Opinión

Ante una dolorosa realidad

TRIBUNA

Roberto Alifano | Domingo 18 de agosto de 2019

El universo, gobernado por preceptos inquebrantables, lleva implícita la célebre ley de causa y efecto, que es, me parece, la que mejor encaja para dar alguna explicación a la repetitiva coyuntura de la Argentina, ante un gobierno que llegó, hace más de tres años, pletórico de promesas que se han ido abruptamente desmoronando, tales como pobreza cero, se terminó la inflación y una lluvia de inversiones que nos abrumarán. Nada de eso ha sucedido y debió recurrir al Fondo Monetario Internacional, que para seguir respirando le puso un pulmotor donde cada día se le escamotea más oxígeno. Isaac Newton, el matemático y alquimista inglés, fue quien fundamentó el funcionamiento de las normas de la física clásica, estableció como una prioridad formularla bajo la norma de ley de acción-reacción. Es decir, “toda acción, recibe una reacción opuesta y de igual magnitud”; advirtiéndonos a la vez -y en términos más filosóficos-, que todas nuestras acciones en la vida generan consecuencias, que la mayoría de las veces suelen ser adversas.

Si nos remitimos a la votación primaria de la Argentina del último domingo, encontramos que el casino financiero de la economía se encuentra en alarmante estado de ebullición; sobre todo, debido a las medidas presentadas como efecto de la debacle electoral del pasado domingo, que ya preanuncia una reacción de vaya a saber qué consecuencias, porque aunque se aplique la “ley de abastecimiento” para detener la subida en el precio de los combustibles y la quita del 21 por ciento del IVA en algunos productos de consumo cotidiano, no se conseguirá calmar el ánimo de los ciudadanos, sabedores de que si el dólar se escapa puede haber un cataclismo.

La situación de pura emergencia, que trae un alivio menor (medidas banalmente electoralistas, impuestas solo hasta fin de año; es decir, después que en octubre se haya votado y elegido al nuevo presidente), amenaza con tomar un rumbo contrario al esperado, ya que será muy duro para el saqueado bolsillo de la gente quedar sometida a unos índices inflacionarios, que se ha comprobado son inmanejables. No caben dudas de que el shock actual pulverizará ese efímero dinero, que le ponen en un bolsillo a la gente y se lo sacan casi multiplicado por el otro. Mientras tanto las reservas del Banco Central caen y ya empiezan los vencimientos de una deuda internacional que crece en el día a día por más que se la oculte en el ropero.

La situación que se vive nada tiene que ver con el liberalismo, ni acaso tampoco con el populismo; aunque sí mucho con una imbecilidad y una soberbia que perjudica a todos. En la Argentina se viene activando una bomba financiera con intranquilidad cambiaria que sólo beneficia a un pequeño grupo en detrimento de las mayorías. No hay claridad en las medidas tomadas frente al temporal; lo real, lo crudamente real, es que en estos tres últimos días después de las elecciones primarias, el depreciado peso se devaluó ante la moneda norteamericana, casi un 30 por ciento y eso, aunque se trate de acomodarlo con balbuceos economicistas, se manifiesta ante la gente como un traslado a precios, y las medidas de contención que se aplican como simples manotazos de ahogados.

Estos comodines electoralista, nadie lo duda, solo sirven para estimular la codicia de los grandes jugadores de las finanzas globales. Un triste espectáculo que pone a un país ante la decepción y el ataque de nervios, porque el costo de esta crisis la pagan los desprotegidos ciudadanos. Cierto, las elecciones primarias no son definitivas, pero una mayoría le dio la espalda al gobierno del ingeniero Macri y a la coalición que lo acompaña. El triunfo en las urnas fue apabullante y arrojó una diferencia casi catastrófica que supera al 15 por ciento. Por ende, eso no sólo quitó credibilidad al gobierno y a su presidente; sino que -peor aún- le quitó legitimidad. Algo muy serio ante la complicada transición que se dará en octubre con la elección definitiva y luego en la entrega del gobierno, que tendrá lugar en diciembre.

Todo lo que vino después del pasado domingo ha sido una compulsa que precipitó las cosas de una manera lamentable. Como si no hubiese ocurrido nada en las urnas, el presidente Macri salió confuso, en indudable estado de confusión, creyendo quizá que debía improvisar un discurso de barricada, para victimizarse ante las cámaras y, lo que es peor, para proponer a la gente que se “vaya a dormir”, pues aquí no ha pasado nada y falta mucho para la elección definitiva. No fue todo, al otro día, como si desconociera la reacción adversa de los mercados, siguiendo en campaña, con su candidato a vicepresidente al lado (el apostata senador peronista Miguel Ángel Pichetto), en una patética conferencia de prensa, insistió con el discurso de redoblar la apuesta, diciendo que lo que hizo estuvo bien y que la culpa es de la población que “no entiende nada ni tiene aguante” para poner el lomo a sus arrasadoras reformas, e insistir con la misma receta económica, proponiendo que el camino para el país es el que él ordena, y que no hay otro. En una actitud que más parecía la de un patrón de estancia, que la de un presidente serio, democrático y equilibrado. Muchos de sus partidarios, por supuesto, se tiraban de los pelos por el despropósito de su melancólica incontinencia -o simpleza- verbal.

Esto hizo, como era de prever que al otro día después de las PASO, la economía real se desquiciara a tal extremo que en una insólita corrida se descontrolaran todos los activos económico-financieros del país. Impávido, como si nada hubiera sucedido, ante el horror de la ciudadanía y el desconcierto de sus seguidores, el presidente continuaba en campaña electoral.

Al día siguiente, sus asesores y ministros lo hicieron despertar de su letargo, volviéndolo a la realidad, y el día martes, con el rostro demudado, casi al borde del llanto, pronunció unas palabras haciendo su mea culpa; otro confuso discurso, donde proponía no un diálogo como corresponde, sino un acercamiento piadoso de su parte hacia sus vencedores. Actitud menos de estadista que de presidente de un club de fútbol. Esta responsabilidad de agudizar la crisis de la economía tiene en cada discurso los elementos claves para acelerar su mayor caída en descredito. La realidad, como es de suponer, avanza inapelablemente por otro camino y una simulación de arrepentimiento, rectificación o ratificación de la política económica, aparece ahora como la distribución de una propina hacia el electorado que lo castigó en las urnas.

En el frente financiero, también se agudiza la vulnerabilidad porque la crisis de la economía no es nada más ni nada menos que la manifestación de la disputa por los recursos fiscales entre el pago de los intereses de la deuda y el resto de las partidas del presupuesto nacional, y también de la puja por los dólares disponibles en el Banco Central entre los acreedores y el resto de la sociedad. Un festival de bonos que aterra, cuando en definitiva, lo que más interesa a la gente (digámoslo, sin tapujos) es que no se le meta más la mano en el bolsillo. Ante las medidas electorales, que dejan una santabárbara a punto de explotarle en las manos al gobierno que venga, nadie duda que el shock inflacionario pulverizará ese dinero quizá en días y solo servirá para alimentar un poco más la corrida de los grandes jugadores de las finanzas globales, invitados a participar de esta ruleta financiera de la economía argentina.

Por otro lado, ya no se puede apelar al miedo del pasado ni a que la Argentina con un gobierno kirchnerista va camino a ser Venezuela, pues el miedo es ahora y es a futuro, porque al que lo suceda, como ya se sabe, no le será nada fácil navegar a buen puerto con este barco maltrecho que es la Argentina, naufragando en tamaño desquicio. Sobre todo porque el contexto internacional es cada día menos confuso que restrictivo debido a la guerra comercial entre las dos potencias.

Los remotos pensadores de la llamada Escuela eleática, fundada por el filósofo Parménides casi 500 años antes de Cristo, conjeturaban que “lo único verdadero es lo real” (frase predilecta de uno de los político argentinos del siglo XX, que con una leve modificación repetía casi hasta el cansancio que “la única verdad es la realidad”). Y la realidad, se sabe, suele ser tan dramática como feroz. La ley de causa y efecto es quizá el mejor elemento para intentar una explicación a esta crisis que suma pobreza y desazón a un pueblo otra vez indefenso ante sus políticos.