Dejo aquí mi último artículo de la temporada. La vida es una temporada en donde ya nadie cree que a los hombres los salve la democracia, la rosa política o la diplomacia. Estoy sacrificando mi vida por encontrarla en lo más profundo del mar, como la capitana Carola Rockete, quien nos ha demostrado que el feminismo no es tal como concepto y manifestaciones con camisas con la foto de Simone de Beauvoir, en todo caso la lectura de “El Segundo Sexo”, donde el amor/dolor de aquella mujer entre Sartre y el whisky llegó a definir con precisión la sociedad occidental de su tiempo como una construcción cultural -a lo que yo llamo en estos tiempos de las manadas de etnocentrismo “doctrina revolucionaria”-. Una mujer no es tal si sigue siendo definida en relación al varón, decía Simone, esto es, como madre, esposa, hija o hermana. Por tanto, amadas mías, seguid con la lucha, pues ha llegado la hora –“Lágrimas no enjugó más la Aurora / sobre violas negras la mañana”, plumó Góngora- de reconquistar vuestra y nuestra identidad en su especificidad alejada de toda deconstrucción de la genética, en todo caso, desde la mutatio cósmica de los tiempos que van llegando. “No se nace mujer, se llega a serlo”, leo en El Segundo Sexo.
Toda esta entradilla en defensa de una posible y necesaria revolución bucofaríngea hacia la materialidad de la especie humana -urge releer a Marx y Engels, aunque nadie me sigue creyendo- viene a colación por la afonía y esta Gargantúa repleta de cacao y mierda que es la política española, con sus varones y sus hembras. Veamos. Repasemos inútilmente los últimos acontecimientos.
España es el hombre primitivo, el hombre que ara el champán, el que trabaja el acero, el que huele a sudor y a cerveza. El Hombre del Miau. En mi libro Poemas de la Mundialización escribo: “Un día Internet abrió los ojos de todos los hombres / y fabricó la cabaña para que entraran todas las constelaciones. / Nadie se había dado cuenta, pero todo empezó de esa manera. / Conectar. Buscar. Una palabra. Toda la historia del mundo” -2001, mi pluma entonces fue el búbalo de la caída de las Torres Gemelas-. Pasados los años, sigo pensando igual. La última revolución tecnológica -el 5G, que a mí me suena al punto memorable en que se llega al orgasmo en el sexo- nos traerá la desafección de toda hibridez entre humanismo y humanidad. España nunca tuvo buenos filósofos -si exceptuamos a Averroes y a Ortega-, pero se necesita en los grandes salones del parlamentarismo esas Crónicas de la ultramodernidad de las que hablaba José Antonio Marina: “Después de tantos siglos de repetir, con la displicencia necioingenua del que ve las uvas todavía verdes, que la filosofía no vale para nada, ha llegado el momento de afirmar que la filosofía seria, no el mero comentario inteligente, el salpicón de citas, la migaja filosófica, la bengala aforística, y otros frutos de la razón chiquita, tiene mucho que hacer”, “De tarde en tarde, un elefante blanco”.
Marina insiste en lo que yo algún día a su vez escribí: “y hemos escondido al escorpión aniquilando al elefante. / Todo ha cambiado en el tris, nada permanece igual que antes”. España es el elefante blanco, el mismo elefante que se esperaba en el Congreso el día del fallido golpe de Estado 23F. España es una regresión que nos retorna a conducir al Callejón del Gato -El Hombre del Miau-, a la educación sentimental de unas formaciones políticas en donde la lucidez y el concordato con la formación interior y exultante del saber naufragan ya como aquella Armada Invencible del imbécil de Felipe II -por cierto en un barco de la Armada iba Lope escribiendo su La hermosura de Angélica: “Sobre las aguas, entre las jarcias del galeón San Juan y las banderas del Rey Católico”-. España es una hideputa que sigue leyendo a Villaespesa: “Ha huido la Alegría, ha muerto la Belleza. No hay risas en los labios y una inmensa tristeza cubre como un sudario las almas y las cosas”. España es la cocaína de Javier Ortega Smith en su cuodlibeto con la derechización analfabeta de este moho que cubre los cielos de Madrid. Nuestros políticos y estas señoritas pijas sin el sexo de Simone de Beauvoir vuelven a desorejar el final de la película Qué bello es vivir. No hay belleza en la política española, porque continúa desenhebrándose la estupidez, el palabro twitter, la gilipollez de una moda que es pasajera como es pasajero el amor al Pato Donald Trump y todo este boltonismo que recorre Occidente.
España está tomada por el exceso de opio en la mens húmeda de unos procuradores en Cortes. No es que torne Franco, es que este muchachote que tenía un solo huevo siempre ha estado aquí, señoras y señores, a ver si vamos poniendo las cosas en su sitio. España se nos cae a trozos porque cual mito reconvertido en laurel ha regresado el falangismo, la xenofobia, el nacionalismo patrio en donde en medio de la caca de la vaca se sientan estos jovencitos de picha corta y titulares de periódicos. Seamos serios. Este club de rugby que son Rivera, Casado, Abascal, doña Isabel Ayuso, mi Inesita Arrimadas, el retorno del Jedi -los pectorales subnormales de la aznaridad-, el aguirrismo, las subvenciones a los nuncios, a la Conferencia Episcopal, a esta cama refrita de esperma noble y de viejas academias de preguerra, en fin, todos estos nuevos Guardianes entre el centeno todavía no se han dado cuenta de lo de Simone: “No se nace mujer, se llega a serlo”.
España únicamente traerá, como digo, la rosa y la sonoridad de la carne y un erotismo intelectual si realizamos un juntamiento de las fuerzas progresistas a partir de la revolución entera, completa, tierna y Tierno Galván ascendió a los Cielos. Sin embargo, en frente, como siempre desde los tiempos de La Beltraneja, seguimos teniendo al IBEX 35, la presión de los mercados como fetiche -Marx- o esa lengua negra y leprosa que le sale al presidente de la CEOE, Antonio Garamendi y su escuela de espionaje ya deletreada en las pizarras de nuestro gran héroe nacional, José Manuel Villarejo Pérez. Asistimos a un villarejismo patrio en donde aquella canción de Burning, Malos tiempos para la lírica, hoy muere en las torcidas líneas de las olas de las playas.
Escribí en 2001: “Por leer libros políticos y soñar la rosa amarga / todas las tardes el Mundo mata a algunos panaderos. / Estaba escrito en el agua: quien piensa con las uñas / puede morir en el teatro”.