Tras su largo retiro mediático, Pablo Casado parece haber llegado a una conclusión: la barba. Reapareció de su autosecuestro en lo de Díaz Ayuso como venido del verano del peregrino, liberado de un zulo etarra o expulsado de un reality de cayo, chamán y tonadillera. Esa barba de Estado, entre Pablo Mariano y Pablo VI, además de hacerle sombra a su cara de niño de las NNGG y a su persona, se la hizo a la bella Isa con galas de guerra, a la Real Casa y a media Villa de Madrid: a la que se le puso el sol a la hora del vermú.
No tendría Casado que haber roto su silencio ante el becariado de los Ferreras y Mejides, y menos para hablar cursiladas de faros y liberalidades varias; hubiese sobrado que con su sonrisa de Troy McClure se señalara la barba –de padre extraescolar y monovolumínico– como diciendo: “¡Este es el mensaje!”
Y, es que, ciertamente, ese era el mensaje. Una barba para gobernarlos a todos. Un barbuncio que más que al canallismo invita al pacto y al abrazo. Una mano/barba tendida. Un distanciarse del centro lampiño, de tres pelos tiene mi tal, y de la derechona con sus barbones de Reconquista, de duques de etiqueta de brandy, de malos del Rey León y de enanitos de jardín.
Hemos de esperar hasta septiembre para saber más de la barba de casado de Casado. Una barba de relato de Carver. Quizás la vuelta al cole y Gillete nos la sieguen y nos devuelvan la carita rasurada como culo de bebé, el “no, señor Sánchez” y la España de los balcones. Mas quiero pensar en una barba que se hace fuerte, que se agarra como un escalador colombiano a rueda, que permanece implícita como el bigote de Aznar y, que cuando despertemos del verano, todavía siga allí.