cúpula brezhnevista en el poder. Era un líder ambicioso y pretendía hacer un verdadero cambio tanto político, como económico en el sistema soviético, bajo el lema de “Perestroyka” que significa “Reconstrucción”.

El nuevo líder heredó el país con una gravísima situación económica. Sus principales características eran la ineficacia productiva y la alta dependencia del mercado exterior, que hacían a la economía soviética extremadamente vulnerable a la fluctuación de los precios libres de los mercados exteriores.

Se puso en evidencia que la economía socialista, a pesar del telón de acero, tenía característica muy poco comentada por los analistas occidentales y menos aún por los economistas soviéticos que la ocultaban por razones de propaganda y que resultó ser que estaba muy estrechamente ligada con la economía capitalista mundial.

La URSS compraba en el mundo capitalista todo lo que no podía producir, y lo pagaba con la venta de hidrocarburos y otras materias primas al mundo capitalista. Ahora, la crisis se producía por la falta de divisas.

¿Cómo se podía paliar esta dependencia?

Pues lo primero que había que hacer era aumentar y mejorar la propia producción.

Inicialmente, el Gobierno de Gorbachiov proclamó una serie de medidas en esta dirección. Pero era, prácticamente, imposible aumentar sustancialmente, en un corto periodo, la producción agrícola e industrial por dos razones fundamentales:

La primera era la ineficacia de la economía centralizada y planificada que hacía que las inversiones fuesen, en realidad, muy poco eficientes. Y la segunda razón era que la producción industrial dependía, en gran medida, de la importación de elementos tecnológicos para lo que las divisas seguían siendo imprescindibles. Un verdadero circulo vicioso.

Otra vía posible para mitigar la escasez de productos alimenticios y de otro tipo, podía haber sido la subida de los precios. Pero el Gobierno ni lo contemplaba, porque, por un lado, era socialmente peligroso y por otro lado, la estabilidad de precios se consideraba uno de los principales logros de la economía socialista.

Otra vía podría haber sido la reducción de la producción industrial y de armamento, con el fin de dedicar una parte de las materias primas a la exportación, y así obtener divisas. Pero esta vía tampoco era viable, ya que el Gobierno habría tenido que enfrentarse con los jerarcas del Partido, responsables del desarrollo industrial, y con los “generales” que eran los señores del complejo industrial militar. Además, una drástica reducción de la producción industrial habría llevado a una importante pérdida de empleo, inevitable ya que muchas fábricas de armamento estaban ubicadas en pequeñas ciudades y empleaban prácticamente a toda su población, por lo que la mano de obra liberada en el caso del cierre de estas fábricas no tendría alternativas, y el tema del “desempleo” era otro “tabú” de la economía socialista.

La última vía posible para estabilizar la situación financiera podía haber sido la reducción de las inversiones estatales en la construcción de los grandes centros industriales planificados, lo que habría permitido reducir la compra en el exterior de equipos tecnológicos para ser instalados en dichos centros.

Pero el anuncio de medidas semejantes habría producido una inmediata reacción negativa por parte de los jerarcas locales del Partido en las regiones afectadas, los cuales formaban parte del máximo órgano del PCUS, el Comité Central, en donde existía un poderoso sector conservador, contrario a la “Perestroyka”, por lo que la suerte de Gorbachiov y de sus seguidores, habría sido la misma que la del reformista Nikita Jruschiov.

Al no poder tomar las medidas mencionadas, que exigía la crítica situación económica, el Gobierno decidió acudir a créditos exteriores que recibió sin problemas ya que la URSS siempre fue considerada un buen pagador y además, ahora, con Gorbachiov como líder del país, gozaba de las simpatías del mundo occidental y los bancos occidentales, con el beneplácito de sus Gobiernos, le prestaron grandes sumas de dinero.

Así que la deuda en divisas del país aumentó, pero el Gobierno, de momento, consiguió controlar la situación y evitar la toma de las decisiones políticamente muy arriesgadas que se acaban de mencionar. Adicionalmente, los expertos económicos esperaban que el precio del crudo remontaría pronto y así se aliviaría el déficit de divisas.

Durante los tres años que van de 1985 a 1988 la deuda de la URSS se incrementó en 17.600 millones de dólares, de los cuales 10.000 millones eran créditos a corto plazo. E iba creciendo. Esta deuda no podía pagarse por la insuficiente entrada de divisas resultante de las exportaciones.

La crisis se agravaba.

El tiempo pasaba y la situación económica seguía agravándose. La escasez de productos obligó a racionar los productos alimenticios, introduciendo las cartillas de racionamiento. Así que creció el descontento popular y la decepción con el nuevo líder en el que la gente había depositado tantas esperanzas.

Para compensar este descontento, Gorbachiov emprendió reformas políticas, en un intento de democratizar y liberalizar el dictatorial Sistema Comunista. Establece la libertad de expresión – glasnost -, introduce elementos de elecciones libres al parlamento, cambia una rígida estructura piramidal dentro del PCUS, abriendo el paso a la creación de otros partidos y plataformas políticas, dispuestas a competir con el hasta ahora el único partido gobernante en el país – el PCUS.

Esta apertura política debilitó el poder absoluto del PCUS y con ello disminuyó la dependencia del propio Gorbachiov de las decisiones de los órganos directivos del Partido Comunista.

Cuando Gorbachiov se “liberó”, en parte, de las ataduras de su propio Partido, impulsó las reformas económicas de mayor calado, yendo más allá de las, ya comentadas, reformas de Kosyguin de hacía 30 años.

Introdujo elementos de la economía de mercado, permitiendo, incluso, la aparición de pequeñas empresas privadas y la creación de un mercado libre de los productos y artículos de gran consumo. Pero con fuertes limitaciones, ya que se mantenía el control estatal de la gran industria y del campo colectivizado. El nuevo líder del país no pretendía cambiar el sistema socialista por uno capitalista. Él y sus colaboradores querían mejorar el sistema productivo socialista compaginando la planificación con el mercado, la centralización con la democracia, la liberalización con el control.

Pero la realidad es muy tozuda y no admite utopías. Veamos algunos ejemplos.

El programa antialcohólico.

Una de las primeras medidas fue un programa antialcohólico destinado a paliar los desastrosos efectos que el generalizado abuso del consumo del alcohol causaba en la productividad. Sin embargo,

En la Unión Soviética, el excesivo consumo de bebidas alcohólicas era un serio problema. La gente bebía y mucho. Pero las causas de esta adicción al alcohol eran múltiples. Difícilmente se podían atajar con medidas tan “simples” como la drástica reducción de la producción de bebidas alcohólicas.

El Estado dejó de ingresar grandes sumas de dinero procedentes de la venta de productos alcohólicos, lo que contribuyó a una mayor desestabilización de las finanzas públicas.

Además, empeoró la ya muy deficitaria situación del consumo popular. Los aficionados a las bebidas fuertes, empezaron a producirlas con ingeniosos métodos caseros, utilizaban para ello principalmente azúcar. Muy pronto el déficit de este producto obligó a las autoridades a introducir “vales de racionamiento” para la compra de azúcar.

Uskorenie.

Significa “aceleración” fue otro golpe para las arcas del Estado y al equilibrio presupuestario y era uno de los principales eslóganes de Gorbachiov. Se pretendía la aceleración del desarrollo industrial mediante el crecimiento de las inversiones estatales en todas las ramas de producción. Pero la rentabilidad de estas inversiones, incluso en la industria petrolífera, estaba disminuyendo. No tenía sentido aumentar la inversión en producciones poco rentables en lugar de hacerlo en las nuevas tecnologías, en proyectos punteros y en industrias renovadoras.

Liberalización de la economía socialista

La primera medida en esta dirección fue la “Ley sobre la actividad individual laboral “aprobada el 19 de noviembre de 1986. Por primera vez, desde la Nueva Política Económica de los años 20, se permitía la actividad individual.

Medio año después, el 1 de mayo de 1987, se promulgó la “Ley sobre actividad agraria individual”, que permitía a los que trabajaban en las granjas colectivas –los koljoses– formar sus propias haciendas, o sea, el inicio de una cierta “descolectivización” del campo.

Otro año más tarde, en mayo de 1988, se aprobó la “Ley sobre cooperativas” que potenció la expansión del sector privado dentro de la industria soviética.

Los datos demuestran que solo un año después de su aprobación, a mediados de 1989, en las cooperativas trabajaban casi 5 millones de personas y al inicio de 1991 eran ya más de 6 millones de cooperativistas.

La inmensa mayoría de las cooperativas se organizaban dentro de las fábricas estatales y los trabajadores cobraban el doble que en el sector estatal. Las cooperativas utilizaban las mismas materias primas que las fábricas-matrices. Compraban estas materias a su fábrica matriz al precio oficial marcado por el Estado. Luego la cooperativa transformaba esta materia prima en un “producto acabado” y lo vendía, no al precio estatal, como estaba obligada a hacer la propia fábrica, sino a precio del “mercado libre”, que era mucho más alto dada la escasez de productos que se vendían al público.

En este escenario los cooperativistas obtenían altos beneficios sin demasiado esfuerzo y con costes muy bajos para ellos ya que utilizaban la propia fábrica, sus instalaciones y sus materias primas.

¿Cuál fue el efecto de esta actividad cooperativista? Principalmente inflar los precios, rompiendo el sistema de “precios políticos” establecidos por el Estado. Pero las cooperativas demostraron también que para acabar con la escasez de muchos artículos, el Gobierno debería haber actuado como las cooperativas: incentivando la producción y permitiendo a las fábricas vender su producción a precios de mercado. Utilizar los beneficios para mejorar la producción y subir los sueldos. En otras palabras, pasar de una economía centralizada-planificada a una economía de mercado y que cada fábrica ajustase su producción a la demanda real y no a planes ideados en los ministerios.

Sin embargo, a nivel global, el impacto de la actividad cooperativista en la mejora del abastecimiento de la población fue mínimo. Las principales materias primas que utilizaban para producir las seguían fabricando las empresas estatales ajustándose a los planes impuestos por el Gobierno.

De todas formas, ya se había producido un primer “agujero” en la economía centralizada que, en adelante, se iría abriendo más y más.

La “Ley de Arrendamientos”, aprobada en noviembre de 1989, terminó de cerrar este círculo destructivo de la economía centralizada soviética. Básicamente suponía que un grupo de particulares podía alquilar en una factoría los espacios y la maquinaria para fabricar sus propios productos. Las cooperativas que ya estaban funcionando dentro de las fábricas tenían este derecho. O sea, una fábrica podía convertirse en una empresa de actividad privada que utilizaba las instalaciones estatales. Un híbrido de capitalismo y socialismo. O, mejor dicho, como advertía un amigo mío economista, era un puente entre el socialismo y el capitalismo que se empezaba a levantar sin que se diesen cuenta los ideólogos de la Perestroyka.

Todas estas leyes y las nuevas actividades económicas no ayudaron a aumentar sustancialmente la producción de bienes de gran consumo, pero distorsionaron muy fuertemente un sistema basado en el control centralizado tanto de la producción, como de la distribución.

Otra de las medidas estrellas de la Perestroyka, destinada a mejorar el sistema productivo, fue potenciar la participación de los obreros en la dirección y gestión de las fábricas en las que trabajaban. Una idea parecida había tenido Kosyguin cuando, en los años 60, intentó llevar a cabo su reforma del sistema productivo.

Ahora, los reformistas del equipo de Gorbachiov decidieron aplicar esta medida a fondo. Aprobaron una serie de normas legales que permitían al personal de las fábricas se permitía formar soviets (consejos) de representantes del colectivo de trabajadores. Recordaba el antiguo eslogan de la Revolución Bolchevique: “¡Todo el poder para los soviets!”.

A estos soviets de trabajadores se les asignaban funciones que hasta entonces habían sido propias de los órganos administrativos centrales (los ministerios). Por ejemplo, la elección del director de la fábrica y de sus asesores, o la discusión y aprobación de las decisiones más importantes para el funcionamiento de la fábrica.

Sin duda, esta fue una medida democrática, pero perturbaba gravemente la economía centralizada que Gorbachiov intentaba mantener y mejorar, ya que esta normativa rompió claramente el monopolio de los órganos centrales en su tarea de dirigir y controlar las empresas del país.

La hasta entonces estrecha relación administrativa de la empresa con el órgano central que la controlaba, se fue aflojando, poco a poco, debido a las nuevas medidas que permitían a las fábricas, y a sus colectivos, tomar bastantes decisiones. Y claro que las tomaban. Elegían a los directores que eran menos exigentes con el “obligado cumplimiento” del Plan Estatal y que además fuesen blandos en cuanto al mantenimiento de la disciplina laboral.

En fin, las empresas iban, cada vez, más a “su aire” y dificultaban el control desde “arriba”. Esto tuvo efectos negativos en el funcionamiento de las empresas, y su productividad, en lugar de mejorar, descendió rápidamente.

Así que, las medidas liberalizadoras, emprendidas por la “Perestroyka”, resultaron ser bastante contradictorias y sin visión a largo plazo y no resolvieron los problemas claves a los que se enfrentaba la economía soviética.

Al mismo tiempo, otro factor importante para el colapso económico al que finalmente llegó el régimen soviético fue la la crisis financiera.

La analizaremos con más detalles en la III Parte del artículo.