Opinión

La persona me da miedo, las personas no

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 12 de agosto de 2019

Pongamos que hablo de Dios Padre: ¿cómo es posible, si nadie le ha visto?

Pongamos que hablo de Jesucristo, que es hombre sin dejar de ser Dios y que es Dios sin dejar de ser hombre, aquella cruz donde el absoluto vertical y la anonadadora muerte igualitaria se besan. ¿Hay alguien que pueda explicarlo?

Pongamos que Jesucristo es el misterio del hombre que cree en Jesucristo, que cree tanto en Jesucristo que se sabe llamado a cristificarse, es decir, a convertirse en Jesucristo, el cual pide al hombre que sea tan perfecto como su propio Padre celestial es perfecto. Eso pide implicación, pero no ofrece explicación.

Todo ello puede creerse pero no demostrarse discursivamente, si bien expresa la condición del creyente: creyente es quien cree en el misterio. En el caso del misterio cristiano, un misterio de misterios: el misterio de Dios en el hombre, el misterio del hombre en Dios, el misterio del hombre para sí mismo, y el misterio de sí mismo para los demás.

Dicho misterio lo confiesa (y no sólo lo recita) el cristiano en el credo: “Creo en Dios padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y de todo lo invisible”. Y, en la medida en que el cristiano cree en lo invisible, cree también en muchas dimensiones invisibles de lo meramente visible que ni siquiera son barrunto o trasunto de las visibles. Creyente, y por ende esperante: espera llegar a palpar la luz que estaba eclipsada por su ceguera.

Lo invisible. El amor no se ve, la matemática no se ve, lo esencial es invisible a los ojos. El hombre mismo es a la vez visible e invisible, nadie se conoce del todo a sí mismo ni a los demás. Lo desconocido forma parte de lo conocido como lo muerto de lo vivo y a la inversa. La invitación de Sócrates (“conócete a ti mismo”) se asemeja en algo al “sed perfectos”; realmente ambas máximas son misteriosas, pues el hombre real dionisiaco no está a la altura del hombre ideal apolíneo. Nadie es la medida de sí mismo, el narcisista se equivoca. Yo me equivoco. Somos equivocándonos, es decir, invocando nuestro propio nombre de modo distinto a como el nombre debería ser invocado.

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Dicho en griego, el anthropos no coincide con su daimon o yo profundo. Aunque llamado a la felicidad (eu-daimonía, espíritu bueno), no puede evitar el desdén de Desdémona (dis-daimón) que hay en él. Cuando digo que eres bueno hablo categorialmente de un ideal de perfección, de tu daimon, pero no de ti Leibhaftig, en carne y hueso: nadie es del todo bueno, como tampoco del todo malo. Bien y mal son un más allá de lo bueno y de lo malo concretos. El bien y el mal no son categorías del ser: ser y no ser son categorías del bien.

El daimon bueno es vida (eros), el malo es muerte (thanatos), y ambos inseparables: la herida de la vida y la herida de la muerte son una misma herida, la herida del humano. Vida y muerte se copertenecen, quien no lleve una buena vida tendrá una mala muerte. La tanatología no consiste en echar unas lagrimitas para así elaborar el duelo de forma tacaña cuando el finado o finada ya hizo pío pío y después ¡de excursión con el Inserso!

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Pongamos que hablo ahora desde la creatividad del artista. Pocos humanos gozan y sufren tanto al mismo tiempo como los generadores de belleza. Los artistas de verdad son genios desquiciados, locos egregios. Hacen la estatua hermosa, pero necesitan darle un martillazo para que hable una vez que está concluida. O la reelaboran mil veces en forma diversa, como el obsesivo Rodin, cuyo “pensador” es la metáfora del arte. Pensar es una obsesión gozosa y al mismo tiempo trágica, nadie piensa todo, lo mejor del conocer nos aguarda en el subconsciente. Ahora bien, lo que es mejor en el subconsciente es también lo peor del subconsciente, pues cuando éste emerge a la conciencia pierde fuerza y genera un nuevo subconsciente que lo reemplaza. Conciencia que es subconsciencia y subconsciencia que una vez convertida en conciencia pasa a ser sustituida por otra subconsciencia, así es el pensar y así es el penar: el hombre iceberg interminable. Aquí ni Descartes ni Freud fueron humildes.

El artista busca dibujar iconos, pero se enreda en el eikon. El ícono hace transparente los rostros de quienes lo contemplan, el ídolo subyuga y roba las miradas ajenas para concentrarlas sobre sí mismo. Cada quien vive en tensión la distancia entre sus dimensiones icónica e idólicas o idolátricas. Dice el ícono: “yo soy mi mano sosteniendo la tuya, tú eres tu mano sosteniendo la mía”; pero el ídolo: “yo soy mi mano sosteniendo mi otra mano”, y por ende sin tu abrazo (brazo sin mano). Mano que lava la propia mano y no los pies ajenos, el idólatra muere por lavarse compulsivamente sus manos sucias para aparecer más limpio, o se las lava para que se las ensucien otros, e incluso abre las puertas con los codos porque teme ensuciarse con las huellas ajenas. Dice el icono: nosotros podemos, yo más y tú más; dice el idolo: sólo yo puedo, yo más y tú menos. Pero la vida, polvo sí, mas polvo enamorado, es el hueco de ser en el seno del ser, el lugar donde coinciden los opuestos.

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Pongamos que hablo, por fin, de la paz y de la guerra, es decir, de Orgé, esa jánica palabra bifaz que por un lado significa orgullo, orgía y orgasmo, pasión que llora y apasionamiento que ríe, diástole de un alma que estaba encogida y que se expande hasta terminar poseída por su propio dinamismo, como en la película de Werner Herzog Aguirre, la cólera de Dios. Pero esa locura pánica que nos arrebata enteramente (ese pánico) es al mismo tiempo algo que nos potencia, nos entusiasma, nos llena de Dios, del Dios Libertad por Cervantes definido como el don más grande concedido al ser humano, antítesis del perfil mediocre del hipocampista asustado por la vida. Divina locura, aquella que es una orgía de amor: Violenti rapiunt illud, recordaba Mounier a los falsos prudentes.

Pánico, vida para el todo que no quiera ser algo en nada, sin miedo a lo pequeño de la angosta angustia que te hiela y te paraliza cual boa constructora y a la vez te impele a poner los pies en polvorosa: paralysis agitans donde anida el dilema más profundo: Heráclito contra Parménides, el movimiento contra el reposo. Lo que podía ser “y más y” deviene “o u o”, tragedia que consuma Benito Espinosa en su nec spe nec metu, ni miedo ni esperanza, budismo sin grandeza.

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Pongamos que al yo-y-tú entrambado no sólo con lo finito sino también con lo infinito mistérico le llamamos razón cálida donde se concitan lo involuntario (el cerebelo o cerebro de reptil), el sistema límbico (el sentimentar: sentir y mentar) y el sentimentalizar (sentir y mentalizar), de forma que cuanto siente la mente siéntelo ex aequo el cuerpo. Pues bien, esta corazonada (corazón sin coraza) expresa la condición omniabarcante e inacabada de lo dado, en cuya cumbre cantan los filósofos renacentistas el misterio: misterio antropo-teológico asido a su desasimiento y desasido también de su desasimiento.

Homo simul iustus et peccator, que peca fuertemente pero cree más fuertemente todavía, desgarrado y agarrado a un Dios capaz de coser todas sus descosuras, un Dios que -siendo ipseidad- convive con nuestras inidentidades y actúa como lo más íntimo de nuestra propia intimidad a modo de coincidentia oppositorum. Y, porque la gloria de Dios es que el hombre viva, un Dios-con-nosotros cuyo principal atributo operativo sería el de pegamento, otra palabra para la teología de los nombres divinos.

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Y allá va la despedida. Siendo Dios un en-sí-para-con-nosotros, y no un ser en-sí-para-sí, es a la vez an-arjé, sin origen: an-arquista, el sin palabra en el comienzo porque es la Palabra misma; si no, non est Deus. Y, si Dios es anárquico, el creyente anarquista, vive su condición comunitaria en solidaria libertad responsable.

Si Dios fuese del Real Madrid -que en los últimos años muere demasiado por la mano cerrada de su cainita adversario-, aunque muera resucitará. He ahí la vía anarcomadridista conducente a Dios. Lo difícil es arbitrar un Barça-Madrid, pero Dios se las arregla para ser el árbitro de todos sin juzgar a nadie. Dios es unipluriversal, nunca adversario, ve todos los detalles del juego pero se acerca a cada uno de los jugadores distanciándose para que ellos conjuguen, un poco como el VAR. Mas, si Dios permite la locura de los estadios rugientes y termocéfalos, ¿cómo no iba a entendernos a todos, misterio para todos, judíos, gentiles, e incluso para mí?