Opinión

Nostalgia del tinto recio

TIERRA QUEMADA

Ernesto Colsa Sotelo | Miércoles 14 de agosto de 2019

Adoro los bares guarros, esos de piso de linóleo, hule grasiento y calendario de la parroquia, sitios donde puede conversarse sin cortapisas con el primer desgraciado presente mientras el manto de las horas se desplaza sin percibirlo uno, enfrascado en sus divagaciones, mejor cuanto más disparatadas por más que esta era de internet en los teléfonos haya acabado con el bello arte de opinar con vehemencia de cuanto se ignora. En general, el mundo será un lugar más razonable cuando comprendamos que no hay mayor pérdida de tiempo que el diálogo y que la razón le asiste a quien más alto gritare, pues el borracho solo desea escucharse a sí mismo y, si el discurso fluye, que los demás admiren sus asertos sin perjuicio de levantarse al retrete de vez en cuando y recrearse en esos intersticios llenos de mugre entre los azulejos, en su día los más avanzados en diseño y hoy arquetipo del mal gusto.

Loa a la mosca, la tapa reseca y el techo tiznado de nicotina, qué mejor atrezo para una jornada beoda, de bar en bar por la barriada, pegando la hebra con los desheredados y llegando a la manos si se tercia, expulsados del local por trastabillar y caer sobre los parroquianos, negarnos a apagar el cigarrillo o proferir comentarios rayanos en lo tolerable cuando no incursos en ilícito penal, y dirigirnos después a ese tan hermoso al final del callejón del cual también nos echaron hace tiempo aunque no recordemos los detalles, y bien que lo sentimos porque todas las amistades de fuera de la ciudad terminaban allí de visita y se maravillaban de no haber estado hasta entonces en un establecimiento que amenazara ruina y donde las normas sanitarias ni siquiera constituían cláusulas de estilo, tanta roña se apreciaba por doquiera con un simple vistazo. No se ponga uno a pensar qué habría detrás de aquellos anaqueles con botellas de cuando la guerra, pero la carlista, o bajo ese fregadero donde, eso sí, pasaba el dueño el vaso antes de servir la consumición aunque el precio de venta al público no hiciera exigible semejantes pulcritudes.

Había otro bar magnífico, mitad tienda de baratijas, mitad expendeduría de espirituosos, donde se podía fumar con total impunidad no solo al caer la noche, cuando los rigores de la norma se vuelven más laxos, sino a cualquier hora transgrediendo así dos ordenamientos, el de hostelería y el de seguridad, porque se trataba de la cantina de la gasolinera. Cómo no va a uno a sucumbir ante el embrujo de sitios así, cómo no han de considerarse anatema en esta era de apoteosis de la vinoteca y de culto a los caldos, sin cabida para el tintorro recio de nuestras tabernas lumpen, donde no ha de esperarse música de moda sino el soniquete de la tele o el sempiterno partido con ese tono monocorde de los locutores solo alterado en ocasionales lances del juego, si bien existe un bar donde pude disfrutar del legendario filme Manolo, guardia urbano en lugar del Madrid-Barcelona omnipresente a la misma hora en cualquier otro de la ciudad y de gran parte del orbe.

Detalles de este tenor son los que a uno le generan querencia por ciertos establecimientos sin zalamerías por parte del personal, porque, amigos, en el ámbito de la hostelería proletaria la impostura ha de quedarse en el umbral, no en vano la franqueza del tabernero ha de tenerse por un aliciente que no siempre apreciará ese cliente un tanto atildado que en alguna ocasión puede caer por estos lugares, bien porque lo lleven o por cualquier otra circunstancia fortuita, ya que difícilmente hemos de encontrar allí por propia iniciativa a, verbigracia, ese cirujano de renombre, al bancario adinerado o a la jueza de instrucción como no fuere trabajando, antes bien al jovenzuelo diletante, al toxicómano irredento o a uno que viniera de putas. Mas no ocurría así hace un par de generaciones, cuando cualquier profesional liberal acudía a estos garitos adonde se fue a privar toda la vida, pues no otros había, sin tantos remilgos como muestran esos a quienes han criado. Cuánto daño hacen esas guías enológicas de suplemento dominical; no bien se descuida uno ya lo están aleccionando con que si la añada, los taninos o el prietopicudo del carajo, vaya nombrecito. Más de una clavada le habrán metido a Ud. por culpa del gilipollas con ínfulas de experto que se arroga, sin que nadie se la haya conferido, la atribución de gestionar la comanda; se apropia de la carta de vinos, se pone las bifocales en la napia y pide la primera obviedad que se le viene a la cabeza de entre las memeces aprendidas a vuelapluma en algún foro. A esos querría ver yo en aquel bar donde las prostitutas más viejas terminaban su jornada y se escuchaban chocarrerías de trazo tan grueso que ni el más aguerrido legionario las podría concebir, y luego comparecía el yonqui alardeando de haberse agenciado la cartera de su madre tras denegarle la buena señora los veinte euros que precisaba para lo suyo. Ahora bien, en sitios así habrá uno de andarse con cuidado, no pasarse de listo y sobre todo no dárselas de cosmopolita y abundar en su discurso de enfant terrible si no desea verse escarmentado, porque también en el ámbito de la subhostelería existe escalafón, y si bien en algunos locales la vida tiene un valor más bien relativo en otros establecimientos nadie habrá de ponerlo a uno en su sitio por mucho que se extralimite en sus dislates, a menos que el hijo del dueño se encuentre de permiso carcelario.

En definitiva, las jerarquías del taberneo conforman un microcosmos sociológico digno de un detallado estudio no llevado a cabo aún, que a mí me conste. Gente de todos los pelajes, laya y condición se encuentra uno por los garitos de ese mundo, pero si azarosa es la vida del cliente no menos tortuosa parece la del tabernero, quien ha de inventariar los despojos tras cada desaguisado nocturno, pues muchos arrestos han de tenerse para dedicarse a la hostelería y una voluntad a prueba de toda clase de cantos de sirena, empezando por el propio género, a ver quién resiste día tras día sin trasegar con todo ese alcohol a un solo palmo.

¿Y hace un siglo, o un par de ellos, si me apuran? ¿Qué aspecto tendrían las ventas, las posadas, las tabernas, los sitios de beber en general, cuando no había electricidad, agua corriente ni tantos remilgos por parte del cliente, a quien ahora hasta se le tolera devolver el vino por flotar en él una simple brizna de corcho? Algo muy malo le ocurre a nuestra civilización si hemos llegado a estos extremos y no es de extrañar, así, que apenas queden vestigios de esa otra hostelería que ya nunca volverá, esa con mapas de la provincia en las paredes, musiquilla de tragaperras, lemas ultraconservadores en la ornamentación y peladuras de gamba entreveradas con gurruños de servilletas, dispuesto todo ello encima de un sustrato de serrín, noble material hoy también proscrito por mor de una normativa sobreprotectora que ha pergeñado algún burócrata ignorante del placer de jugar a los naipes sobre un tapete lleno de lamparones y dar cuenta mientras tanto del muestrario de licorería añeja expuesto tras la barra empezando por un extremo y terminando por el otro al modo situacionista, ne travaillez jamais, y apostar con los amigos a ver si hay huevos de apretarse un chupito de esa botella de la que nadie recuerda haber bebido y cuya etiqueta a duras penas puede distinguirse bajo la pátina de porquería. No, qué han de saber ellos del encanto de lo cutre, lo estrafalario y lo marginal, cualidades cuya esencia se aprehende de manera más prístina en los humildes y anodinos bares de barrio a los que estas breves líneas pretenden vindicar. Vale.