Opinión

Los perros de Diógenes ladran entre saltos por el G20

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Diego Medrano | Martes 02 de julio de 2019

Diógenes de Sinope fue rebelde, revolucionario, provocador y sarcástico en su tinaja rodeada de perros vagabundos. Le afeaban su conducta por masturbarse en público y respondía: “¡Ojalá pudiera matar también el hambre frotándome el vientre!”. Invierno y verano con idéntico equipaje: báculo, zurrón y cuenco para comer (hasta ver a un niño beber con las manos y verlo innecesario). Todo lo que no fuera necesario era superfluo y, por consiguiente, un lastre. Aristipo le echó en cara que si adulaba y lisonjeaba a los gobernantes –como él hacía- podía dejar de comer gachas, a lo que Diógenes respondió: “¡Si tú comieras gachas, también podías dejar de adular al personal!”.

Megalomanía del G20, todos los poderosos del mundo en su cambio de cromos, ricos que buscan ser más ricos y muchas veces dispuestos a bajar todos los escalones morales en tromba. ¿Y Diógenes de Sinope? ¿Dónde estuvo el Diógenes en el pasado G20 en Osaka al calor de las reuniones bilaterales (Trump/Putin) o el relicario habitual de novelerías (tensiones geoestratégicas en el Golfo, Ucrania y Venezuela, medidas del cambio climático, batallas comerciales entre Jair Bolsonario, Narendra Modi, Cyril Ramaphosa, Ángela Merkel, Justin Trudeau y demás conga? La mayor verdad universal que existe es un mendigo, los desaprovechan en las cumbres internacionales sin saber que solo ellos pueden señalar apuntando muy firme con el dedo índice y diciendo verdades como puños que a otros lesionaría su independencia, condumio o planes.

Lo bilateral, decíamos, fue lo crucial del G20: batallas arancelarias entre China y Estados Unidos, por debajo o encima de la ONU. Trump llegó contento y despertó la sonrisa de Macron con su coplilla: “Las chicas de mi pueblo/ tienes las patas de alambre/ y un poco más arriba/ el conejo muerto de hambre”. Putin no se arredró, y de tanto congeniar con Méjico (siempre Trump en tal punto de mira alrededor de dicha querencia) se le pegó aquello de la Picardía mexicana de A. Jiménez tan popular también en las colombianas Cocorná y Zapatoca: “Todas las mujeres lucen/ en el pecho una amapola/ y más abajito tienen/ la funda de la pistola”. Le hacían señas para que callase, toda clase de signos y le pasaban papelitos, pero el vodka de Yeltsin hervía en las venas como pompas de jabón Lagarto: “A la botica, niña, / no vayas sola/ que el boticario, niña,/ gasta pistola”. Putin es un cachondo, no hay más que verle andar, echado para adelante, como si llevase el ataúd europeo al espaldar.

Un año de guerra comercial (Estados Unidos/China) que, en la reunión cantarina de todos, debía justo eso, pasar desapercibida. La guerra (Trump/Xi Jinping), se quiso explicar, afecta a todos, se habló de un eufemismo precioso: “Debido a lo anterior hay contracción de la economía mundial” (sí, orgasmo vaginal pero no clitoriano, seguro). Las veinte naciones más poderosas del mundo asentían y movían la cabeza en señal de preocupación. El segundo eufemismo les unía y embadurnaba como pegamento Imedio: “El G20 debe ser la locomotora para tirar del desarrollo económico global”. Eso les hizo a todos sonreír, la media sonrisa de las ranas y los buitres, la sonrisa inexistente de las ardillas y los osos panda, y ya a la hora de tratar el calentamiento global del planeta, la cosa fue rodada, sin roces, sin saltos, sin trabucarse, todo de seguido por el mejor tobogán. Nada como verse parte de algo, aunque sea humo, para estar todos muy contentos, cada cual en su silla, solo con falta de una piruleta roja.

A Diógenes de Sinope le invitaban a palacios, le mostraban el lujo acumulado, el mendigo entonces solía escupir a la cara de esos ricos para después explicarles: “Es el único sitio sucio que he visto para hacerlo, lo siento”. Alguien un día dejó un candil encendido junto a la pobre tinaja de Diógenes y sus perros cantores entre saltos. Comenzó a pasearse durante las noches con él por toda la ciudad bajo salmodia célebre: “¡Busco un hombre justo! ¡Busco un hombre justo!”. ¿Fue Diógenes al G20? No había sitio para él. Cuando le pedía dinero a algún avaro solía entretener el retraso con aquello de: “¡Venga, hombre, que te estoy rogando para comer y no para mi entierro!”. El emperador (Alejandro Magno) le preguntó al verle tumbado en la calle en bolas si podía hacer algo por él: “Apártate, me tapas el sol”, rezongó el genio. Su precio era el aire y la felicidad.

Ladraron los perros chinos de Diógenes de Sinope, a las orillas del G20, centro de convenciones Intex junto al puerto, por eso de repartir los huesos más jugosos entre tan pocos, por eso de cambiar cromos siempre entre los mismos, por eso de no ver más que economía dentro de la vida y jugar al negocio mejor dotado del mundo, que es el de las reconciliaciones entre arrumacos, navajazos y mucho sobrecosto. El mayor chiste no fueron las coplillas del inicio sino cuando Trump le pidió a Putin que “No interfieras en las elecciones del 2020, por favor”. La mayor mofa fue cuando Putin dijo al Financial Times, publicado esos mismos días, sí, que “El liberalismo está obsoleto” (buscando, sin esconderse, el populismo de Orban en Hungría y Salvini en Italia). Se extendía el maestro, todo seguido y a doble espacio: “Los liberales no pueden dictar nada a nadie como han intentado hacer durante las últimas décadas”. Todos pasaron –intoxicados por Putin- la debida factura a Merkel por abrir sus fronteras (a los sirios), lo que sirvió para piropear a Trump (por el muro frente a la avalancha Latinoamericana) en un guiño que nadie entendía (Trump sí, Merkel no) pero sin dobleces ni escapatorias: “La ideal liberal presupone que los inmigrantes pueden matar, saquear y violar con impunidad, porque sus derechos tienen que estar protegidos. Todo crimen debe tener su castigo. La idea liberal se ha vuelto obsoleta. Ha entrado en conflicto con los intereses de la abrumadora mayoría de la población”. ¿Pacifista Putin? Ja, ja, ja, ja.

No somos liberales, entre Trump y Xi Jinping hay paz, no pasa nada, China niega la mayor y que la culpa es de Estados Unidos, todo ello sin dar nombres, en el cenit de la elocuencia: “Los países desarrollados están destruyendo el sistema comercial por su intento permanente de ensombrecer la paz y la estabilidad”. Ahí ladraron de veras los perros de Diógenes de Sinope, no podían aplaudir con las orejas, y ahí todos se pusieron nerviosos, porque la mayor amenaza a la globalización es el unilateralismo, el proteccionismo, el acoso, el intentar quebrar por debajo de la mesa el orden internacional. El debate lo dio a entender el ministro japonés Shinzo Abe: “Libre comercio frente a tentaciones proteccionistas. Sistema libre, justo y no discriminatorio”. Ahí Pedro Sánchez hizo su guiño europeo: “Firme defensa del multilateralismo, el comercio internacional y la neutralidad climática en línea con el Acuerdo de París”. Llegaron los elogios a Merkel de Trump, calificándola de “fantástica” y “muy amiga” (pidiéndole frente común para con Irán). El tono fue subiendo y cuando Macron, fuera ya del cambio climático, dijo que nada de fabricar un acuerdo de la Unión Europea con los países de Mercosur, algunos como Bolsonaro se metieron debajo de la mesa para después levantarse de golpe (coscorrón incluido) y sentenciar: “No aceptamos lecciones de nadie”. Ese fue el pacto (Mercosur/UE) gestado por Macri durante veinte años y ahora en floración grupal y olor a camomila.

Donald Tusk, muy cabreado por lo visto en Financial Times, presidente del Consejo Europeo, lo expuso sin fisuras: “Lo que está obsoleto es el autoritarismo, el culto a la personalidad y el imperio de los oligarcas”. No había laca suficiente para la melena de Trump. La minialienza (Sánchez/Juncker) en busca de la “Tasa Google” y “fiscalidad justa” despertó las simpatías de todos y vuelta al coso de comerse las uñas del feroz Trump. La iniciativa vieja de Macri, el acuerdo UE/Mercosur, no es ninguna broma: ochocientos millones de habitantes o consumidores, casi una cuarta parte del PIB mundial y más de cien mil millones de dólares de comercio bilateral en bienes y servicios, casi nada. El tuiteo/wasapeo del presidente brasileño, junto a Jorge Faurie, despejó todas las brumas posibles: “¡Gran día!”. Felicitaciones para Macri y guerrilla urbana en la calle de la buena, más ladridos de los perros de Diógenes de Sinope, pidiendo democracia en Hong Kong, que el G20 escuche y deje de cambiar cromos, homenaje al “hombre del impermeable” (activista que murió al caer de un andamio donde había colocado una pancarta contra la ley de extradición) y cero concentración para las plazas financieras.

Grandes, nobles, hermosas movilizaciones populares en Hong Kong, recuerdo a la revolución de los paraguas de 2014, recuerdo a los lienzos de Perry Dino, y las mismas políticas de carencias sociales y falta de vivienda que cuando Mao Zedong en 1967. La ciudad y los perros, cómo no. Pero todos los diarios internacionales recogieron ladridos y cacas que otros querían tapar sin disimulo. Un libro para tomar en frío o caliente después de este artículo: Hong Kong, ciudad de protestas (Antony Dapiran). Jóvenes en revolución, libertad para Hong Kong, vida extranjera ya fuera del Partido Comunista China.

-Oiga, perdone. -Sí, dígame. -¿Ha terminado ya el artículo? -Sí, sí. -¿Podría resolverme una duda? –Si es breve. -¿Qué hubiera dicho Diógenes de Sinope, con o sin los perros salvajes, de haber estado allí? – Apunte, apunte. Imagine la letra con la canción Ojos verdes como acostumbraban a tararear las milicias universitarias antiguas: “Me asomé a la reja/ con la polla tiesa/ y le dije: -Niña,/ ¿me la quieres ver?/ -Tengo mucho gusto,/ vaya usted a la esquina/ que con estos tiestos/ no la puedo ver./ -¡Qué coño de tiestos,/ si son mis cojones!/ -¡Ay, madre del alma!/ ¡Qué me dice usted!/ ¡Me quedé suspensa/ y sobrecogida/ al ver los cojones/ del maldito aquel!/¡Qué tío! ¡Vaya pelotas!/ ¡Si parecen angelotes/ de los cuadros de Murillo!/ Y eso que lleva entre las piernas,/ más que polla, ¡es un pasillo!”.

-Usted un bárbaro y un cochino.

- No lo ha entendido, señora mía. Esto de las cumbres internacionales acaba siempre por un encogerse de hombros, indiferente al frío o las vituallas, de todos los Señores Genitales.

- No siga, buen amigo. Estoy al límite del pasmo y el sonrojo.