Opinión

Ana Caro Mallén en el Corral Cervantes

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 26 de agosto de 2019

En la madrileña Cuesta de Moyano, desde hace tres años, mientras nuestros políticos se marchan de vacaciones al coto, al chalé y al velero, unos maravillosos titiriteros levantan un corral de comedias frente a las otras hermosuras bibliográficas. Es decir: alguien tuvo la brillante idea de que los personajes de Lope, Tirso y Calderón expuestos al sol en las casetas podían y debían dar el salto a las tablas, unos pocos metros más allá. Y el Ayuntamiento aprobó el proyecto Fiesta Corral Cervantes y nos pareció sublime: algunos recordamos La estancia, de Chema Rodríguez Calderón, o Los espejos de don Quijote, de Alberto Herreros, como dos momentos únicos e irrepetibles de la escena nacional, representados en este paraíso que es corrala cervantina.

Rodrigo Arribas sabe mucho de teatro del Siglo de oro; aunque tiene cara de pícaro cervantino, de belitre aurisecular, entre un Kevin Bacon ibérico y un niño perdido de Peter Pan, ostenta cargos de máxima responsabilidad, como la dirección de la Fundación Siglo de Oro (entre muchos otros). Adapta, reescribe, pule y actualiza como nadie los grandes clásicos e incluso los estrena en el londinense Globe Theater, construido en 1599 por la compañía del Bardo: Lord Chamberlaine’s Men. Lo que hace Rodrigo Arribas es extraordinariamente difícil, porque en su cabeza hay una manifestación popular de monarcas, damas, galanes, dueñas, villanos, criados y graciosos que es capaz de llevar desde los salones de su fértil imaginación al escenario.

Ahora lo ha hecho, y por partida doble, con una olvidada. Se trata de la granadina Ana Caro Mallén (o Caro de Mallén), cuya biografía ha investigado la dramaturga Juana Escabias –que la considera la mejor autora teatral del siglo XVII nacida en España–, primero en forma de tesis doctoral y después publicada por la SGAE bajo el título de Vida y obra de Ana Caro Mallén. Fue amiga de otra escritora memorable, cuya producción literaria ha recibido una mayor atención: María de Zayas. Esclava morisca adoptada y prohijada por el procurador de la Real Audiencia de Granada, Gabriel Caro de Mallén, Ana Caro llegó a la cima de los ingenios de la Corte –a donde fue requerida en 1637 para escribir la relación de la entrada en Madrid de María de Borbón, princesa de Cariñán–. Por desgracia, de su extensa producción, que abarca un periodo comprendido entre 1628 y 1645, solo han llegado hasta nosotros las dos comedias que se representan estos días en Fiesta Corral Cervantes. Sobre ella escribieron Luis Vélez de Guevara, Castillo Solórzano, Matos Fragoso o su amiga De Zayas, nada menos, y fue capaz de reeditar en vida parte de su obra dramática.

Amén de sus dos comedias, se han conservado una loa sacramental en cuatro lenguas –publicada en Sevilla en 1639–, un coloquio sacramental, cuatro relaciones y cinco poemas. Falleció en Sevilla el 6 de noviembre de 1646, en el hospital sevillano de La Rabeta, a causa de la peste –aventura Escabias en su excelente trabajo–, de ahí que apenas hayan llegado sus obras hasta nosotros porque se entregaban al fuego todas las pertenencias de los apestados.

Así que por mor de los desvelos de la Fundación Siglo de Oro y los hombres y mujeres de Rodrigo Arribas, con el apoyo de Verónica Clausich, en el Corral Cervantes podemos ver estos días El conde Partinuplés, que se publicó en Laurel de comedias junto a los grandes, y Valor, agravio y mujer, recopilada también al lado de colosos de la talla de Lope, Calderón o sor Juana Inés de la Cruz. No encontrarán nada mejor estos días de extremos, de fuego y tormenta, se lo aseguro. Atención a Alejandra Mayo, que imprime un toque de pimienta y elegancia a las damas de la escena; a Jesús Teyssiere, en pleno éxtasis cómico; al divino, proteico y exultante Julio Hidalgo, al que queremos y mucho –lean su magnífica colaboración en Amores canallas–, como un donjuán burlado; y a las “Raqueles” Varela y Nogueira, capaces de transmitir el discurso femenino tan anticipado a su tiempo que Caro quiso para sus personajes. Los momentos de ambigüedad y confusión sexual entre ambas resultan sublimes y tanto ellas como el elenco en general hacen contracultura desde la cultura, y les sale un Siglo de Oro clásico y progre a la vez, conservador y liberal, retro y avanzadísimo, que viene a ser como la cuadratura del círculo. La compañía de la Fundación Siglo de Oro son el alterne cultural de hoy, el beso subliminal, el colorín dramático y la mirada al público que enamora.

Nada resulta en vano en el Corral Cervantes, un canto a la pasión por nuestros clásicos y una cuesta literaria, camino del Buen Retiro, que vive la vida de otro modo, como si el sabio Frestón hubiese hecho un encantamiento para abrir allí, frente a los libros de don Quijote, un mundo de rebeldía donde las reglas del espacio y el tiempo cambian para apartarse de las prisas alienantes y el discurso convencional y desinformativo que nos invaden. Allí habitan, exlibris, en carne mortal y fuera de las vetustas páginas de los volúmenes, los dioses mitológicos más sexis de nuestras letras. Y no son visiones. Estos soñadores son la salvaguarda trascendental disfrazada de volatineros contra la sequía neuronal e imaginativa que padecemos. Nos parece, incluso, haber visto una mañana de verano a Ana Caro Mallén regateando el precio de las novelas de la de Zayas con un librero. Benditos seáis, adorables viboreznos.