Opinión

La Victoria, primer Apolo XI

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Jueves 01 de agosto de 2019

Recién cumplidos cincuenta años de la llegada del primer hombre a la luna, en los últimos días la proliferación de reportajes, documentales e incluso película (con material inédito), muchos han tomado conciencia de la dimensión de la epopeya que culminara con el alunizaje del Apolo XI. Pues bien, hace ahora 500 años del inicio de otra aventura cuyas dificultades no son menores sino que más bien sobrepasan a las que supuso para los hombres y mujeres (estas menos, desgraciadamente) de la segunda mitad del siglo XX la carrera espacial. Y es que, sin atisbo de exageración, bien puede afirmarse que los 239 hombres a bordo de las cinco naves que el 20 de septiembre de 1519 partieron de Sanlúcar de Barrameda, el cabo Cañaveral de la aventura americana (luego planetaria), se enfrentaban a desafíos y, por qué no decirlo, miedos, comparables (cuando no superiores) a los de los astronautas de la década de los 50 y 60. Entre otras considerables diferencias, los primeros circunnavegadores no tenían un conocimiento previo, siquiera aproximado, del camino a transitar, ni en consecuencia disponían de mapas o cartas que sirvieran como guías, como tampoco hubo vuelos de prueba ni simulador alguno (ni por supuesto, un Houston para resolver problemas).

Los nombres de Fernando Magallanes y Juan Sebastián Elcano aparecen unidos para siempre. Pocos casos hay en la historia en la que no pueda designarse a un personaje sin otro (el matrimonio Curie, “Bonnie and Clyde” o Romeo y Julieta figurarían entre ellos, perteneciendo el último ejemplo al ámbito literario). Así, ambos aparecen unidos para siempre en una extraña simbiosis, teniendo en cuenta que no existió precisamente una buena relación entre ellos. El hecho de que fuera el de Guetaria quien culminara finalmente la aventura no dejó de ser una sorpresa (no era de los destacados inicialmente en la expedición), lo que, por otra parte, da fe de la extrema dificultad de la empresa emprendida.

La aventura (auténtica gesta, si bien este término parece hoy rechazarse por un prurito incomprensible) tuvo todos los elementos de las mejores películas de acción, no faltando algunos que pudieran aparecer inverosímiles incluso para un guionista de cine actual. En primer término, y sobre todo, el océano, auténtico espacio desconocido para los “cosmonautas” de comienzos del siglo XVI. La expedición iba a recorrer una parte del planeta, la mayor del mismo de hecho, que no había sido surcada antes por el hombre (con el inmenso Pacífico a la cabeza). Un elemento lleno de peligros, algunos de ellos terroríficos para la mentalidad humana de hace cinco siglos, como demostraría el episodio del fuego de San Telmo, y sobre todo, el riesgo de que la falta de viento o la lejanía de la costa hicieran que el navío se perdiera para siempre (por decirlo de manera eufemística), de manera semejante al riesgo de que, ante la falta de combustible u otra eventualidad, una nave espacial o un astronauta no puedan regresar a la Tierra orbitando para la eternidad. La tensión, la zozobra digna del puente de mandos de la mejor “Enterprise”, fueron constantes en las cubiertas de las naos expedicionarias, con momentos culminantes propios de un Odiseo moderno. Así, por ejemplo, la búsqueda del “paso” estuvo llena de intentos fallidos que muy bien pudieron haberse cobrado el máximo precio, y sólo la extremada pericia y el tesón de los navegantes pudieron finalmente conseguir delinear lo que hoy llamamos Estrecho de Magallanes. O, por rememorar el nadir de la expedición, la travesía de tres meses por el infinito Pacífico sin atisbar tierra y, sobre todo, sin saber qué les aguardaba, puso a prueba la resistencia e incluso la humanidad de unos hombres que, pese a lo que hoy pudiera parecer, no eran tan diferentes a nosotros.

De otra parte, el extraordinario viaje presenta una combinación de belleza y brutalidad en elevadas dosis. La contemplación por vez primera por ojos europeos de las que posteriormente serían bautizadas como Nubes de Magallanes son un momento evocador de la primera. Por contra, se vivieron situaciones de inusitada crueldad, con frecuentes rivalidades y motines saldados con las peores consecuencias, como el abandono en Tierra de Fuego, sin posibilidad alguna de supervivencia, de varios de los amotinados contra la capitanía del marino portugués. En este aspecto, no debe olvidarse que la empresa fue una empresa humana y, es más, llevada a cabo en las condiciones más extremas para un ser humano, con constantes situaciones en los que los sujetos eran puestos al límite, en donde cada decisión, cada vacilación, podía dar al traste no sólo con la expedición sino con las vidas de todos los participantes. Por lo demás, las peripecias una vez alcanzadas las Marianas y las Molucas son dignas de las en nuestros días tan aclamadas series televisivas: batallas con desproporción abrumadora de efectivos y hombres (una y otra por cada bando) que acaban con la muerte del protagonista, traiciones, matanzas en el curso de una cena de hospitalidad… Y, además, un viaje “de vuelta” para la extenuada nave supérstite, la Victoria, que había de realizarse atravesando los dominios del gran enemigo de la época, Portugal, con el consiguiente peligro de caer prisionero. La “persecución” lusa de Elcano por el Índico y el Atlántico africano no constituyó precisamente una jornada final apacible para los ánimos y nervios de los marineros (doce de ellos fueron hecho prisioneros por los portugueses en Cabo Verde), siendo solventada gracias a la astucia y la habilidad técnica del capitán vasco.

Difícilmente hoy podemos imaginarnos lo que sintieron los dieciocho hombres que arribaron el 6 de septiembre de 1522 a las costas donde muere el Río Grande. Cuatro años habían transcurrido desde que dejaron casa y familia. Cuatro años en los que vieron y sintieron lo que nunca antes quizás otro grupo humano había visto o sentido, con la excepción probablemente de aquellos homínidos que habían descubierto miles de años antes la naturaleza y su capacidad de comprender, y dominar por tanto, parte de ella.

No obstante, como bien nos recordara José Luis Comellas en su deliciosa obra “La primera vuelta al mundo”, ésta no fue sino una muestra más (la cimera bien es verdad) de la enorme aventura protagonizada por los hombres de la mar nacidos en tierra española. Loaísa sería el primero en doblar el cabo de Hornos, auténtico fin del mundo de la época, en una expedición en la que también se embarcó Elcano (y en la que encontraría la muerte). Urdaneta descubriría la ruta del “tornaviaje”, esto es, el modo de regresar desde Oriente a América por el Pacífico. Muchos lo habían intentado antes que él, pereciendo en mitad del océano en medio de una mar en calma y un sobrecogedor silencio. Fue el marinero vasco quien yendo más al norte (ya cerca de Japón) dio con la corriente y los vientos que permitían el viaje de vuelta. Otros como Saavedra Cerón y Fernández de Quirós serían los primeros europeos en llegar a Nueva Guinea y Tahití, respectivamente, cabiendo citar también a Torres, quien vislumbrara la costa australiana, recorriendo el estrecho que hoy le rememora.

En definitiva, España hizo el mundo más pequeño, poniendo la simiente que permitiría siglos más tarde la actual aldea global. Todos ellos buscaban fama y, por qué no admitirlo, riqueza, pero (aparte de que dichas pulsiones se hallan detrás de la gran mayoría de acontecimientos históricos, siendo consustanciales al ser humano) ello no oscurece ni un ápice los méritos de la tarea realizada. Se enfrentaron con gran valentía (otro sustantivo casi innombrable hoy en día) y entereza a lo desconocido. Nuestro país ha dado decenas de capitanes Scott, justo es, pues, que no caigan en el olvido.