Opinión

Occidente resiste

TRIBUNA

Santiago Molina Ruiz | Lunes 26 de agosto de 2019

Si en algo fallan profundamente los valores de la sociedad actual más que en sus «buenas intenciones» es en la moralina naíf y de universalismo degradado. Una globalización unidireccional de ahora quedarse en casa porque contamina mucho viajar. Trocar humanismo por humanitarismo para ir condenando a muerte el símbolo de lo que Europa es o representa. Estos días de verano que se mueven entre el nuevo episodio del viaje de Greta y los vigilantes de las aguas, nos ha llegado un testimonio que confirma que aún no hemos muerto.

En medio del ruido ideológico y de la ingeniería social aparecen, y en uno de los mejores inventos del mundo libre, Quentin Tarantino y su «Érase una vez en Hollywood» repartiendo ‘amor’ del séptimo arte a todos los nuevos integrantes de la familia Manson en ciernes, que con seguridad se han reído con la película sin saber que les estaban llamando «totalitario» a la cara. Y los más avispados ya llevan días poniendo el grito en el cielo y preguntándose el porqué de su éxito —quizá porque es capaz de mostrar con destellos que en el antihéroe hay miseria y hay coraje, y todos, en parte, lo somos—. Toda una gran familia de pensamiento único. Acaso uno de los mayores atractivos y ventajas de la civilización nuestra es el símbolo y la parte que de éste hay en lo humano. Homero ya funda todo lo que podemos ser con la «Ilíada» y la «Odisea»; Aquiles y Ulises. En el primero hay lujuria y cólera; en el segundo, engaño e ilusión; pero son héroes.

En el siglo XX se reconvierten los símbolos con el fin de que encajen con la época, la gloria del individuo. Y una vez instauradas las democracias liberales hay que conmoverlo, demostrar la importancia de la soberanía de su propia existencia. Y el maldito Rick Dalton junto con su amigo/doble-especialista Cliff Booth apelan a ello, a un individualismo con motivos para la generosidad que le den una paliza al pensamiento irrevocable de los dos extremos, de los que creen en el bien y en el mal como dos categorías inconexas y que, con una fe religiosa, están más que seguros que su posición es la correcta y por ello están destinados y legitimados para destruir al que no se encuentra en su trinchera.

Pero entre tanto resurge Tarantino para hacer arte de todo ello y ponerle un espejo al capitalismo edulcorado y puritano que, además, le está pagando. Lo que me parece preocupante es qué hacer cuando ya no dirija y falten obras que nos recuerden de dónde venimos y que gozamos de uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: civilización y libertad; el pensamiento y el arte. Mientras queden valientes con el suficiente coraje y la irreverencia de Tarantino, Occidente resiste.