Opinión

Zitarrosa a secas, señor

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 15 de julio de 2019

Cuando lo descubrí en una emisora de radio, allá por la década de 1970, recuerdo que el locutor equivocó su nombre y lo llamó Alberto Zitarrosa. Él, antes de empezar a cantar, con su voz grave, decididamente varonil, propuso con menos fastidio que humor: “Llámeme Zitarrosa a secás, señor”. Me gusta recordarlo así, con ese apellido que lo definía de manera rotunda y lo dice todo. Desde ese día -luego de escucharlo cantar sus chamarritas, candombes y milongas-, empecé a admirar al gran Zitarrosa.

Años después tuve la felicidad de conocerlo en persona cuando me lo presentó el poeta Jorge Madrazo en la amable redacción de la revista Siete Días. Algún tiempo después, en épocas en que trabajaba como jefe de prensa del Festival de Folklore, de la ciudad de Cosquín, en la provincia de Córdoba, fue convocado para cantar y allí lo volví a ver para disfrutar de sus canciones.

Zitarrosa era un hombre parco, más bien árido, introvertido, de prudente distancia. De manera acaso inoportuna, mi amigo y colaborador Dino Rivadavia intentó conversar con él refiriéndole a un pariente suyo del Uruguay y el cantor lo destrató con cierta indiferencia, respondiéndole: “No, no lo he oído nombrar, señor”. Rivadavia quedó menos azorado que indignado. Pero sucedió que al día siguiente, cuando aún no había amanecido y regresábamos a Buenos Aires, el transporte que nos pasó a buscar para llevarnos al aeropuerto, tenía como pasajero a Zitarrosa y sus guitarristas. Nos sentamos al lado de él, al fondo del bus, e iniciamos un diálogo que se prolongó hasta el destino final, y en esa conversación amistosa, con humildad, le confesó a mi amigo que al pariente oriental que él le había mentado, no sólo lo había conocido casi íntimamente, sino que era uno de sus más querido amigos.

La vida de este poeta cantor tiene aristas dramáticas y novelescas. Nació en Montevideo en 1936 y se lo reconoce como una de las figuras más destacadas de la música popular de su país​ y de toda América Latina. Era hijo natural de una joven de 19 años y fue anotado como Alfredo Iribarne. A poco de nacer, en circunstancias especiales, su madre lo dio a criar al matrimonio que lo rebautizó con el nombre de Alfredo Pocho Durán. Con esa familia vivió en diversos lugares del Uruguay. La experiencia lo marcó para siempre. Regresó después por breve tiempo a Montevideo, para luego, al comienzo de su adolescencia, pasar a vivir con su madre biológica y su esposo, el argentino Nicolás Zitarrosa, quien le dio su apellido. Cuando completó sus estudios decidió vivir solo y ocupó una buhardilla en una pensión enfrente de la plaza que actualmente lleva su nombre con vista hacia el Cementerio Central de Montevideo. Trabajó, entre otros menesteres, como vendedor de muebles, como agente de suscripciones en una sociedad médica, como oficinista y como maquinista de una imprenta, oficio este último, que le daba placer recordar. “¡Qué cantor ni poeta, yo soy imprentero sin imprenta!”, le oí decir con orgullo. Con su buena voa, de impecable y grave dicción, en 1954, “de pura casualidad”, se inició como locutor de radio y no tardó en incursionar como presentador, animador y libretista del informativo, e incluso como actor de teatro y periodista. En esta última actividad, se destacó como articulista en el semanario Marcha.

En 1964, a instancia de un amigo guitarrista con el que compartían la vivienda, impensadamente debutó como cantor en la ciudad de Lima, en el Perú. Forzado por las circunstancias y un poco de manera fortuita, participó después en un programa que se emitía por el Canal 13, Panamericana de Televisión, empezando así una carrera que nunca se interrumpiría. El propio Zitarrosa relató luego su experiencia en un programa de la radio Municipal, que yo conducía:

Hay un dicho en Montevideo, que dice: nobleza obliga. Yo no tenía ni un centavo, la estaba pasando muy mal, pero sí muchos amigos. Uno de ellos, César Durand, regenteaba una agencia de publicidad y por sorpresa me incluyó en un programa de televisión, y me obligó a cantar. Les aclaro que yo no me tenía ninguna fe; pero el hambre lo pone a uno contra las cuerdas. Canté dos temas y cobré 50 dólares, una fortuna para mí en esa época, que me permitió ponerme al día con la dueña de la pensión… A los productores y sobre todo al público, no entiendo todavía por qué, les gustó mi voz y fui contratado con una paga asombrosa que me arregló la vida no sólo a mí sino a varios amigos que me rodeaban. Una sorpresa, claro, que me permitió reunir algunos pesos… Y no falto, por supuesto, alguien que me hizo la propuesta de seguir cantando. Acepté y aquí me tienen.”

Poco después, al pasar por Bolivia de regreso al Uruguay, realizó varios programas en Radio Altiplano de la ciudad de La Paz y llegó a canta en una plaza con una multitud que coreaba sus canciones. Hacia 1965, debutó en Montevideo, en el Auditorio del SODRE (Servicio Oficial de Difusión Radioeléctrica). Su participación en este espacio le sirvió de peldaño para ser invitado, en 1966, al ya reconocido Festival de Folklore de Cosquín, en la Argentina, al que volvió en 1985, cuando yo colaboraba en prensa.

Desde el principio, Alfredo Zitarrosa se estableció como una de las grandes voces del canto popular latinoamericano, con raigambre folclórica y clara ideología de izquierda. Cultivaba un estilo contenido y varonil, con voz grave y un típico acompañamiento de guitarras que le dieron su sello característico.

En la década de 1960 fue votante y militante del Frente de Izquierda de Liberación (FIDEL); adhirió luego al Partido Comunista del Uruguay y también al Frente Amplio. Como cantor participó de innumerables actos políticos de estas organizaciones, actividades que le valieron el ostracismo y finalmente el exilio, durante los años de la dictadura. Sus canciones estuvieron prohibidas en su patria durante ese período, y más tarde en la Argentina y en Chile. A partir de 1976 vivió sucesivamente entre España y México y, ocasionalmente, en Buenos Aires.

Luego de la Guerra de Las Malvinas, levantada la prohibición de sus canciones y de su música, como la de tantos en la Argentina, se radicó nuevamente en Buenos Aires, donde realizó tres memorables recitales. Recuerdo especialmente uno, al que fui invitado por él, en el Estadio Obras Sanitarias; para estar presente se movilizó una multitud, fue durante los primeros días del mes de julio de 1983. Una tormenta de viento y lluvia no impidió que siguiera cantando, y aún empapada, no se movió ni un alma. Casi un año después volvió a su país, donde tuvo una histórica y masiva recepción en marzo de 1984, la que fue descrita por él mismo como “la experiencia más intensa e importante de su vida”. ​

Zitarrosa buscó una canción uruguaya basada en los géneros musicales que identifican a la región. Su obra tiene base en la música rural y encuentra en el tango y sus cultores argentinos, como él mismo lo reconoció, el modelo de acompañamiento de guitarras. Esta formación ya había sido utilizada por cantores como el inmortal Carlos Gardel, que usaba tres guitarras, un contrabajo o tres guitarras y un guitarrón.

Como poeta, Zitarrosa fue distinguido por la Intendencia de Montevideo con el Premio Municipal de Poesía de 1959. El título de ese libro es Explicaciones, que nunca quiso publicar, y que lo revelan como un excelente bardo lírico. En 1983 nos entregó a Rivadavia y a mí un cuaderno con sus poemas más recientes, pero no pudimos convencerlo de que los publicara. Sin embargo, en 1988, vio la luz su libro de cuentos Por si el recuerdo, con relatos escritos en distintos momentos de su vida. Como todo creador, Alfredo nutrió su obra de fuentes diversas; aunque en su caso particular es de destacar el alto componente autobiográfico, o la exposición de vivencias personales, que aparecen en todas sus creaciones y se destaca, por ejemplo, en las coplas de esta sentida zamba:

Yo no canto por vos,

te canta la zamba

y dice, al cantar,

no te puedo olvidar,

no te puedo olvidar.

Yo no canto por vos,

te canta la zamba

y cantando así

canta para mí,

canta para mí.

Zambita cantá,

no la esperes más;

tenés que pensar

que si no volvió

es porque ya te olvidó.

Perfuma esa flor

que se marchitó,

que se marchitó.

Yo tuve un amor,

lo dejé esperando,

y cuando volví

no lo conocí,

no lo conocí.

Dijo que, tal vez,

me estuviera amando;

me miró y se fue

sin decir por qué,

sin decir por qué.

Alfredo Zitarrosa fue un auténtico trovador. Su poesía, lírica y existencial, está llena de hallazgos. Yo le hice incorporar a su repertorio el precioso triunfo “La vuelta de Obligado”, de Miguel Brascó. Y aún conservo algunas fotocopias que me entregó en su momento de sus estremecedores poemas:

Muy gris oficio el de poeta,

deber y culpa, tal vez,

andar y ser de sombra y luz,

surco en el aire y sentir

que sólo de andar cantando y en el dolor,

aprendemos a morir,

que sólo de andar cantando y en el amor,

aprendemos a vivir.

Que sólo de andar cantando y en el dolor,

aprendemos a morir…

He gastado mi vida

pero igual la viví

y he llegado hasta aquí.

Por morir, por vivir,

porque la muerte es más fuerte que yo

canté y viví en cada copla

sangrada querida cantada

nacida y me fui...

Alfredo Zitarrosa, o Zitarrosa a secas, nació en Montevideo el 10 de marzo de 1936 y murió en su ciudad el 17 de enero de 1989. Tenía solo 52 años y dejó un vacío que aún se siente en el canto y en la poesía rioplatense, y de toda América y también de España.