Todos los años por estas mismas fechas acostumbro a lo mismo. Me siento debajo de una higuera y veo el ciclo de la vida pasar. Los higos son uno de esos exponentes que mejor nos hacen ver la realidad. Verdean de manera intrépida, tienen agarre. Resisten con firmeza las ráfagas del cierzo e incluso son invulnerables a los insaciables intrusos que acuden al sustento del fruto. Sin apenas tiempo la tersura de su piel pierde el fulgor, el verdor se vuelve umbroso dando paso a unas finas estrías que dejan entrever lo mejor de su fruto. Es el momento de la verdad para degustarlo antes de que lo hagan los gorriones o los gorrones.
La vida es un fiel reflejo de la naturaleza viva. Nuestro ciclo es tan similar que a veces dudo si nuestra descendencia no lo será del propio higo. De hecho un tal Agropio Castuero, célebre inventor de la marcha atrás, se subió a una higuera y quedó suspendido en una de las ramas. A los pocos días cayó al suelo en decúbito prono declarando que ya estaba maduro. Esta demostración le valió el reconocimiento de higo predilecto, además de crear serias dudas entre la ciencia antropológica.
Más o menos y de esta manera tan surrealista suele transcurrir la mayor parte de nuestra vida. El mejor ejemplo lo tenemos en los cien días que llevamos sin gobierno. Coto Doñana para Pedro y poco más. Lejos quedan las progresías que con tanto denuedo pusieron en práctica cuantos chuparon del gran angular de las cámaras con el barco Aquarius ¿recuerdan? Prisas, muchas prisas para tratar de que el resto del mundo quedase boquiabierto con gestos de medio pelo, pero el planeta sigue siendo redondo, algo achatado por los polos y girando alrededor del Sol. O sea, que la progresía se ha convertido en otro ciclo de vago recuerdo.
Ser solidario y humanitario no consiste en hacer políticas oportunistas delante de unos focos ni tampoco colocando pancartas de bienvenida en fachadas públicas, porque hacer alarde de solidaridad con el dinero de los demás resulta de lo más fácil. La desventura humanitaria que nos asola no está en simples acciones puntuales, que también por estar en juego vidas humanas, sino en evitar el éxodo desde el origen del desastre.
No quisiera que mis delirios estivales estropearan a don Pedro su reposo en funciones y nada menos que en Doñana, lugar de apetitos veraniegos para cuantos presidentes de gobierno le han precedido en los últimos quince o veinte años, lo que sucede es que a la biosfera no conviene desnaturalizarla con descansos de tal alcurnia invasora. El parque nacional alberga muchas y variadas especies y aunque a primera vista bien pudiera tener semejanza con la fauna de la Carrera de San Jerónimo, me preocupa que al término vacacional don Pedro llegue a formar gobierno de coalición con algún alcotán, aberajuco, correlimos o algún chorlitejo patinegro. Me permito aconsejar tengan el máximo cuidado con Doñana, vayamos a erosionar una de las pocas joyas naturales que todavía están al margen de la especie política.
Al igual que mi solaz descanso lo es a la sombra de una higuera, me siento comprendido cuando me entero de que el señor Kichi, flamante alcalde de Cádiz disfruta al lado de su pareja, doña Teresa, de un veraneo coherente. Picnic en la playa, bocadillos de Nutella, mesa y sillas plegables, en fin, austeridad bien entendida de unos principios de natural complicidad tan característica de esta pareja dando ejemplo que cuando se quiere se puede. De dominio público es el modesto piso de alquiler que comparten en el popular barrio de La Viña, en Cádiz. Brillante filosofía que contrasta con ese otro conjunto de seres vivos en funciones los unos y el formidable hábitat de Galapagar los otros. Verán ustedes que lo de la solidaridad moral queda muy progresista para algunos y algunas.
Mientras los higos se desprenden de su cordón umbilical me detiene un sorbo de recuerdo hacia Macondo, esa aldea imaginaria que centra Gabriel García Márquez en su brillante obra literaria Cien años de soledad. Hay algo que me aproxima a ella respecto del sentir de este mi artículo de hoy. Quizás el vínculo con los cien días de orfandad política continuada o tal vez la reflexión sobre el sentido de la existencia humana. Lo cierto es que casi todo lo que nos rodea es un simple pretexto para que nuestra condición de seres recurrentes valgamos lo mismo con gobierno que sin él. Estamos en una sociedad en donde la modernidad convive con el falso progreso y créanme, eso es hacerle un guiño a la falta de futuro, pero no desfallezcan porque en unos pocos días vuelve el fútbol como antídoto que todo lo cura. Y por Doñana, bien gracias.