Opinión

Política de trámite

TRIBUNA

Antonio Domínguez Rey | Domingo 28 de julio de 2019

El revuelo creado en 2018 en torno a la tesis doctoral del presidente Pedro Sánchez por plagio fue solo un fogonazo de política estratégica. Quien alertó al Parlamento creía denunciar algo insólito y escabroso. Desconocía seguramente que otros colegas de escaño y política practicaron artes similares. Se lo oí en 1983 a un colega de Bachillerato en París. Desempeñaba un cargo importante en la embajada de España. Al preguntarme por qué no hacía como él e ingresaba en un partido político, el socialista en su caso, le respondí que aún andaba a vueltas con la tesis de Doctorado. Un trámite administrativo, me dijo. La respuesta me quedó resonando por tiempo en el cerebro.

Y así era, fue y seguirá siendo tal como se rige la Universidad desde décadas, incluida la cuarentena del franquismo. Yo lo había constatado en los años setenta en la Universidad Complutense al exigirse, por decreto, el grado de Doctor para acceder a niveles académicos importantes. Los profesores no numerarios (PNN) removían folios y despachos para esbozar un índice de tesis y conseguir un tribunal entre colegas, todos en fila para otros concursos inmediatos. Este sistema se practicó más tarde, por los años ochenta, y con la Ley de Reforma Universitaria (1983). Era el tiempo de los denominados “idóneos”, profesores de merecimiento, muchos de ellos con predicados de lucha antifranquista en sus currículos. Formaron tribunales entre sí y por turnos hasta obtener plaza fija.

En los años ochenta existió una revolución interna de la administración del Estado con el solo recurso del BOE, a golpe de decreto y leyes más o menos consensuadas entre sindicatos, ministerios y presidentes. El anuncio que ha hecho hace unos días la vicepresidenta del Gobierno actual de esgrimir el BOE con fines revolucionarios, no es nada nuevo.

Esta kultura (con “k”) de trámite administrativo y académico es secular en España. La heredó y escaroleó el franquismo. Pervive aún como secuela suya. Por eso el presidente del Gobierno respondió sin rebozo al diputado que le afeó el semblante acusándolo en el hemiciclo parlamentario de plagio. ¿”Plag… qué”?, debió pensar por un momento.

Los currículos se han inflado con títulos universitarios. Fue tanta la sorpresa de prohombres ilustres (simul viri ac mulieres) antes desconocidos, que alguna institución europea se sorprendió, iniciada la Transición, del número de políticos españoles con estudios superiores y cualificados no obstante ocultos en el franquismo. Éramos la sorpresa de Europa.

Algo bueno hay en todo esto. Los títulos académicos son emblemas aún apreciados por más que a muchos les sirvan solo de sombrero. No saben los titulados y revolucionarios del BOE que heredan artes franquistas. O sí lo saben, pero disimulan. Los títulos fijan el nombre en las listas electorales, le dan esplendor a la función y allanan el futuro.

Lo malo es el ambiente conceptual que crea el trámite. Las instituciones del Estado se han convertido en diligencias de procedimiento político. Son asuntos de papeleo burocrático. Y así también las ideologías que los amparan. El Derecho es solo un legajo. Las leyes llegan al Parlamento si las empuja la sociedad financiera y mediática. Y son los ingenieros del poder quienes arrumban el engranaje legislativo. Un ingenio auspiciado por grandes, poderosos grupos económicos, nacionales e internacionales. Y en este ensamble cuenta mucho el negocio de la mediación y sus trámites. La política es uno de ellos.

Por eso la situación social de España preocupa. Vive su trámite. El voto es otra diligencia de transacción. Quienes se extrañan de ver que aúpan a cargos e instituciones a quienes no han votado, ignoran dónde viven y qué cosa sea hoy la política. Un trámite de intereses múltiples. La democracia española aún es joven. Necesita tutelaje, decía hace unos meses un diputado europeo no español. Cada ciclo parlamentario tramita su negocio. Las últimas y penúltimas elecciones (2015, 2016, 2018) demuestran que España aún no conforma claramente su voluntad política. Y los comicios anteriores eran un reflejo impostado de experiencia democrática no vivida y, por tanto, aún ingenua. El bipartidismo, muy cómodo, se fragmenta en grupos de antiguos socios porque una y otra parte no son derecha ni izquierda. La burguesía española carece de cohesión social sólida. La paraliza el trámite heredado. Remueve las sombras del pasado con argumentos de trámite y sin asimilar realmente la Historia de España, en muchos momentos trágica. Los currículos han borrado de sus páginas, por ejemplo, las doctas intervenciones de sociólogos, filósofos, economistas, arquitectos, ingenieros, profesores, togados, políticos de antes y alguno de ahora en cursos varios del tan traído y llevado Valle de los Caídos, durante años. De derechas e izquierdas, centro y extremos. Y hoy, todos mudos ante la apuesta del Gobierno de exhumar a Franco, me comenta un colega universitario.

Los huesos del autócrata son disimulo del atolladero a que ha llegado la democracia española. La falta de una opción clara de Gobierno desde hace cuatro años, y con escenario repetido, pero con intercambio de primeros actores, confirma el desconcierto y la mella obrada por el acoso a la Constitución de 1978 y a la Monarquía como secuelas del franquismo. Traer a memoria en 2019 la Guerra Civil de 1936 y sus represalias, ochenta y tres años después de iniciada, e inscrita España en Europa (1986) con elogios múltiples, revela un gran hueco de alternativas. Las guerras civiles no son convencionales. La imposición de un bando sobre otro arruina a cualquier Estado. Y su sombra se extiende longeva. Más grave aún si la tragedia resulta de un engaño utópico e inducido. El filósofo francés Alain Badiou, comunista en vertiente maoísta, atento a la evolución del radicalismo español de izquierdas desde la manifestación popular del 15 de mayo de 2011 en distintas ciudades españolas, sobre todo Madrid, reconoce en conferencia de 2014 impartida en La Sorbona que la guerra de España es el momento más crucial del proyecto marxista. Y tal vez único en la historia del mundo, añade. Una página brillante del comunismo poético. En 1936 se luchaba a favor o en contra del marxismo y comunismo ya instaurados en la República. Stalin preveía introducir una cuña revolucionaria en el sur de Europa. A Franco aún lo consideran bastantes hemerotecas internacionales como el general que venció al comunismo. ¿Se replica hoy el paradigma de entonces con nuevo giro de elipse según la imagen geométrica que Lenin tenía de la Historia? ¿Y con revisión bolivariana en reversión de mentes y acólitos chavistas?

A la Transición quieren convertirla también en otro trámite. Creímos que eran sólidos los fundamentos. Sin embargo, se tambalean. Coincide la oscilación con el desconcierto ideológico del partido más experimentado en gobiernos desde 1982. El socialismo español carece de horizonte y tiene grietas profundas. Para repararlas revuelve el trasfondo histórico intentando rehacer su discurso. Le pone coto a la memoria presintiendo que el análisis de la realidad vivida afecte a recuerdos imborrables. Instaura entonces criterios de verdad autógenos, circulares. Los principios de antaño carecen hoy de vigencia y los líderes no encuentran vetas nuevas de ilusión y riego democrático. El Partido Socialista languidece. Disimula la pobreza de ideas con fantasmas remotos. Lo cierto es que apenas existió como partido sólido más allá del largo período de Felipe González en la presidencia del Gobierno (1982-1996). Y Felipe fue una apuesta multimillonaria de Europa para que España se uniera al nuevo proyecto del continente. Y cediendo lo más productivo de su cosecha. Sin aquellos millones, el PSOE se desnorta. Requiere impuestos que eran ahorros y préstamos transformados en negocios de y a costa de emigrantes españoles. Y tramita ahora, con otros partidos, una nueva emigración foránea que supla con mano de obra barata aquellos ingresos ya históricos.

Sabiéndolo, y aplicándole más fino análisis dialéctico, el comunismo incide en la quiebra ampliando la vibración del tambaleo. La ocasión es propicia. Fragmentada la derecha por impacto de la corrupción, quebrado el socialismo tanto o más corrupto, pero ágil en salvar apariencias y borrar huellas, se impone el salto de una síntesis utópica, pero a lomos del caballo que más relincha. La sagaz moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy (2011-2018) a finales de mayo y principios de junio de 2018, pinzada antes y después por los comunistas, fue, con los votos logreros del Partido Nacional Vasco y la ensalada mental de Ciudadanos, el caballo de Troya ideado por los soberanistas catalanes para asaltar el Gobierno y su ciudadela pasmada. Humean aún los restos candentes del asalto a la democracia constituida en 1978.

La moción de censura pudo ser un arrojo ético ante la corruptela del poder. Encubría, sin embargo, otra más profunda para ganar tiempo y sepultarla con carambola de trámite. El fracaso del independentismo catalán refugió sus ardides en la ambición de gobierno de los socialistas ante el descalabro de la socialdemocracia europea en Francia, Alemania y su goteo de audiencia en España. No había un programa político. Solo la oportunidad y ventaja que la sentencia al consorcio Gürtel deparaban (mayo de 2018). Y se aprovechó astutamente. Y ahora, la tentación del precipicio. El señuelo de impunidad ante el delito máximo de Estado: subvertirlo, seccionarlo. El trámite de turno —la praxis marxista, lo útil político— exige asumir los crímenes de Estado, sean muertos o una secesión declarada del país. El pueblo español pide votar de nuevo. A fuerza de voto, tal vez sepa qué busca.

Esta kultura (aún con “k”) del trámite es peligrosa. Un engaño tan enraizado en la sociedad española que a nadie inmuta. Ortega y Gasset lo denominó en 1916 (¡un siglo!), y refiriéndose a la política, “el imperio de la mentira”. Al no ser nada lo que es y convertir las instituciones en puro trámite de conveniencia, se impone el postureo, el diálogo fingido, el fenómeno pixelado con efecto retroactivo de posverdad y mentiras que, reiteradas, trastocan los valores ontológicos, éticos, sin duda históricos. El decurso del tiempo narrado se hace reversible y se puede plegar, envolver, comercializar a gusto o disgusto. Depende del alza de mira con que se invierta el horizonte. Y hasta se llama nuevo a lo que, vetusto, se aferra, como dice Ortega de lo viejo, “con todos sus privilegios de hábito, autoridad y ser concluso”. Los atributos han cambiado —apariencia, pose, astucia y vacío mental—, pero la esencia es la misma: consolidar el puesto, la figura, el rango, el cobro.

Ortega cifró el método cognitivo en la perspectiva monadológica de Leibniz, pero el punto de vista o enfoque que desvela por tanteo perceptivo la esencia de cada cosa no sustituye ni camufla la sustancia concebida, en cada caso, como propia. Los seres siguen teniendo entidad. Determinarla sí es aventura del conocimiento, el grado máximo de aspiración existencial desde el Logos platónico y la empiria aristotélica. El destino de cada hombre en el mundo con su “misión de verdad”. Y ante el conocimiento, la política se sitúa como “actividad espiritual secundaria” o “pensamiento de lo útil”. Es algo imprescindible en la vida, pero no supremo ni soberano. Y si la praxis de los recursos sustituye al método analítico y el ansia de certeza, o lo útil se convierte en criterio de verdad e invade vida y conciencia, la política se vuelve, dice Ortega, “morbo gravísimo”. Trastoca el semblante de las cosas adaptándolo a sus trámites y redes.

Al considerar el perspectivismo orteguiano, fácilmente comparable con el estado líquido postmoderno, se olvida que el filósofo madrileño busca la confluencia de la realidad y el engranaje perceptivo en su correlación mutua. La labor común del espíritu —léase intelecto, si alguien se asusta— ahí emplazado: “En vez de disputar, integremos nuestras visiones en generosa colaboración espiritual”.

Por olvidar, olvidamos también que el correlacionismo ontológico, sus derivados jurídicos, éticos y teológicos, los sostuvo, y con fundamento lingüístico antes también que Heidegger, el lingüista, filósofo, teólogo y canonista gallego Ángel Amor Ruibal. Un cura embebido en gramáticas históricas, especulaciones de física atómica y genética, atento también, en su parcela de aggiornamento eclesiástico, al presentimiento y rumor de “lo nuevo” que intuía Ortega a comienzos del siglo XX con impulso pascaliano. La inscripción del hombre en el universo: vir et mulier in unum. El ser-ahí existencial, el Da-sein de Heidegger celebrado también por Antonio Machado como aurora mental de la poesía. Alain Badiou debiera leer, con los heterónimos de Pessoa, a los machadianos Abel Martín y Juan de Mairena. El aquí o entorno adverbial de la vida. Su palabra. El proyecto que la realidad origina en la mente embrionaria del hombre. Sin ideas y palabras auténticas, el cerebro choca con las cosas como si fueran bultos o fantasmas emergentes.

Y abultada, fantasmagórica, se presenta la situación política y cultural de España en estos momentos.