Opinión

El verano violento: Carmen Jodra y Eduardo Gómez

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Martes 30 de julio de 2019

Llega la muerte con guantes de jardinero, los cánceres encabalgando las peores ruinas, se apagan las voces blancas e irónicas, mueren los mejores, la muerte es rio negro caudaloso bajo los pies de todos, las sonrisas marfileñas se vuelven opacas por el recuerdo, nacemos para morir y el miura no descansa, sed de vida y belleza, cuánta pena negra, cuánto luto abrasador, el corazón es piedra y todos los ciegos lo venden tendido en la mano a la puerta de las mejores iglesias como si fuera un sapo. Carmen Jodra, la belleza de la palabra, las mejores palabras en el mejor orden, y Eduardo Gómez, actor, puro pueblo y picardía, bigotillo de ingenio tras la barra casual, cañita y costumbrismo, obreraje y mina, el humor a todas horas por parte de todos aquellos que se morirán sin saber si el dinero trae o no la felicidad. La fuerza centrípeta del tajo diario, al pairo, y su orgullo.

Carmen Jodra nació como poeta de culto: Las moras agraces fue libro radioactivo y minoritario, Premio Hiperión por la televisión, consagrado por Francisco Umbral en su columna, recogido por Luis María Anson en sus antologías, contado por los pueblos en la voz de José Hierro a íntimos y desconocidos. Los maledicentes hablaban de “ejercicios de estilo”, la poeta se descojonaba, sostenía que el arte era un mero juego, y que lo único que contaba era pasárselo bien en el trance. Empezó de jovencita leyendo una biografía de Omar Jayyam, a partir de ahí escribe versos inspirados en sus cuartetas y con metro octosílabo, muy similar a las nanas infantiles y por ahí todo seguido. Pasa a Lope y Quevedo, se crece en el soneto como otros lo hacen en el castigo. Pasa a los decadentes franceses, hace sonetos satánicos a la cola de Baudelaire. Pasa a Huidobro, busca romper la estructura al modo creacionista, también en Gerardo Diego. Busca el musgo y fuego provenzal, los poemas del campo de Miguel Hernández pero también de Lope, a los que trenza en un lazo rosa. Jamás, nunca, solo muy al final, hizo verso libre (“el menos libre de todos los versos”), por influencia Luis Alberto de Cuenca, siempre el metro como presencia, ajena a los fáciles poetas de farfolla, ruido y nada.

José Hierro quedaba asombrado sobre cómo rompía sus sonetos, el uso de los dáctilos, cómo quebraba el endecasílabo con heptasílabo, sacaba el libro Las moras agraces y se lo leía a todo el mundo. Preguntada por la cuestión, Jodra Davó decía que lo mismo hizo Góngora en las liras, sin el menor misterio. Álvaro Delgado retrataba a la ninfa con pasión de pinceles y alucinación. La voz espesa y barroca de Góngora rompía el himen de la niña, además de sus hallazgos al descubrir la rima interior o doble (“como provoca vértigo la boca”), que Umbral tanto subrayó en trazo grueso y estelar. Remataba Umbral sobre su obra: “Cuando la forma trasciende el fondo y lo mejora, cuando la forma se desentiende del fondo y habla, es cuando el poeta está logrado”. Ironía, valentía, riqueza, humildad en esa voz clásica, anacrónica, sugerente: el mayor delito. Los líricos griegos y latinos, al envés de su cristal o dioptría, eran lo mismo que el botellón para los poetas analfabetos, sin la tortura y armónium del Siglo de Oro, sin la brida y diligencia de una poesía donde enloquecer.

Eduardo Gómez en la televisiones monologuizantes colgadas del techo de los peores tugurios (Aquí no hay quien viva, La que se avecina, Gym Tony…) o en películas de ocasión, braga fácil y bajada por el viento (Todos a la cárcel; La gran aventura de Mortadelo y Filemón; Anacleto, agente secreto…), tenía el heroísmo de los feos que jamás quisieron ser guapos, grandeza de tipo corriente que si las modelos se descuidan las llevan a la cama o les roban la cartera, el humor como anzuelo y el ingenio sin cultura como el mayor cepo. Pegar la hebra es todo, luego el bisni sale solo, sin forzar. Prefirió ser flaco a ser famoso –como el relato de Kerouac- y resultó en los pasos de peatones más popular que nadie, rey del selfie, del toqueteo y del beso pegajoso con las yogurinas calentorras a punto de hervir. Acabó en actor de casualidad, por un casting donde acompañó a algún colegui, le pidieron que hablase y todo el mundo se reía sin motivo, lo mismo que Jodra: forma y no fondo, lenguaje negro de los gigantes.

Un montón de directores castizos –la escuela de Santiago Segura o Álex de la Iglesia- quisieron poner coto al mainstream hollywoodiense con feos muy feos, el feísmo hiperbólico, puro fetichismo, feos cercanos a los animales de compañía: Luis Ciges, Saturnino García, Benito Pocino, Eduardo Gómez. Tenía la mímesis, el guiño del proletariado español, lo que un día también fueron Manolo y Benito por la tele como albañiles chapuzas, y eso es otra realidad, sueño y no crónica, porque aquí el héroe vive por delante de sus desgracias y las torea en duelo al natural: una deuda, unos cuernos, una depre, lo que toque. Grande Eduardo Gómez, jamás secundario, todavía se mastica en el aire su risa metálica -con tanto de tranvía o ametralladora- contra los huevones que no saben vivir. Fue un bernini, barroco hacia dentro, listo y ágil como una liebre.