El líder de Podemos aporta a la eventual investidura de Pedro Sánchez sus 42 escaños, más los de ERC y otras agrupaciones secesionistas, salvo el PNV. En buena práctica política le corresponde la cuarta parte del Gobierno. En un Ejecutivo de coalición entre PSOE y Podemos, Pablo Iglesias sería el vicepresidente y los podemitas ocuparían además cuatro o cinco ministerios.
Tiene razón Pablo Iglesias al reclamar lo que en la adecuada lógica política le corresponde. Se enfrenta, sin embargo, con un obstáculo difícil de sortear. Pedro Sánchez no le quiere en el Gobierno porque sabe que Pablo Iglesias arrollaría en las televisiones, además de en el Congreso de los Diputados. El líder podemita es un extraordinario orador y su dialéctica se hace inigualable para la ciudadanía de izquierdas. Fuera del Gobierno, Iglesias quedaría oscurecido y el PSOE podría recuperar en futuras elecciones una parte de los votos perdidos. Dentro del Gobierno, Pablo Iglesias crecerá.
Pedro Sánchez ha jugado un órdago. Piensa que si el dirigente de Podemos no se pliega podrá contar al menos con la abstención de Ciudadanos. Y si esto no fuera así, convocará elecciones con posibilidades claras de avanzar, haciendo retroceder a un Pablo Iglesias debilitado.
Difícil saber lo que va a ocurrir porque las variables son muchas. Solo hay una cosa segura: que Pedro Sánchez luchará hasta la extenuación para mantenerse en el poder, aliándose con quien haga falta, incluido Bildu, por supuesto. Si no cede Pablo Iglesias ni tampoco Albert Rivera, tendremos nuevas elecciones para indignación del pueblo español, harto de que los políticos solo piensen en el interés personal y en el partidista y no en el interés general.