Nada somos sin los veteranos del periodismo, gozosos octogenarios, viejóvenes de muchos vatios, eléctricos del teclado, estetas de la pluma demorada y los blocs caros. Miguel Ángel Aguilar lleva meses en el candelero y el candelabro: por un lado sus memorias en Planeta (En silla de pista), que son ecuánimes y tratan las aventuras desde el inicio de su carrera, diario Madrid y aleñados, condenados por la falta en el calor en el elogio a Franco y no tanto por la oposición rabiosa; desde otro ángulo, su cese fulminante en El País, debido a las declaraciones a TheNew York Times sobre la prensa embargada y las presiones políticas; por un último, el fiasco de su semanario Ahora, que empezó con tres socios y un capital cada uno de nueve mil euros, acabó en doscientos y superó el millón de euros, pero no pudo continuar su aventura romántica durante más de un año. Vivo en la alucinación Aguilar permanente: apariciones, desapariciones, psicofonías, entrevistas, confesiones, conferencias y confusiones.
Tiene los galones y las charreteras pálidas y con flecos de haber sido expulsado de los principales medios del país (Madrid, Diario 16, Agencia Efe, Tele 5, El sol, El País), subraya en sus charlas lo cómico de tales disgustos (“¡Algún mérito haría para ellos!”) y no ha perdido en sus prédicas la ley general de gravitación universal: “El director es el soberano de todos los textos que se publican en el periódico, el columnista está de prestado, como el albañil en el andamio, que no es suyo sino de la constructora. Sobre este particular no creo haberme equivocado nunca”. Miguel Ángel Aguilar es el último sabio de la tribu, físico, astrofísico, tres generaciones de genios del telescopio y algo del microscopio (“En la progresión de la ciencia hay dos corrientes: una que tiende a escrutar el universo y otra que trata de penetrar en el núcleo del átomo”), acaba en periodista degenerando (la respuesta que poco después de la Guerra Civil dio Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, tras torear una benéfica de corto en la plaza de Huelva, cuando una de sus admiradoras que lo rodeaban le preguntó cómo podía explicar que su banderillero Juan Miranda hubiera llegado a gobernador de la provincia, a lo que el maestro, con su tartamudez acelerada, se limitó a decir: “Pues ya ve usted, señora, de… de… de… degenerando”) y gusta en calificarse, a la manera de Rafael SánchezFerlosio, como “profesor de nada” (“Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés y espontanea curiosidad, no se tiene a sí mismo por profesional de nada”).
Todo Aguilar es periodismo y mapa de lo que puede ser el oficio sin más daños colaterales: frente a la aceleración transgresora, el periodismo lento o “slowjourney”; frente a la instantaneidad de noticias, la distancia crítica; frente a la inundación informativa, el agua potable. Muchas inundaciones, desmenuzadas.Según Aguilar, rey de la sorna, pluma simpática, picardía y ojeras, lo primero que falta en una inundación es agua potable. Nos llega el agua a las cejas, la gente aparece angustiada y colgada de las ramas, las uñas pendientes de los tejados, y lo primero que falta es agua potable. ¿Cómo estamos? “Informados de todos y sin enterarnos de nada” (debido, sí, ainundaciones informativas por tierra, mar y aire). Ese otro periodismo de la lentitud, de la veracidad, de noticias contrastadas y jerarquizadas, ajeno al río interminable de la nada, es la paz y orfebrería de sus memorias, sus conferencias, y su discurso culto, ajeno al barullo, de cuarenta o cincuenta años de profesión ininterrumpida. Gusta, pese a los navajazos, de citar a Polanco: “El periódico solo será independiente si es rentable”. Y al que más ha citado siempre ha sido a Luis María Anson, siempre en el lugar más ponderado del retablo flamígero de sus admiraciones y desvelos: “Hizo Anson mucho por El Mundo, desde el huecograbado de ABC, diciendo todos los días El Mundo dice, El Mundo tal, El Mundo cual… es un estratega Anson y lo que buscaba era señalar en El Mundo a la nueva izquierda, pasarle los lectores de El País a El Mundo, y que el ABC subiese como la espuma”. ¿Es un error citar al otro? También Anson bautizó a El País como “diario gubernamental” y se estudia en todas las facultades de Ciencias de la Información del planeta (sin mundo).
Todo Aguilar es una conferencia, un libro permanente, la ensaimada que criticó en Anasagasti como corte de pelo y que él mismo se dejó crecer en perímetros y parámetros similares. Lee en libros, a la vieja usanza, el doble o triple de lo que escribe en folios; e incluso, en ocasiones, a la manera de Gil de Biedma, si hubiera leído todo lo que ha escrito sería un genio. Inundaciones informativas, sí, por afuera, y otras interiores, hasta conseguir por medio de sus testimonios que en redes sociales le llamen borracho por sus ditirambos:"La Ley Seca en las redacciones disparó el alcoholismo en los periodistas. En las redacciones existían ciertos hábitos, entre ellos el de llevar una petaquilla forrada en cuero negro llena de whisky, ron o ginebra. Se le decía a algún becario: “Oye, chaval, tráeme una tónica o una cocacola”, y se enriquecía esa bebida inocua con un chorrito de la petaca. Los becarios no ponían cafés sino cubatas. A lo largo de una jornada de diez horas, el periodista se había bebido su petaca. La ingesta era con lentitud, sin apresuramiento. En un momento dado se prohibió el alcohol en las redacciones, tanto el de sus cafeterías como el traído de casa. Fue muy duro. Eso disparó el alcoholismo. Los periodistas bajaban a los bares de alrededor. Como no podían hacerlo cada dos horas, en lugar de una copa se bebían tres en cuarenta minutos. El alcohol favorece el atrevimiento del periodista y alivia la tentación de la autocensura. A muchos de los mejores periodistas que he conocido les ayudaba el alcohol, les hacía más inteligentes. A algunos les atocinaba y les entorpecía, pero a otros les aportaba lucidez. También atrevimiento. En la guerra, cuando había que sacar a los muchachos de la trinchera, se repartía el coñac "saltaparapetos" Se distribuía en una dosis generosa y se iba hacia delante. Con el periodismo pasa igual. El periodismo es mucho peor sin alcohol: permite socializar, rompe fuertes barreras de inhibición. En momentos de peligro, un poquito de alcohol ayuda. Me da igual que en las redes sociales me llamen borracho, no tengo teléfono móvil, vivo sin Facebook ni Twitter y no lo echo de menos".
El último físico de las hojas volanderas gusta en citar a Heinsenberg (“No conocemos la realidad: lo único que conocemos es la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla”), gusta de los tomazos sobre la guerra (Clausewitz y esa “bruma de la guerra” que él traslada a la información), constante periodismo de interrogación de la realidad y de la actualidad (“La actualidad efímera tergiversa la realidad”, decía Carlos Luis Álvarez, Cándido) es el mejor camino que tenemos para seguirle. Libros sabios, discurso veterano, humor inglés, sed española, siempre la corrección lingüística como la máxima cortesía de un periódico, siempre la auditoria filológica permanente como taller o puesta a punto.Mucho ha repetido la noche del 23-F, cuando todos vieron a un montón de guardias civiles con armas largas asaltar el Congreso de los Diputados, pero uno, solo uno, el Teniente General Gutiérrez Mellado vio más: “Vio que no era una unidad orgánica bajo sus mandos naturales. Vio cómo unos iban con bota alta, otros con bota baja, unos con boina, otros con tricornio, otros con gorra, unos con correajes y otros con camisa azul. Vio cómo todo aquello no era más que era una tropilla de aluvión, cazada a lazo, donde no cabía el encuadramiento, y por tanto era imposible el orden, y así podría tener un efecto fulminante si no se la detenía a tiempo”. Siempre la realidad, inundada o no, y algo que todos sospechamos, por dandismo y brillo: jamás esa misma realidad le ha impedido al mago Aguilar, según regla clásica, una buena historia en forma de crónica, columna o reportaje.
Se peine como se peine, es un clásico de las letras patrias, siempre con tres o cuatro periódicos por la calle, muchos blocs y plumas estilográficas, un par de libros y no sé si petaca de cuero. Imagen y personaje, puro flash.Dice el maestro: “Si quieres que algo no se sepa… ¡No lo pienses!”. Menudo zorro del desierto. Fundó Ahora por una vomitona que no ha ocultado, la tendencia actual al autobombo, la corriente a ser noticia de un periódico esos mismos tíos lo hacen, la tendencia por los periodistas a interponerse entre la noticia y sus lectores: "Yo vi cómo echaron al director deThe New York Timesel año 1984. Cuando le hicieron una entrevista, le preguntaron: ¿Usted cuántas veces ha salido en el periódico, cuántas veces ha sido noticia en NYT? Dijo dos: el día que me nombraron director y el día que me echaron. Compárese eso con esta cosa obscena y española de salir todos los días. El autobombo de algunos directivos de prensa española es nauseabundo".
Sabe lo único que hay que saber del oficio: “Las noticias no vienen a la redacción y están donde estuvieron siempre, en los bares. Puede que con el barullo tecnológico de hoy las noticias estén en las redes sociales pero las exclusivas siguen estando en los bares". Tiene la elegancia de llamar todavía a las cosas por su nombre, caiga quien caiga: “"Recuerdo cuando El País envió a Vargas Llosa a Palestina. Pero, hombre, cuénteme lo de Palestina. No quiero verle a usted, quiero saber lo que pasa en Palestina y si se trata de conseguir un impacto, lleve usted a la china (Isabel Preysler) y será noticia. ¡¿Qué broma fue aquella?! ".Es átomo y telescopio. Su amor por las palabras va preñado de la primera libertad de todas, la de expresión.