Tras muchos meses de espera, llega por fin a mis manos el número ocho de Vacaciones en Polonia, el mejor fanzine disponible hoy en día en el mercado nacional, y ello a pesar de que la internet, con sus blogs, sus canales de Youtube y las abominables redes sociales, haya permitido a todo dios convertirse en divulgador y dado al traste con el mercado natural de este tipo de publicaciones, aunque la edición de revistas al uso también haya sufrido un significativo bajón. Comparemos, así, la penuria de un quiosco bien surtido de nuestros días frente a la exuberancia de material a disposición del púbico hace un par de décadas en un establecimiento de similares características, donde al lado del porno en papel satinado figuraban los últimos números de revistas especializadas en aerostación, ornamentos de iglesia o cebos de pesca
Para quien no se halle familiarizado con el término, la palabra fanzine, mixtura de los vocablos ingleses “fan” y “magazine”, hace referencia a un tipo de publicaciones de contenido underground y espíritu amateur que funcionan en mayor o menor medida al margen de los canales ordinarios de distribución,. Aunque su origen se ha datado a principios del siglo XX como una evolución natural de las plaquettes literarias, el surgimiento del punk en Europa en la segunda mitad de los setenta produjo una significativa eclosión del fenómeno. Los seguidores de las bandas vinculadas a este movimiento, generalmente ignoradas por los medios de comunicación, elaboraban a base de corta-pega y con los escasos recursos disponibles por entonces —grapadora, cola arábiga y fotocopiadora— unos toscos opúsculos de andar por casa donde canalizaban sus inquietudes, entrevistaban a sus afines o comentaban su obra, y que repartían entre los adeptos por un precio irrisorio. En España asumimos con gran vigor este resurgir del fanzine a partir de los ochenta, si bien en las siguientes décadas el producto fue evolucionando tanto en su temática, ya no necesariamente vinculada a las subculturas pop, como en su apariencia, cada vez más elaborada gracias a la democratización tipográfica propiciada por la informática, hasta el punto de que actualmente algunos de ellos nada han de envidiar a las revistas convencionales con su flamante ISSN, su depósito legal y el resto de sacramentos, ello si no constituyen un producto de superior calidad, como ocurre en el caso que nos ocupa.
Sentadas estas premisas, Vacaciones en Polonia (VP, en adelante) solo ha de considerarse un fanzine por cuanto su vocación es irreductiblemente contracultural y no lo sustenta un grupo editorial al uso, pero el acabado goza de una irrefutable calidad en forma y contenidos. Respecto a la primera, los redactores no se muestran remisos a la hora de volcar su erudición en cada uno de los monográficos editados hasta la fecha, que rondan por exceso o por defecto las doscientas páginas, aunque en un par de casos las superan con generosidad. El texto se presenta con una abigarrada tipografía, cada reportaje con su propia composición en la mejor tradición fanzinera hasta el punto de que ninguno de ellos resulta comparable al contiguo; asimismo, se incluyen unas ilustraciones que denotan un ingente fondo de armario por parte de los redactores. Por si no resultara suficiente tal abundancia informativa, las dimensiones de la página (240 mm x 300 mm) permiten acoger en su superficie mayor cantidad de texto que en otro tipo de formato.
Pero nada de lo anterior merecería reseñarse si el contenido no fuera digno del esmerado envoltorio. En este sentido, no le quepa duda al lector de que la exhaustividad, criterio y dominio por parte de los colaboradores acerca de los asuntos abordados permiten despejar cualquier tacha de amateurismo, al contrario de lo que ocurre con la generalidad de los fanzines, pues aun con resultar interesantes su temática y elogiables sus intenciones uno suele echar de menos mayor esmero en la corrección de estilo, algo no incompatible con el carácter transgresor inherente a estas publicaciones. En VP, los textos podrían figurar en cualquier tratado académico, y ello denota por parte de quienes lo urden un profundo conocimiento del material que se traen entre manos y un deseo de compartirlo con sus fervorosos lectores.
Como ya he mencionado, las ocho entregas (en realidad seis) constituyen otros tantos volúmenes monográficos. Los números uno y dos, ya descatalogados, hacían honor a la cabecera de la publicación y se ocupaban de ofrecernos un prolijo repaso de la literatura polaca, con la que no nos hallamos muy familiarizados por estas latitudes. Figuran en sus páginas semblanzas sobre Gombrowicz, Kantor, Mrożek, Swirszczynska o Lem, entre otros, así como un sinnúmero de talentos de menor renombre sometidos a certero análisis con profusión de fragmentos de sus obras. Estas dos entregas originarias se reeditaron conjuntamente hace un par de años como número siete de la colección, un detalle que los aficionados sin oportunidad de adquirirlas en su momento nunca agradeceremos lo suficiente.
Por el número tres (“Suicidios y literaturas”) desfilan figuras tan variopintas como Maiakovsky, Topor, Wendy O’Williams, Sá Carneiro… si bien destaca un estudio sobre el suicidiódromo español por excelencia, el Viaducto de la calle Bailén, en lo que constituye una obra maestra del género reporteril que releo cada cierto tiempo. La joya del volumen figura en el apéndice, una lista “suicipédica” donde se glosan alfabéticamente la vida y obra de ¡trescientos cincuenta y cinco! escritores que decidieron poner fin a su existencia por medios inducidos, y cuya relación la cierra, como no podía ser de otro modo, Stefan Zweig, pues parece difícil que con semejante apellido alguien pueda arrebatarle el puesto. ¿Mi favorito? Sin duda Gabriel Ferrater, quien a punto de cumplir los cincuenta se quitó de en medio para “no oler como un viejo”. Tomen nota esos suicidas frustrados que circulan por ahí.
El número cuatro (“Literaturas antropófagas”), gracias al cual conocí VP, contiene un dossier sobre el movimiento antropófago brasileño y sus prosélitos (Oswald de Andrade, Tarsila do Amaral, Emiliano di Cavalcanti...), un imposible pero sugerente cadáver exquisito pergeñado por Jarry, Sartre, Woolf o Derrida, un estudio acerca de la obra de Perec, una miscelánea con reseñas sobre Virgilio Piñera, Jonathan Swift, Flávio de Carvalho, Xavier Forneret o Roberto Arlt, una breve semblanza de criminales famosos que acostumbraban a deglutir a sus víctimas, extractos de la obra de Lydia Lunch, Jean Lorrain, Robert Bloch... En sus siguientes entregas, los polacos echan el resto, pues lanzan al mercado de manera simultánea los números cinco (“Literatura y dinamita”) y seis (“Utopías literarias”), un par de tochos que en su conjunto sobrepasan las quinientas páginas en una maniobra anticomercial difícilmente superable y ante la que no cabe sino quitarse el sombrero por la audacia de sus instigadores. Resulta difícil resumir tal compendio de información; baste saber que el primero de ellos aborda una amplia panorámica de los movimientos anarquistas y su influjo sobre la literatura de principios de siglo, la bohemia madrileña, los refractarios, La Comuna o el lumpen en su más amplio sentido. Aparecen por sus páginas Sawa, Ravachol, los futuristas… La relación de autores, como de costumbre, se presenta inabarcable. El número seis, por resumirlo de un modo muy tosco, se ocupa de diversos autores adscritos a movimientos que a través de la literatura pretendieron cambiar, subvertir o derogar los valores sociales imperantes (Fourier, Debord, Butler…)
Con todo, es el espíritu del VP lo que subyuga a quienes hemos sucumbido a sus encantos, pues el conjunto deja traslucir un aura de extrañamiento conferida por ciertos resortes como el anonimato de sus colaboradores preservado mediante seudónimos, su periodicidad testicular o, en fin, una ausencia de información autorreferencial sobre la propia publicación que lo lleva a uno a preguntarse de dónde coño habrá salido eso que está leyendo.
Cuando haya asimilado el contenido del número ocho (“Literaturas a la sombra”), les cuento.