Opinión

Alcaldadas

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 16 de junio de 2019

El escrupuloso Emmanuel Macron advierte a Albert Rivera que ojo con pactar con Vox en Ayuntamientos porque puede acarrearle problemas. Viene de lejos esa manía francesa tan impertinente de decir a los españoles lo que tenemos que hacer. Ya puesto, que amoneste también a Pedro Sánchez por juntarse con golpistas, terroristas y populistas comunistoides. ¡Qué obsesión! con tachar como extrema derecha a una formación, cuyos candidatos electos han tomado posesión de sus cargos jurando lealtad al Rey y a la Constitución. ¿Desde cuándo la extrema derecha en España ha sido monárquica y constitucionalista? Alguien debería enseñarle a Macron la esperpéntica fórmula con la que acatan la Constitución los separatistas o algunos miembros de las Mareas. Con esa habitual afición del espíritu francés a lo racional, desde Pascal y Descartes, Macron debía contar hasta diez antes de meter visceralmente la pata en un país que no es el suyo.

Padecemos un dirigismo cultural tergiversador de la realidad y la historia. Jean François Revel, francés menos ideologizado que Macron e intelectualmente más honesto, decía que “la información incurre en el vicio de no ver lo que existe y de ver lo que no existe”, Se silencia lo cierto y se inventa la mentira. En esta falsaria operación desempeña un papel importantísimo un instrumento básico: el lenguaje, que mediante su abuso, se presta a una deformación de la significación correcta. Por ello Stalin afirmaba que “de todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario”. Caza y toros son extrema derecha.

Cuenta Salvador de Madariaga en Bosquejo de Europa, que un español exiliado a Méjico tras la Guerra Civil logró hacer carrera política en el municipio al que arribó. Un día, ya como concejal, propuso dotar de mayor iluminación, mediante la colocación de una farola, a una calle solitaria y alejada del centro urbano. Con gran tesón y enorme brío defendió su propuesta ante los miembros del consistorio. Tras ello, el alcalde abrió la votación sobre el luminoso proyecto. Uno a uno, todos los concejales fueron asintiendo a lo que, en verdad, era una iniciativa muy necesaria para la población. Cuando llegó el turno de votar al proponente, sorprendentemente, lo hizo en contra ante la perplejidad de los presentes. Extrañado, el alcalde preguntó el motivo de tan incomprensible actitud. El españolito respondió: “es que no soporto la unanimidad”.

Interesa mucho al Estado que el timón de los municipios se halle en las manos mejor dotadas por capacidad y vocación, manos que no sólo han de dedicarse a barrer la basura de las calles, también a garantizar una elemental higiene moral. Las alianzas antinatura protagonizadas por algunos ediles en los Ayuntamientos recién constituidos, Badalona es el paradigma, evidencian que, más que gobernar y administrar a favor de los habitantes de pueblos y ciudades, algunos pretenden hacer política a la contra. No habrá unanimidad, pero sí muchas alcaldadas.