El Presidente de Argentina Mauricio Macri tenía la particularidad de ser el primer gobernante no peronista que lograría terminar su período presidencial, una buena razón para celebrar. Sin embargo, el final de su administración ha comenzado a ser una pesadilla, desde la lapidaria derrota del domingo 11 de agosto en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, PASO.
Macri no podría haber esperado un peor resultado para el término de su mandato, cuando se imaginaba una reelección hace uno meses. La evaluación de su gobierno y su figura no era positiva, pero las encuestas más serias le daban una diferencia de entre un 2% y un 6%, por lo que el resultado de las PASO fue sorprendente por la magnitud, más que por el resultado de la dupla de Alberto Fernández y la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Tras la elección -que no definió el nuevo mandatario de la Casa Rosada, pero prácticamente puso a los peronistas de nuevo a las puertas del poder- en Argentina han reaparecido los fantasmas que afectan a la política y la economía. Hay problemas con los inversionistas por la desconfianza con que miran el regreso de Cristina al gobierno; la bolsa tuvo una caída histórica y existe la sensación de que Argentina puede caer en mora de pago en los próximos cinco años. Todo eso no ha sido campaña del terror, sino por una experiencia de décadas, en lo que el populismo y el peronismo tienen experiencia y llevan la delantera.
El proyecto Macri era una iniciativa de largo plazo, que empezó hacia el año 2000, con un trabajo sistemático y arduo, que reunió a gente de la centroderecha y de centroizquierda. Cuando llegó el 2015 a la Casa Rosada era una propuesta de cambio con el “Sí se puede”, con la idea de que Argentina podía hacer las cosas distintas y que Macri era quien debía liderar ese cambio. Sin embargo, en los últimos años las expectativas mostraron ser demasiado altas para la realidad que ha vivido Argentina y el gobierno del cambio no logró resultados positivos en la economía ni en el área social, como el desempleo y la pobreza. La gente lo estaba pasando mal y Macri llegó muy tarde a comprender esa situación, que ha procurado revertir esta última semana con medidas que compiten en populismo con sus opositores políticos, aunque algunas medidas pudieran ser justas si no tuvieran ese evidente propósito de intervención electoral (como la reducción del IVA a los alimentos “hasta diciembre”).
Cualquier sea el juicio que merezcan los gobiernos de los Kichner y los peronistas en general, es necesario comprender que en Argentina el peronismo es la fuerza dominante desde hace décadas, es casi como una religión secular, cuyo piso electoral es superior al 30%. Al mirar al resultado de las encuestas -no de las primarias, sino del gobierno de Mauricio Macri- más del 50% estimaba que su gobierno era malo o muy malo. Por lo tanto, cualquier mal recuerdo del gobierno de Cristina Fernández, y los argentinos tienen de sobra, debe contrastarse contra el gobierno y la figura de Macri, altamente deteriorado, con un voto de rechazo que probó ser incluso más alto que el de la señora K.
Por otra parte, muchas veces se ha dicho que quien gana Buenos Aires, gana la elección presidencial. En este caso el gobernante también recibió una derrota contundente, manifestación de que al proyecto de Macri le faltó más cercanía con el mundo popular y una mayor capacidad política, en las que los peronistas han dado una nueva lección.
En las elecciones del 2015, Macri empezó desde abajo, alcanzando alrededor de 24% en primera vuelta, el 30% si sumamos todo su conglomerado, frente al 38% de Sciolli, al que finalmente derrotó. Sin embargo, hoy la situación es distinta: no hay tantos votos para repartirse como en 2015 cuando hubo varios candidatos, incluso uno con el 20%; además la diferencia es mayor con los vencedores de las PASO. Por eso el peronismo tiene ánimos de triunfo y el macrismo tiene aires de derrota y, tal como se muestran las cosas hoy, parece claro que tendremos cambio de gobierno en la Casa Rosada y no continuidad.
Tiene razones para celebrar los peronistas y también el Foro de Sao Paulo, que recupera un importante aliado y que había hecho un llamado explícito para derrotar a Macri en su última reunión en Caracas, lo que muestra la dimensión continental que adquieren los comicios argentinos.
En cambio, no resulta claro que existan motivos para celebrar: hace cuatro años salieron del fuego para caer en las brasas, hoy arrancan de las brasas, pero no es claro que se dirijan hacia un lugar mejor, como si estuvieran perseguidos por una perpetua maldición política y económica, por un populismo atávico y destructor, que les impide alcanzar el desarrollo al que lo llama su naturaleza y una historia que hoy parece demasiado remota.