Opinión

Los ojos siempre abiertos de Diego Garot

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Viernes 21 de junio de 2019

En las catacumbas necias de internet, donde la atención es un charlestón y nadie usa sombrero, Diego Garot estrena sus cortometrajes que luego muestra en ciudades junto al mar, muestra sus relatos premiados en provincias, liga y luce poses de galán, se afana en una amalgama a castañuelas donde lo más sonoro –tanto en cine como en literatura- es la mezcla que hace de Lovecraft y Vila-Matas. Vive con los ojos siempre abiertos, por culpa del insomnio, ave rapaz en la noche. Metaliteratura, la obra dentro de la obra, citas y estrés, junto al terror cotidiano de estos tiempos mojados en asedios de todos los colores. Su corto Mudar rezuma a Woody Allen y David Lynch, a escritura deshojada en contenedores, a creadores en duelo permanente con su voz, esa que no tarda en hacerse real y mover a dúo las dos tetas, bohemia de casas con pocos enseres donde es inevitable confesarse con el cuadro sucio crucificado en la pared.

No solo Mudar sino que, después del verano, en compañía del siempre teatral José Rico, anda a vueltas con Objetivo Scorsese, un acercamiento al cineasta neoyorkino a través de un doble que raptan, gracias a la excusa de los Premios Princesa de Asturias donde el galardonado acudió; nuevamente, sí, una historia dentro de otra, cine dentro del cine, literatura dentro de la literatura, historia ya grabada y en montaje. Garot, asunto curioso, forma parte de esa juventud atrevida fugada de España rápido, primero para sobrevivir, luego para dedicarse a la creación. Durham (Inglaterra), Gzira (Malta), West Milford (Nueva Jersey). Los días en Durham son los del profesor de Primaria, asiste a la vida universitaria urbanita, saca fotos a las borracheras habituales de las cinco de la tarde, saca fotos a los taconazos encima de la cabeza de los peores borrachos, trabaja tres días a la semana, vive y juega a las cartas en casa con un becario portugués y un oficial de prisiones cincuentón algo temible y miope.

El exilio enseña a vivir solo con lo indispensable –dijo Cristina Peri Rossi- pero Garot exprime la aventura sin tasa: afeitarse a la deriva por falta de espejo en el baño, imitando a Onetti, natación y waterpolo con unos checos como armarios, platos de sopa y pasta en un pobre restaurante indio, emails a la familia en la escritura turgente de la velocidad: “Durham tiene la tercera universidad más importante de Inglaterra, después de Cambridge y Oxford. Pero lo verdaderamente bonito son la catedral y el castillo. La fiesta de Halloween en el colegio mayor fue para resucitar”. Pasa a Nueva Jersey, donde curra de socorrista bajo lluvia y frío, supera las pruebas físicas de la Cruz Roja, saca arañas enormes y serpientes de la cama todas las noches, ve un oso a un metro y le tira besos. Escribe a los de casa: “Esto es un Gran Hermano enorme. Dos mil niños, doscientos monitores, cientos de trabajadores en mantenimiento. Los mexicanos entre fogones no paran de cantar. Lo mejor es largarse a Nueva York, a cuarenta minutos en bus o autostop: Brooklyn siempre te recibe sonriendo. Lo peor es colarme por la puerta de minusválidos del Metro con el maletón gigante”.

En sus ciudades efervescentes relee y no lee (“Literatura es todo aquello llamado a ser leído dos veces”, dijo Cyril Connolly) ciertas obsesiones clásicas (Kafka, Hesse, Jünger), radioactivas (Rubén Martín-Giráldez, Patricio Pron, Eduardo Halfon), fantasmales (Tabucchi en Réquiem; Perec en Un hombre que duerme), para seguir afilando el cuchillo de la distopía con Yiorgios Lanthimos o Allen, bien agitado el cóctel entre autoficción y metaliteratura. Los trabajos no le duran, su biblioteca es ambulante, por culpa de Fréderik Pajak hace lo que no quiere, desea lo que no sabe si quiere o no, trabaja en lo que no le importa nada, crea para salvarse de todos y ser, por fin, él mismo. Malta como “melting pot de palo” es su final de travesía: sus inundaciones (no hay alcantarillas ni agujeros por las calles) le hacen enloquecer, el alcohol de Paceville no le dice nada, cuenta las iglesias y se da cuenta que hay una por cada día del año. El cine/literatura de Garot (García Otero en el DNI) tiene la cordura de moverse más que la compresa de una coja. Su Objetivo Scorsese dará que hablar: mezcla imágenes reales con otras de El rey de la comedia, película de los setenta donde Robert de Niro secuestra a Jerry Lewis. El secuestro dentro del secuestro, Scorsese por duplicado, realidad y deseo en plena fantasmagoría sin saber quién es quién, toda una confusión mineral que son burbujas explosivas al otro lado, en el intenso patio de butacas, donde un creador nuevo coge por el cuello al espectador.

Aquí hubo unos años donde todo el mundo esperaba por la subvención de turno para echarse al camino, los jóvenes de ahora ruedan cine y escriben relatos con un teléfono móvil con trazas de ordenador, apuran el “háztelo tú mismo” sin traumas, ni se quejan ni esperan el cheque para actuar. Garot me habla de asuntos muy extraños mientras examina una lata vacía como si fuera una joya: “Solo existe la autoconsciencia, Medrano. La obra que se conoce a sí misma. Sitúo los personajes, al final de mi corto Mudar, sí, como en los 400 golpes, todos mirando a cámara, con los títulos saliendo al revés. La experimentación es el uso de una voz en off que trasciende los usos habituales, femenina cuando el personaje es masculino, ese maestro que ha viajado y siempre vuelve, que cambia de casa cada nueve meses y solo quiere un poquito de dinero para dedicarse a escribir. (…) Quiero olvidar para crear: crear sin referencias literarias ni audiovisuales, desde la libertad de iniciar algo muy nuevo, esperar sin desagrado cómo la creación te habla al oído de lo experimental ya creado antes. Lo único que vale es saltarse todas las reglas aprendidas: me decían siempre, una sola localización y un mínimo de días. No me dio la gana. La primera escena duró cuatro días y en tres ciudades diferentes. El cortometraje es como un libro: una frase inicial de Kafka y una dedicatoria. Fusión de estilos y géneros, a la manera de Pajak. Mi amigo José Rico leyó el guion amarillento en diciembre y ya estábamos rodando en febrero. ¡Deprisa, deprisa!”.

Los jóvenes españoles son fuerza, viven diseminados por el planeta, gracias a la Red no pierden actualidad española y su fiebre creativa es un modo de estar más acompañados en plena travesura. Los relatos de Diego Garot se compilarán pronto en los libros característicos de los premios (Tigre Juan, etc), el cine de Diego Garot sucede en plataformas a las que nos lleva Google (Vimeo), todo lo que antes era amateurismo hoy es igual de precario, qué duda cabe, pero el giro cosmopolita le da mucha más enjundia, profundidad, sabiduría. Ahora sí que no es posible –seguro, seguro- otra Generación de la Berza. Estos mochileros del Dharma, extranjeros siempre, saben cómo la cordura es la maleta, la mejor intuición el viaje mismo, siempre el azar electivo a la manera surrealista otro modo de supervivencia ajeno a lo conocido, nuevas coordenadas donde uno, en folios o imágenes, es lo que va dejando por el camino en un lenguaje de la mixtura donde no cabe el no atreverse o dejarse para luego. Guerrilleros a quienes la espera no dice nada ni el dinero fácil o prestado tampoco. Si lo pensaran, como el sol, se apagarían.