Hay polémica en España a propósito de la retirada de un busto de Abderramán III (891-961) en Cadrete (Zaragoza), cuyo castillo ordenó construir el califa omeya en 935. Con él, el califato de Córdoba alcanzó su máximo esplendor, que testimonian las ruinas de la bellísima Medina Azahara. Derrotó al rebelde Omar Ibn Hafsun (850-918) en su territorio, afirmó su hegemonía en la Península tras la muerte del rey Ramiro II de León y desafió la autoridad de los fatimíes de Egipto y los abasíes de Bagdad. Reprimió con gran dureza las sublevaciones de los mozárabes y, a partir del siglo IX, muchos de ellos emigraron a los reinos cristianos, como recuerda Montgomery Watt en su “Historia de la España islámica”. A este califa le debemos, entre otras obras, el alminar nuevo de la mezquita aljama de Córdoba. Hijo de una esclava cristiana, era de piel blanca y ojos azules. Su abuela paterna era hija de Fortún Garcés, de la dinastía Arista. Como dice Jon Juaristi en su “Historia mínima del País Vasco”, como cualquier español, Abderramán III pudo presumir de abuela vasca.
Hay muchas más cosas que podrían contarse del periodo de Abderramán, pero -en realidad- el problema no es del gran califa andalusí, sino de la España de nuestro tiempo. Somos hijos de nuestra historia. Al-Ándalus, la España islámica o, en palabras de Levi-Provençal, “la civilización árabe hispánica”, existió y dejó en España una huella profunda que se extiende hasta nuestros días. ¿Es necesario advertir la contribución árabe al español? Desde las aceitunas que tomamos como aperitivo -esa cosa tan española- hasta la alacena en la que guardamos las cosas, el almacén donde las depositamos o los alcaldes que elegimos cada cuatro años, el español se enriqueció con el árabe y esto hace que, como sucede con las olivas, tengamos dos registros para designar al fruto del olivo. El romance se va despegando del latín de los soldados y los comerciantes y deja su huella en las jarchas, algunas de las cuales se remontan al siglo XI. Son, pues, aproximadamente coetáneas de las Glosas Silenses y Emilianenses. Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vega hablan en su célebre “Breve historia de España” de la“Córdoba de la luces” y del “Parnaso andalusí”.
¿Cómo negar que Abderramán III es parte de nuestra historia? Nació aquí, vivió aquí y -pese a quien pese- dejó una huella indeleble que aún hoy nos deslumbra. La belleza del arte islámico en España testimonia el desarrollo cultural de Al-Ándalus. En tiempo de Abderramán III, cuenta el profesor Juan Vernet, llegó a nuestra tierra el tratado de Dioscórides enviado al califa por el emperador de Bizancio Romano I Lecapeno. Como en Córdoba no había nadie que pudiese leer el griego antiguo, Abderramán pidió al emperador “que le enviase alguien que hablara griego y latín para que enseñara esas lenguas a sus esclavos que así se transformarían en traductores”. Quedan huellas árabes en el flamenco -Antonio Manuel ha dedicado toda una monografía a rastrear esa presencia en el cante en su “Flamenco. Arqueología de lo jondo”- y en la gastronomía y la alimentación del sur de España y el Levante. La huerta valenciana y murciana existen gracias a las acequias y al uso del agua de la España islámica que los moriscos prolongaron hasta su expulsión entre 1609 y 1613.
No hay periodos de la historia perfectos. Incluso los momentos más radiantes -la Atenas de Pericles, La Florencia de los Medici, la España de los Siglos de Oro- quedan oscurecidos por páginas sombrías y episodios terribles. Abderramán III y lo que él representa, sus luces y sus sombras, debe ser recordado como un personaje fundamental de la historia de España. Federico Jiménez Losantos lo consideró uno de “Los nuestros” en su libro homónimo recordando que “el conocimiento, merced a la apertura de escuelas gratuitas, llegó casi a abolir el analfabetismo”.
Se dice que este busto es una “desigualdad histórica” porque otros personajes merecen reconocimientos y no los tienen. Si, en efecto, hay otros merecedores de bustos, monumentos y recuerdos, que se les erijan a todos ellos, pero no se pude hacer justicia a partir de una injusticia. Borrar el recuerdo de este califa no avivará el mejor recuerdo de otras figuras.
Por favor, devuelvan a su sitio el busto de Abderramán III.