Opinión

Trieste eterna

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 12 de agosto de 2019

Las ruinas del teatro romano y el neoclásico de la piazza Unità d’Italia contemplan diariamente el atardecer en forma de marina adriática, en una Trieste serena, secreta, ambivalente, armonizada. La ciudad de las paradojas posee una cualidad única: la adopción de la decadencia como constante, de la costura de los hilvanes sueltos de la historia como ritmo vital; la urbe italiana se ha instalado, en definitiva, en un otoño dorado, permanente y terminativo como valor seguro. Porque (casi) nada ha cambiado desde hace doscientos años en la cuna de Italo Svevo y Umberto Saba, y también de otros menos conocidos, como Giani Stuparich o Franco Vegliani. Sin ir más lejos, el triestino Claudio Magris, ya octogenario, sigue acudiendo al caffè San Marco, aunque hemos salido a su encuentro en vano: estaba “nelle isole”, en Cherso, nos dice nuestra querida Mercedes Monmany, amiga del escritor.

El visitante se deja literaturizar por lo triestino: en parte, gracias a eso, se vive en esta pequeña industria literaria que es Trieste, ciudad de duques, cúpulas, soportales, arcángeles, galerías de arte, anticuarios, palacios decadentistas, vegetales de granito, frondosidades de piedra y cajeros de banco. Porque el caminante participa, aun sin quererlo, de la tertulia, de las librerías y bibliotecas, de las apresuradas idas y venidas de Joyce a la academia Berlitz para impartir clases a los hombres de negocios que no sabían ni una palabra de inglés y querían hacerse ricos expandiéndose en el mercado anglosajón. Trieste es una ruta de Svevo y de Joyce, que se estimulaban las metáforas en el caffè Stella Polare. Por ejemplo.

Pero también es la Trieste de otros foráneos, como el alemán Veit Heinichen, librero además de escritor, como lo fue Saba, y que le da al género negro. Allí, en el varadero en que se ha convertido este recodo de Europa, ocurren cosas sin que ocurra nada, como la muchacha que nos sale al paso y nos ofrece espontáneamente su ayuda a las puertas del Hotel Duchi Vis à Vis, mientras tratamos de orientarnos. La ciudad es un cruce de países y civilizaciones: es tan renacentista como los italianos, tan psicoanalista como los austriacos y tan sosegada como los eslovacos. Hay que entender la nobleza triestina así, como aristocratizada toda, viviendo de su antiguo esplendor, del brillo del castillo de Duino y el hospedaje de la princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenlohe, que era una belleza proustiana y traía locos de patrocinio a Rilke y a Hugo von Hoffmansthal, que no se querían marchar de los palacios. Dejó escritos unos deliciosos Recuerdos de Rainer Maria Rilke que lo explican todo. Queremos una madrina así, amantísima y ubérrima, de besos escondidos entre candelabros y hachones y zapatillas nobles con olor a perfume. Liszt un siglo antes compuso también en la fortaleza palaciega su “Teresa” para la princesa Teresa Hohenlohe. El castillo es en su base un inmenso búnker, que fue lugar estratégico de guerras mundiales. Bajar a la profunda cueva y leer la historia de la liberación del palacio por parte de los aliados, en manos de los nazis, se asume con penumbra infantil y ojos de una candidez nueva y cinematográfica. Aquí un casco herrumbroso de un soldado del III Reich; allá el yelmo de un soldado de infantería australiano. Y el Castillo de Miramar, mandado construir por el archiduque Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, y diseñado por Carl Junker entre 1856 y 1860, se yergue en la cornisa dando precisión y continuidad a la línea palaciega del golfo triestino. Allí vivió el duque Amadeo de Aosta, del que queda el nombre de un hotel magnífico, damos fe, de solera genealógica, objetos minuciosamente elegidos, un largo aroma matutino a mermelada y huevos revueltos y una fila de nobles autoexiliados que desayunan la tinta de todos, absolutamentetodos los periódicos sobre sofá de piel.

Sí. Hay algo de mecenazgo y amparo de genios en horas bajas en Trieste, como Svevo o Rilke, que pasaron de la vaguedad a la inmortalidad frente al infinito mar de Trieste. Hijos de banqueros, economistas, letrados y notarios que querían ser escritores y que hallaron aquí las razones que les hicieron cambiar las tornas. Sus calles, cuajadas de otras vidas en blanco y negro y de mujeres marmóreas de pechos rotundos y cobijadas en hornacinas, conforman una red hipnótica de rincones de tiempo. De tanto en tanto, una fuente coronada por dioses, faunos y ninfas como un orfeón que ríe con agua. Las novelas, tan conocidas, toman forma corpórea en los regatos de Trieste y tomarse un vino terrano o un friulano en los lugares de antaño le dan otra dimensión al viaje, con las crudas grutas y montañas al fondo habitadas por duendes pelirrojos de piel lechosa. Café y salitre, lírica teatral y conspiración, bendita y continua, contra las urgencias, las prisas, los afanes...

Trieste, en medio del oleaje de razas y culturas, olorienta e insólita, es italiana de casualidad. La pinacoteca del sobredorado palacio del emprendedor Pasquale Revoltella es magnífica: allí reposan en sus paredes Zuloagas –“Lola, la gitana”– y Bilbaos –“La esclava”– como una nota de color hispánico junto a obra del país, abundosa en desnudos de lienzo, bodegones vivísimos del siglo XVIII y marinas que rozan el cubismo. El funeral de un niño pintado por Arturo Fittke se entrelaza, armonizando imposibles –esa sería una definición de la vida–, con la primera comunión, una asombrosa pieza precursora del hiperrealismo realizada por el noruego Carl Frithjof Smith. “Lo recuerdo todo, pero no comprendo nada”, dice Zeno Cosini en La conciencia de Zeno. La Mitteleuropa heráldica de Trieste ennoblece desolaciones y existencialismos, dándoles un sentido y una lógica, y hasta reviste todo de un disfrute dignísimo: acaso esa sea la clave secreta del tiempo. Que no es poco.